Llevar la distopía de George Orwell al teatro es,
de entrada, un acto de valentía o de temeridad. ¿Cómo trasladas el monólogo
interno de Winston Smith y la inmensidad asfixiante de Oceanía a las tablas? El
Fernán Gómez ha apostado por la versión de Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca (que también dirige) y la elección no podría ser más acertada. No es una
traslación lineal; es una deconstrucción temporal que juega con el
espectador, saltando entre el presente, el pasado y un futuro que ya parece nuestro "ahora".
Publicada en 1949, apenas un año antes de
la muerte de George Orwell, "1984" no nació como una profecía, sino
como una advertencia desesperada. Escrita en la remota isla de Jura, mientras
el autor luchaba contra la tuberculosis, la novela es el destilado de los
horrores del siglo XX: el estalinismo, el nazismo y la erosión de la verdad en
la propaganda de guerra.
Orwell acuñó conceptos que hoy son parte de
nuestro ADN cultural: el Gran Hermano, la Policía del Pensamiento,
la Neolengua y el Doblepensar. La historia de Winston Smith, un
engranaje gris en el Ministerio de la Verdad cuya única rebeldía es llevar un
diario y enamorarse, es la crónica de la aniquilación del individuo. No es solo
una distopía política; es una exploración metafísica sobre cómo el poder puede
reescribir la realidad misma si logra controlar el lenguaje y la memoria.
Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca, responsables de esta versión, explican como es la obra:
Esta narración abre ante nuestros ojos un espectáculo de convención consciente, de juego a vista del espectador. Cuatro actores como Winston, Julia, O’Brien y toda la constelación de personajes que pueblan el mundo de 1984 alrededor de Winston.
Estética retro-futurista. Espacio de juego alienante donde los humanos (intérpretes y público) sentirán la crueldad del material hiriente, molesto, agresivo. Metales oxidados, herrumbre, humedad. Recursos escénicos creados en vivo por los actores conviven con el uso de la tecnología audiovisual.
Lo primero que te golpea en este montaje es la escenografía. Ese
espacio aséptico, que bascula entre una oficina ministerial, un lugar de amor,
una sala de tortura y una sala de
interrogatorios, funciona como una jaula de cristal.
El uso de las pantallas y el vídeo en directo es
magistral. No es un mero adorno tecnológico; es el lenguaje del Gran Hermano.
Vemos a Winston y Julia en su refugio "privado" a través de una
cámara oculta, convirtiéndonos a nosotros, el público, en cómplices
involuntarios del sistema de vigilancia. La iluminación, cruda y por momentos
cegadora, subraya esa ausencia total de sombras donde esconderse.
Winston Smith: El actor logra transmitir esa
fragilidad física de quien empieza a despertar. Su transformación desde el
funcionario gris hasta el hombre quebrado en la Habitación 101 es desgarradora.
O’Brien: Es, quizás, el personaje más magnético.
Esa mezcla de mentor paternal y verdugo implacable hiela la sangre. Sus
diálogos sobre la naturaleza del poder no se sienten como filosofía barata,
sino como una amenaza real.
Julia: Aporta el contrapunto de vitalidad,
recordándonos que el acto más revolucionario en un mundo de odio es,
precisamente, el deseo.
Los
personajes secundarios funcionan como un engranaje de relojería. Sus
movimientos coreografiados, sus miradas de soslayo y su rigidez corporal crean
esa atmósfera de paranoia colectiva. No hay personajes pequeños; cada
uno es un recordatorio de que, en Oceanía, el vecino es siempre un delator en
potencia.
Es imposible hablar de este montaje sin mencionar
el tramo final. La dirección no escatima en brutalidad, pero no es gratuita. El
uso de efectos sonoros estridentes y ráfagas de luz blanca busca (y consigue)
desorientar al espectador.
"Si quieres una imagen del futuro, imagina
una bota aplastando un rostro humano... eternamente".
Esa frase de Orwell resuena en las paredes del Fernán Gómez con una fuerza física. Sales del teatro necesitando respirar aire puro, sintiendo el peso de la Neolengua y cuestionándote cuánto de nuestro vocabulario actual está ya "podado" por el algoritmo. La falta del lenguaje hace que no puedas expresarte y que todo aparezca como eufemismo.
Este 1984 no es un ejercicio de nostalgia
literaria. Es una bofetada necesaria. En la era de las fake news, la posverdad
y la entrega voluntaria de nuestra privacidad a cambio de un like, la obra se
siente peligrosamente contemporánea.
Lo más fascinante de esta versión es cómo maneja el tiempo. Empieza en el "ayer" de nuestro personaje intentando recordar el pasado y sigue hasta un fututo post-Winston con un “tenemos que vernos” que deja un poso de amargura final. El diario de Winston genera un efecto de distanciamiento brechtiano: nos obliga a preguntarnos si lo que vemos es un registro real o una ficción manipulada por él mismo autor.
Las escenas se repiten, se solapan y se cortan bruscamente. Esta técnica sumerge al espectador en la desorientación de Winston: cuando la memoria es ilegal, el tiempo deja de ser lineal para convertirse en una masa informe. En el Fernán Gómez, el espacio no es solo un lugar, es un personaje agresivo.
El idilio de Winston y Julia sucede en un espacio aparentemente seguro que
vemos en el escenario, donde no hay pantallas. Esta decisión de dirección es
brillante: nos convierte en voyeurs. Estamos consumiendo su intimidad de la
misma manera que el Gran Hermano. La calidez de esa habitación (colores ocres,
madera) contrasta violentamente con el blanco clínico del Ministerio.
La banda sonora no es música, es diseño acústico de presión. Zumbidos de baja frecuencia que generan ansiedad física en la butaca y estallidos de ruido blanco que marcan las transiciones. Es una agresión sensorial que emula el lavado de cerebro. Si el primer acto es un thriller de suspenso, el segundo es un tratado de filosofía brutalista.
La desintegración del yo: El actor que encarna a Winston realiza un trabajo
físico extenuante. Vemos cómo su cuerpo se encoge, cómo pierde la capacidad de
articular palabras frente a la lógica aplastante de O'Brien.
O’Brien no es un villano de caricatura. Es carismático, casi tierno en su
crueldad. Su argumento es aterrador porque no busca dinero ni gloria, sino el
poder puro: la capacidad de desgarrar la mente humana y volverla a montar a su
antojo. La escena donde le explica que 2 + 2 = 5 no es sobre matemáticas, es
sobre la rendición de la percepción individual ante el consenso impuesto.
El vestuario de este montaje, a cargo de
especialistas en la estética de la opresión, no busca la espectacularidad, sino
la anulación de la identidad. Es un diseño que trabaja a favor de la
distopía funcional.
El Mono de Trabajo "Azul o Negro Ministerio": Todos los miembros del Partido Exterior visten un uniforme oscuro, un mono
de mecánico que despersonaliza. Este diseño borra las formas del cuerpo,
desexualiza a los individuos y los convierte en una masa uniforme.
En el caso de Julia, el contraste de la banda
roja sobre el uniforme gris es un golpe visual. Es el único color primario que
vemos en escena durante mucho tiempo, simbolizando paradójicamente la represión
del deseo mediante un símbolo de castidad que, en la intimidad, ella se arranca
con violencia.
Pero lo que destaca es el trabajo actoral de
estos cuatro animales escénicos que no dejan indiferentes.
Javier Alegría se pone el uniforme del Partido Interior y nos mira desde el lugar donde se decide qué es verdad y qué debe ser olvidado. Con esa voz tranquila y ese poder absoluto hace un papel magistral.
Cristina Arranz se transforma en uno de los personajes más complejos de 1984. Pertenece al Ministerio de la Verdad, al Departamento de Ficción y a la Liga Anti-Sexo. “Grita con la multitud. Es la única forma de estar a salvo.”
El Teatro Fernán Gómez ha logrado un montaje que no solo honra el texto original, sino que lo devuelve a la vida con una urgencia eléctrica. No es una obra cómoda, ni pretende serlo. Es teatro necesario, de ese que te persigue hasta la cena y te obliga a apagar el móvil al llegar a casa y ponerte a leer la obra de 1984.
FICHA ARTÍSTICA
Autor: George Orwell
Versión: Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca
Dirección: Carlos Martínez-Abarca
Intérpretes: David Lázaro, Javier Ruiz de Alegría, Cristina Arranz, Javier Bermejo

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