Yo solo quiero irme a Francia. Gran Teatro Pavón


A veces una herencia no es una casa, ni un objeto, ni siquiera algo que hayas pedido. A veces es algo mucho más difícil de colocar: una historia, un silencio, una forma de mirar el mundo. De eso va "Yo solo quiero irme a Francia", la obra de Elisabeth Larena que se ha podido ver en el Gran Teatro Pavón y que, bajo una apariencia sencilla, acaba tocando temas bastante más profundos de lo que parece al principio.



Todo arranca con un velatorio. Inés llega al entierro de Pilar, una mujer a la que no conoce… pero que le ha dejado su casa en herencia. La situación ya es lo bastante extraña como para incomodar, pero todo se complica cuando aparece Leo, la nieta de la fallecida, que no tenía ni idea de esta decisión. A partir de ahí, ambas tendrán que convivir con una herencia inesperada y con una historia familiar que empieza a abrirse poco a poco.


La obra utiliza este punto de partida —casi de comedia de situación— para meterse en terrenos mucho más complejos: qué pasa cuando en una familia hay cosas que no se cuentan, qué se transmite sin palabras y cómo el pasado sigue estando presente, aunque nadie lo nombre.

Ahí es donde el trabajo de las actrices se vuelve fundamental.



María Galiana, en el papel de Pilar, es el corazón silencioso de la obra. Aunque su personaje pertenece al pasado, su presencia en escena es constante, casi como una sombra que lo atraviesa todo. Galiana no construye un personaje desde lo evidente, sino desde la sugerencia. Tiene esa capacidad de llenar el escenario sin necesidad de hacer demasiado: un gesto mínimo, una mirada, una pausa, y ya está contando algo. Su Pilar es, a la vez, cercana y esquiva. Se intuye su dureza, su educación marcada por otra época, pero también ciertas grietas que nunca terminan de explicarse del todo. Y eso la hace más interesante: no se da cerrada, se deja sentir.



María Roja y Anna Mayo, como Inés y Leo, sostienen el presente de la historia. Entre ellas se construye una relación que es uno de los motores de la función. Al principio todo es distancia, incomodidad, incluso cierto choque.

Lo interesante es cómo ambas van encontrando un punto común. No hay giros bruscos ni reconciliaciones forzadas; el vínculo se va construyendo poco a poco, casi sin que te des cuenta, y eso tiene mucho que ver con la naturalidad del trabajo actoral.



Nieve de Medina completa el reparto como Marisol aportando distintas capas al relato, encarnando una figura que ayuda a reconstruir el pasado de Pilar. Su trabajo es especialmente delicado porque no se trata de un personaje “central” en el sentido tradicional, pero sí fundamental para entender el contexto. Roja consigue darles entidad sin sobrecargarlo, con trazos precisos que suman a ese mosaico de memoria que propone la obra.


En conjunto, las cuatro actrices trabajan desde un lugar muy contenido, alejándose del dramatismo exagerado. Aquí no hay grandes explosiones emocionales, sino algo mucho más reconocible: silencios, frases a medias, miradas que dicen más que las palabras. Y eso encaja perfectamente con el tema de la función, que gira precisamente en torno a lo que no se dice.

Además, se percibe un buen trabajo de dirección por parte de Elisabeth Larena en este sentido. Hay una apuesta clara por la escucha entre actrices, por dejar espacio a los tiempos, a las pausas. Nada parece apresurado ni impuesto, y eso permite que las relaciones se desarrollen con credibilidad.



Más allá de lo actoral, la obra juega también con los tiempos de una manera interesante. Pasado y presente conviven en escena sin separaciones claras. Los personajes del pasado no aparecen como recuerdos lejanos, sino como presencias que siguen ahí, influyendo, observando. Esto refuerza la idea de que lo vivido no desaparece, sino que permanece de alguna forma.

El espacio escénico acompaña bien esta propuesta. La casa de Pilar no está recargada, pero sí tiene ese aire de lugar vivido, de sitio donde han pasado cosas. No hace falta mucho más para que el espectador entienda que ese espacio guarda memoria.



Al final, "Yo solo quiero irme a Francia" habla de lo que heredamos sin querer: las frases que se repiten, las decisiones que no se explican, los silencios que pasan de una generación a otra. Y lo hace sin dar respuestas cerradas, dejando que cada espectador saque sus propias conclusiones.

Cuando termina, no te quedas tanto con la historia concreta como con una sensación más amplia: la de que todos, en mayor o menor medida, llevamos algo de ese pasado encima.



RESEÑA ESCRITA POR GEMA COLADO
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Teatro: Gran Teatro Pavón
Dirección: Calle Embajadores 9.
Fechas: Del 29 de Abril al 24 de Mayo. De Miércoles a Sábados a las 19:30, Domingos a las 18:00. 
Duración: 80 min. aprox.
Entradas: Desde 27,50€ en Gran Teatro Pavón.

Ficha artística:

  • Dramaturgia y dirección - Elisabeth Larena
  • Escenografía - Fernando Bernués
  • Iluminación - Nacho Martín
  • Vestuario - Ana Turrillas
  • Espacio sonoro - Alfonso Antolín
  • Iluminación - Nacho Martín
  • Reparto - María Galiana, junto a Nieve de Medina, Alicia Armenteros y Anna Mayo
  • Producción - CONTRAproducións