Malena Alterio y Carmen Ruiz encarnan a dos amigas, con unas vidas ordinarias. La amistad y la literatura irrumpen como algo extraordinario. Quizás un milagro.
"Siempre odié el simulacro de una misma. Sin embargo, aquí estoy. Haciendo el drama del yo". Así comienza 'La vida extraordinaria' del dramaturgo Mario Tenconi Blanco (Buenos Aires, 1982), un texto que escribió hace ya diez años y que lleva en cartel desde su estreno. El 'Ulises' de James Joyce fue su inspiración a la hora de escribir esta pieza.
La vida extraordinaria pretende contar dos vidas normales. Sin grandes premios, historias trágicas, aventuras inolvidables. Aurora y Blanca son amigas toda la vida. Ambas son del mismo lugar. Aurora es hija de librero, se cambia de ciudad, se casa con José Luis, tiene a su hijo José Manuel, un amante y un perro con el mismo nombre de Ulises. Y escribe poesía. Blanca es modista, vive con su madre, su madre se muere, tiene un novio Alberto, luego otro, pierde a su madre y muchas cosas más y siempre sufre. Y también escribe poesía.
Cuando salí de ver esta obra en la Sala Verde de los teatros del Canal, ocurrió algo: el tiempo dejó de ser una medida y se convirtió en materia escénica. Pasaron volando las dos horas que dura el espectáculo. La vida extraordinaria, de Mariano Tenconi Blanco, no es una obra al uso; es, más bien, una experiencia de inmersión en la palabra, en la memoria y en esa extraña épica de lo cotidiano que rara vez encuentra su lugar en las tablas con semejante ambición.
La idea inicial podría parecer mínima: dos amigas, Aurora y Blanca, atraviesan sus vidas —amores, pérdidas, decisiones, reencuentros— mientras la literatura y la amistad operan como una suerte de salvación íntima. Son, en apariencia, vidas normales. Pero ahí reside el núcleo de la propuesta: en mostrar cómo lo extraordinario no está en los grandes acontecimientos, sino en la mirada que se posa sobre ellos.
Tenconi construye un artefacto dramatúrgico que se aleja deliberadamente de la estructura convencional. Aquí no hay planteamiento, nudo y desenlace en sentido clásico, sino una sucesión de materiales —cartas, diarios, poemas, recuerdos, diálogos con el público — que se entrelazan en escena como si estuviéramos leyendo una novela fragmentada en tiempo real.
El resultado es una maravilla escénica y algo profundamente estimulante: el espectador no recibe la historia, la reconstruye.
Los diálogos no son tales. Son pensamientos de las dos actrices que se dirigen al público Y ese pensamiento se despliega en capas, en digresiones, en asociaciones que a veces parecen desviarse del camino principal para, en realidad, ampliarlo.
Hay momentos en los que la escena se convierte casi en un recital literario y muy muy divertido, pero nunca pierde su condición teatral.
La sensación es la de asistir a algo vivo, en constante mutación, donde cada función podría ser ligeramente distinta según el ritmo interno que encuentren sus intérpretes.
Si el texto es el esqueleto, Malena Alterio y Carmen Ruiz son, sin duda, el cuerpo de la obra.
Lo que hacen en escena está más cerca de una resistencia física y emocional que de una interpretación convencional. No es casual que la propia Ruiz haya descrito el montaje como “unas olimpiadas” interpretativas, con cambios bruscos de registro que exigen un estado de alerta constante. Lo que hacen Malena Alterio y Carmen Ruiz es, sencillamente, descomunal. Sólo por ver el trabajo actoral de las dos merece ir a ver esta obra, además de unas risas aseguradas, sin que la obra sea cómica. Se ha dicho que la obra es una “yincana emocional”, y es una definición certera: no hay descanso, no hay zonas neutras. Todo sucede en sus cuerpos. No interpretan escenas: atraviesan estados y llevan al público de la mano por los mismos.
El
texto las obliga a saltar sin red de la comedia al dolor, de lo cotidiano a lo
abstracto, del humor más ligero a una densidad emocional que roza lo
insoportable. Ellas responden con una precisión milimétrica. Y eso se percibe con claridad:
ambas actrices transitan de la comedia al dolor, de la ligereza a la confesión
más cruda, sin solución de continuidad.
Alterio trabaja desde la contención, desde lo interno, aunque el momento que
nos explica sus últimas navidades es lo mejor que he visto en mucho tiempo.
Ruiz, desde una apertura emocional más visible, más física. Y en esa diferencia
aparece la verdad: una amistad que no necesita ser explicada porque se
reconoce. Dos amigas diferentes que se necesitan.
Juntas generan una química que no necesita subrayados: basta una mirada, un
gesto mínimo, para sostener escenas de enorme carga afectiva.
La incorporación de la voz de Alicia Borrachero podría haber sido un
recurso redundante. No lo es. Funciona como una capa de memoria, como un eco
que ordena —o desordena— el flujo narrativo.
Lejos de romper la intimidad, la amplifica. Introduce una dimensión casi
novelística que refuerza la idea de que estamos asistiendo a una historia que
se escribe y se reescribe en escena. Empieza con el origen de la tierra y acaba
la obra como si todo fuera circular.
Hay un elemento que atraviesa toda la función de manera casi subterránea y
que, sin embargo, resulta decisivo: la música en directo.
El piano y el violín no funcionan como simple acompañamiento emocional —no
subrayan lo evidente—, sino que construyen un segundo relato. A veces anticipan
lo que está por venir; otras, prolongan lo que ya ha ocurrido, como si la
escena necesitara seguir respirando más allá de las palabras. Juntos crean una
tensión constante entre lo cercano y lo trascendente.
Hay momentos en los que la música toma el protagonismo sin imponerse,
generando pausas que no se sienten como interrupciones, sino como espacios de
pensamiento. Como si la obra, de repente, necesitara callar para poder decir
más.
La iluminación es otro de los grandes aciertos del montaje. Lejos de buscar
efectos espectaculares, trabaja desde la sutileza, desde la construcción de
atmósferas. Con un solo color atravesamos escenas dependiendo del estado
anímico y de la historia de nuestras protagonistas.
Aunque esos cambios lumínicos son casi imperceptibles en ocasiones, pero
modifican por completo la percepción del tiempo y del espacio. Hay escenas
bañadas en una calidez que remite a la memoria, otras que se enfrían hasta
rozar lo distante, lo irrecuperable.
Especialmente logrados son los momentos en los que la luz aísla a las
actrices, creando pequeños universos dentro del escenario. Como si cada
recuerdo, cada pensamiento, tuviera su propio clima.
La obra habla de eso: de los vínculos que nos construyen, de las palabras
que nos salvan, de la memoria como territorio compartido, de la amistad y sobre
todo de la pérdida. De que todas las vidas normales y que todas tienen algo de
extraordinario y hay que entenderlo. Aurora y Blanca no son personajes
extraordinarios en el sentido tradicional. Lo son en su forma de estar en el
mundo, de acompañarse, de sostenerse incluso cuando no se entienden del todo.
En el fondo, toda gira en torno a la amistad. Pero no como tema, sino como
experiencia.
No se la pueden perder
Reparto
Aurora – Malena Alterio
Blanca – Carmen Ruiz
Con la voz de Alicia Borrachero
Violín: Diana Valencia
Piano: Jorge Naveros
Escrita y dirigida por Mariano Tenconi Blanco
Música original y dirección musical: Ian Shifres
Director musical residente: Jorge Naveros
Diseño de escenografía: Ariel Vaccaro
Diseño de vestuario y adaptación escenográfica: Igone Teso
Diseño de caracterización: Roberto Siguero
Diseño de iluminación: Matías Sendón
Diseño audiovisual: Agustina San Martín
Ayudante de dirección: María García de Oteyza
Coreografía: Josefina Gorostiza
Comunicación: Ángel Galán
Fotografías de escena: Elena C. Graiño
Fotografías promoción y diseño gráfico: Javier Naval
Ayudante de producción: Desirée Diaz Henares
Asesoría de producción: Ana Jelin
Producción asociada: Carolina Castro
Jefe de producción: Carlos Montalvo
Producción ejecutiva: Olvido Orovio
Gerente regidor: Carlos Montalvo
Técnico de iluminación / maquinaria: David Vizcaíno
Técnico de audiovisuales / maquinaria: Luis Álvarez
Realización de vestuario: Sastrería Cornejo
Construcción de escenografía: Mambo Decorados
Transporte: Taicher
Agradecimientos: Lancôme, Teatro Palacio Valdés de Avilés, Garay Talent, La Vieja Imprenta 51 y El Estudio de Actores
Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas, S.L.; Lola Graiño – Olvido Orovio
Con la colaboración de: Producciones Teatrales Contemporáneas, Teatro Picadero, La Casa Roja y Milonga Producciones
La vida extraordinaria es un espectáculo que se estrenó por primera vez en Buenos Aires, producido por Teatro Nacional Argentino – Teatro Cervantes. Su estreno tuvo lugar en la sala Orestes Caviglia, en agosto de 2018, y obtuvo el primer premio en el 18° Concurso Nacional de Obras de Teatro del Instituto Nacional del Teatro.









