Hay piezas que no se dejan mirar desde un solo lugar. “Perra cimarrona” de Lucía Trentini, en el Teatro de La Abadía, es una de ellas. No funciona como relato lineal ni como propuesta cerrada, sin como un dispositivo escénico donde se cruzan lo performativo, lo musical y lo simbólico de manera constante.
Desde el inicio, Lucia Trentini construye un espacio muy físico y muy vivo. La mesa de mezclas, los instrumentos, la guitarra, la cámara en directo… todo forma parte de un lenguaje híbrido donde el cuerpo, la voz y la tecnología conviven sin jerarquías. No hay una sola forma de narrar: hay capas.
La cámara, proyectada en grande, genera un juego interesante entre lo íntimo y lo amplificado. Su rostro, los objetos, el agua… todo adquiere otra dimensión al ser observado de cerca. En paralelo, la piscina —esa especie de pecera donde va introduciendo distintos elementos— se convierte en un eje simbólico potente. Ahí se acumulan materiales que remiten a la colonización, a la violencia ejercida sobre los pueblos latinoamericanos, a la memoria de lo arrasado.
Hay momentos muy concretos que condensan bien ese lenguaje: el maíz que cae al agua mientras se evoca el origen de la conquista; la imagen del “hombre blanco con pelos en la cara” como síntesis directa; el gesto de marcarse el rostro con pintura roja, casi como un hachazo; o esas palomitas lanzadas como si fueran disparos, conectando con ese mismo maíz transformado. Todo el tiempo hay una cadena de símbolos que se resignifican.
La pieza avanza atravesando épocas, desde la colonización hasta el presente, poniendo el foco en las mujeres y en cómo han habitado —y siguen habitando— ese cruce entre opresión, deseo, sumisión y resistencia. No se plantea como una lección histórica, sino como un tránsito emocional y político.
El ritmo es sostenido y cambiante a la vez. Hay momentos de música, de canto —con una energía que a veces roza el lamento, el ahogo—, otros de palabra directa, otros de acción más performativa. Trentini cambia de registro con bastante fluidez y utiliza también el distanciamiento: no busca que todo sea identificación, sino que haya momentos de observación, de toma de conciencia.
La relación con el público es constante. Se dirige a él, lo interpela, lo incluye en ese recorrido. No hay una cuarta pared clara, y eso hace que la experiencia sea más directa, más incómoda por momentos, pero también más implicada.
Escénicamente, todo está al servicio de ese universo simbólico. Incluso cuando ella no está, al final, esa piscina llena de objetos permanece como imagen. Como si todo lo que ha ido ocurriendo quedara ahí, suspendido, acumulado. Y en ese vacío aparece otra lectura: ya no hace falta el cuerpo presente para que el significado siga operando.
“Perra cimarrona” no es una pieza fácil ni busca serlo. Es densa en símbolos, exigente en su forma y muy cargada de capas. Pero si entras en su lógica, en su lenguaje, abre un espacio potente de reflexión sobre la historia, el cuerpo y la memoria.
No es tanto una obra para entender de principio a fin, sino para atravesar.
RESEÑA ESCRITA POR RAQUEL VALERO
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Teatro: Teatro de La Abadía. Sala José Luis Alonso.
Dirección: Calle Fernández de los Ríos 42.
Fechas: Del 22 al 26 de Abril. De Martes a Sábado a las 20:00. Domingos a las 19:30.
Duración: 60 minutos
Entradas: Desde 25€ en TeatroAbadia.
Ficha artística
Dramaturgia, dirección e interpretación: Lucia Trentini
Dirección actoral y asesoramiento: Ricardo Mena Rosado
Escenografía y soporte técnico: Bibiana Cabral Peralta
Fotografía: Javier Villasuso
Agradecimiento especial: Pequeño Teatro de Durazno y Nuevo Montacargas de Madrid
Producción: La Santa





