Llega a Nave 10 Matadero (en fechas poco apropiadas para el teatro, con la mitad de la ciudad fuera) uno de los títulos más esperados de la temporada. Fernanda Orazi vuelve a sorprendernos con un montaje que lejos de ser una versión de la obra original es una disección de la misma. Una deconstrucción de la novela de Miguel de Unamuno para ir a la esencia misma del texto y analizar desde ese lugar a su protagonista, y acompañarle en su intento de conocerse a si mismo y sus contradicciones vitales. Un juego escénico, original e ingenioso, que deja un poderoso poso filosófico sobre la existencia del personaje y de la delgada línea que separa la realidad de la ficción, más en estos tiempos en los que gusta tanto vivir en una realidad edulcorada por las redes.
Escuché en una entrevista a Fernanda Orazi en la Cadena Ser, que este montaje no es una adaptación ni una versión, es una deconstrucción de la novela para construir una maquinaria teatral, a lo que la directora afirmó que era la mejor definición de lo que había creado. Partiendo de esta premisa, podemos decir que lo que nos encontraremos en esta deconstrucción es un viaje fascinante a lo más profundo de la esencia del personaje de Augusto, protagonista de la obra, que va buscando su propio camino vital rodeado de los personajes que le acompañan en la novela, pero muy lejos de contarnos nada que tenga que ver con ella. Todo el que vaya a Matadero buscando una adaptación de la novela, saldrá decepcionado (o no). Pero aquel que vaya buscando algo novedoso, una nueva visión de la esencia filosófica del pensamiento de Unamuno, saldrá fascinado. Un personaje que busca su historia, que intenta entender su propia razón de ser, su propia existencia.
Esta producción de Nave 10 Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro, es una fantasía, un viaje hacia lo más profundo de la novela, pero también un juego de realidades y ficciones, un recorrido por todas las aristas de un personaje complejo, que busca su propia identidad. Esta propuesta toma como punto de partida uno de los textos más transgresores de la literatura española del siglo XX, para regalarnos una reflexión sobre la condición humana, sobre la ficción de la identidad (tan de actualidad en estos tiempos de postureo en redes), una mirada existencialista a un personaje de lo más singular, que nos lleva de la mano en la búsqueda de su destino. El montaje parte del personaje Augusto para construir una propuesta casi inmersiva en la que se indaga sobre la identidad y el lugar que cada uno ocupa dentro de su propia historia.
Publicada en 1914, la novela de Unamuno supuso una ruptura con el realismo imperante de la época. Con el tiempo se ha convertido en una de las claves para entender la literatura española del siglo pasado, convirtiéndose en un punto de inflexión en la narrativa contemporánea. La novela rompe con todas las convenciones literarias de su época para adentrarse en temas mucho más filosóficos, existenciales y metaficcionales (eso que está tan de moda en el teatro actual). Una obra que juega con la relación del autor con el personaje y con el lector, para hablarnos de la libertad para elegir nuestro destino, del sentido de la vida, de la existencia del propio individuo como personaje, de lo real y lo ficcionado, de la literatura y la vida. El autor nos plantea la crisis existencial del protagonista de la historia, que le lleva a rebelarse contra su propio autor, quien le rebela que no es dueño de su destino ya que es un personaje de ficción.
La novela ya presenta desde su título una metáfora de lo que nos espera en su interior, la niebla que difumina la frontera entre la realidad y la ficción. En ella conocemos a Augusto Pérez, un joven adinerado que se busca a si mismo en un constante ir y venir de conversaciones con sus amigos. Tras la muerte de su muerte, el protagonista se enamora de Eugenia, que inicialmente lo rechaza. Este despecho le lleva a reflexionar sobre su propia existencia y su lugar en el mundo, mientras comienza una relación con Rosario. Esta doble relación le causa una gran incertidumbre y una gran confusión. En el momento en que su novia lo abandona por otro todo cambia. Lejos de estabilizar su situación, este desencuentro conlleva un giro inesperado del relato, adquiriendo la novela una atmósfera que entrelaza el existencialismo y el surrealismo. El protagonista acude al propio Unamuno para pedirle ayuda, en su intento de acabar con su vida. En este diálogo metaficcional el autor, lejos de apoyarle, le es sincero y le constata que un personaje de ficción no puede suicidarse. Augusto se rebela contra su propio destino y exige su libertad para existir y decidir sobre su propia vida.
Fernanda Orazi, directora invitada de la temporada en Nave 10 Matadero, nos presenta esta fascinante propuesta, en la que decide darle todo el protagonismo al personaje, diseccionándolo desde la esencia misma de la obra de Unamuno, para crear este divertido juego escénico en el que Augusto busca su propia razón de ser. Tras sorprender a propios y extraños con su aplaudida "Electra" (programada dos temporadas en el Teatro de LaAbadía), Orazi se embarca con su compañía Pílades Teatro en esta particular visión sobre uno de los personajes más icónicos y singulares de la literatura del pasado siglo, Augusto Pérez. Fernanda (en su tercer trabajo como directora, tras "La persistencia") vuelve a demostrar lo gran directora que es, con un lenguaje propio que busca una lectura contemporánea de textos clásicos. En esta ocasión decide darle un reconocimiento especial al personaje, para crear la obra desde ese lugar, y entorno a él. Orazi nos propone un experimento escénico desde el núcleo mismo de la novela, después de indagar en ella y diseccionar cada elemento fundamental y crear, entorno a su protagonista, todos los temas principales que atraviesan la novela.
La directora despoja la escena, el texto e incluso la propia sala de todo lo superfluo. De ahí, comienza a construir este artefacto escénico desde la complicidad con el público. Con la cuarta pared más que superada, la historia transcurre, como no podía ser de otro modo, en todo el teatro. De este modo, Augusto interpela al público, se sienta con ellos, para que la historia trascienda la escena y se convierta en toda una experiencia inmersiva, en el que los personajes/actores disfrutan de esta búsqueda de la identidad y de los distintos engranajes que hacen verosímil todo este entramado de escenas y personajes que acompañan al protagonista en su peregrinar por la obra. La directora consigue plasmar el existencialismo de la obra impregnándolo de teatro del absurdo, con la ligereza de la risa y la trascendencia del destino del personaje. Este juego, que mezcla naturalismo con trascendencia, cotidianeidad con filosofía, realismo con ficción, funciona a la perfección, enganchando al público desde la primera escena, en este viaje colectivo en la búsqueda de respuestas.
Todo esto no sería verosímil si un elenco que creyese en la propuesta y se entregase a ella sin dilación. Y eso es lo que hacen Juan Paños, Leticia Etala, Javier Ballesteros, Carmen Angulo y Pablo Montes, un elenco maravilloso que sabe jugar cada una de las cartas que le da Orazi en cada momento. Todo comienza y termina en un Juan Paños descomunal desde esa inocencia que destila su Augusto. Su interpretación es prodigiosa, como se va transformando ante nosotros, como se desespera ante la falta de respuestas, como se muestra vulnerable ante las negativas de su amada, sumido en el nerviosismo ante la pasividad de su amigo y su perro para mostrarle el camino. Y todo desde el mismo momento en el que se calza los zapatos del personaje. Un Augusto muy real, vulnerable y maravilloso, locuaz y vivaracho, cercano y muy real. Pura magia, puro teatro.
Le acompañan en esta aventura su amigo Víctor, encarnado por Pablo Montes (la nueva incorporación de la compañía), que realiza un trabajo preciso y eficaz en su trabajo de ruptura de la cuarta pared, de llevar el relato a otro lugar, de acercarnos a la escena. Cómplice y Pepito Grillo, siempre atento para ayudar y mostrar el camino. Su otro apoyo en esta aventura será su perro Orfeo, al que da vida Javier Ballesteros, en un trabajo de contrapunto con Augusto fabuloso. Una creación de personaje cargada de matices desde una gestualidad mínima y precisa. Y luego están ellas, las mujeres que se cruzan en la vida de Augusto. Por un lado tenemos a Eugenia, interpretada de manera soberbia por Leticia Etala, que ha creado un personaje lleno de carisma, seguridad y presencia escénica. Una maravilla. En el lado contrario tenemos a Rosario, a quien da vida Carmen Angulo, una mujer ingenua y sumisa, que solo quiere agradar a Augusto, con una fragilidad y nobleza que enternecen.
En este universo tan particular que ha creado Fernanda Orazi, destaca la impecable composición del espacio escénico, diseñado por Cecilia Molano (responsable también del vestuario). Desde el un espacio vacío, con la presencia de unos zapatos en el medio de la escena, los actores van construyendo la escena con algunos elementos característicos de la historia, desde la puerta de la casa a la Augusto va a buscar a Eugenia, hasta un árbol en el que divaga con su perro Orfeo, pasando por el sofá en el que habla con Rosario. Una serie de elementos que los actores va moviendo por el espacio (principalmente Carmen Angulo), para sorprender al público, y al personaje de Augusto, con cada nueva composición. En este juego escénico tan desnudo y desprovisto de una estructura "tradicional", es fundamental la iluminación de David Picazo, para guiar al espectador por las diferentes localizaciones de la obra. Por último, el evocador espacio sonoro de Javier Ntaca convierte todo el montaje en una suerte de ensoñación, en la que no sabemos discernir lo que es real de lo que es ficción.
En definitiva, estamos ante la confirmación de Fernanda Orazi como una de las voces más singulares de la escena, con una mirada muy personal y una imaginación apabullante, que sabe desmenuzar cada propuesta escénica para tratarla desde lo más esencial. Teatro contemporáneo en estado puro. Una mirada que busca la verdad, la singularidad, aquello que está escondido entre las páginas del texto, buscando quien lo desbroce para conseguir simplificarlo todo y crear desde la esencia misma de la escena y de la historia. Acompañada de un elenco que se rinde a su ingenio y apuesta fuerte por la idea, nos encontramos un montaje fascinante, divertido, singular, emocionante, gamberro, brillante. Una pena que se haya programado en unas fechas tan raras, con la semana santa por medio. Esperemos una larga vida a esta deliciosa pieza, para que Augusto pueda resolver todas sus dudas. No se la pierdan.