Llega a
la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle Inclán la que será sin duda la obra
más original y divertida de la temporada. Se trata de Casi ninguna verdad,
escrita, dirigida y protagonizada -entre otros- por Cris Blanco.
Conocí
a Cris Blanco cuando hace unos años disfruté en la sala pequeña del María
Guerrero de Pequeño cúmulo de abismos. Ya entonces me sorprendió muy
gratamente, así que era obligado acercarme al Valle Inclán para disfrutar de su
última creación.
La obra
comienza con un aviso de una mujer que nos indica que a pesar de las obras que
se están realizando, no hay ningún peligro y la conferencia podrá desarrollarse
con normalidad. Todo se inicia con nuestra presencia en el salón de actos de un
centro cultural donde Cris inicia la que va a ser su tesis titulada "La
mentira como dispositivo de control. Del sesgo cognitivo a la cibermanipulación."
Las
interrupciones son continuas, empezando por una especie de derrumbe del techo
donde se está llevando a cabo la conferencia, posteriormente unas criaturas negras
con varias piernas y varios brazos se llevan a la ponente, como verán todo muy
surrealista.
Desde
esa apariencia de cotidianidad, tan tranquila en la superficie, comienza a
abrirse un entramado construido a partir de fragmentos que se suceden como
piezas de un mosaico irregular. Cada escena surge como una pequeña isla con
identidad propia, pero todas comparten una misma inquietud: la sencillez que
habita en aquello que consideramos verdadero. Lo que parecía sólido empieza a
mostrar fisuras, y esa inestabilidad se convierte en el hilo conductor de la
propuesta.
Poco a
poco, la obra se transforma en un territorio compuesto por múltiples estratos
que se superponen unos sobre otros, como si cada capa revelara un nivel
distinto de significado. En ese espacio híbrido conviven quienes actúan, los
personajes que encarnan y quienes observan desde sus asientos. No existe un
límite nítido que los separe: todos participan de un terreno movedizo donde lo
real y lo imaginado se entrelazan hasta volverse casi indistinguibles. La
puesta en escena juega deliberadamente con esa confusión, invitando al público
a cuestionar qué pertenece al mundo tangible y qué nace, únicamente, del
artificio teatral.
A lo largo de la representación, el teatro se
observa mirándose a sí mismo, como si el escenario se revelara consciente de su
propia existencia. Sin embargo, el discurso pronto abandona cualquier línea
esperable y se adentra en territorios que desafían la razón, espacios donde lo
absurdo y lo onírico se entremezclan sin pedir permiso. La creadora, para
evitar quedar atrapada en relatos que hablen únicamente de su vida, ha diseñado
un mecanismo narrativo ingenioso, casi como una maquinaria secreta que la
mantiene a salvo de la tentación autobiográfica. Su verdadero interés es
explorar la falsedad, ese impulso inventivo que ha acompañado a la literatura
desde sus orígenes y que constituye uno de sus recursos más fértiles.
Cris durante la actuación, despliega esa
naturalidad tan suya para alternar la cercanía con el asombro, como si ambas
fueran herramientas que maneja sin esfuerzo alguno. El humor que emerge en
escena mantiene un vínculo inevitable con esa falta de lógica —deliberada y
juguetona— donde lo inverosímil se convierte en norma y motor de la comicidad.
La obra se caracteriza por que va dando continuos
giros que nos van llevando por distintas situaciones a cada cual más
surrealista. Y es aquí donde surge (sin aparecer) la figura de Madame Jasmine,
una vidente a la que acude Cris en el año 2006 y le vaticina todo lo que está
por venir. La pandemia, una presidenta de la Comunidad de Madrid "mucho más
bicho" que la presidenta actual (en aquella época Esperanza Aguirre), los
7291 muertos, un pedófilo estará en la Casa Blanca, Ana Obregón será "madre-abuela"
de una niña…..
La más reciente creación escénica de Cris
Blanco, Casi ninguna verdad, irrumpe con un humor explosivo y una
estética deliberadamente descuidada que funciona como declaración de
intenciones. Bajo esa apariencia de precariedad juguetona, la obra lanza una
pregunta que resuena con fuerza: ¿qué nos ha ocurrido como sociedad para que la
mentira haya logrado instalarse con tanta facilidad en nuestras vidas? ¿Hemos perdido el espíritu crítico?. ¿Ya no nos cuestionamos nada?. Cris Blanco
compara esa expansión con la propagación silenciosa y persistente de la
cochinilla blanca, una plaga casi invisible que, cuando queremos darnos cuenta,
ya lo ha invadido todo. Del mismo modo, la falsedad, la distorsión y la
manipulación han ido colonizando nuestros modos de pensar y de relacionarnos,
infiltrándose tanto en los discursos públicos como en los pliegues más íntimos
de nuestra percepción.
La pieza, con su tono paródico y su voluntad de
desmontar toda solemnidad, no solo señala el crecimiento de la mentira como
fenómeno social, sino que también indaga en los mecanismos que permiten que se
enraíce en nuestros cerebros. En un mundo saturado de información, donde lo
real y lo ficticio conviven sin jerarquías claras, Casi ninguna verdad
propone mirar de frente esa maraña de engaños cotidianos que hemos llegado a
normalizar. Y lo hace desde un humor que desarma y un artificio estético que,
bajo su apariencia ingenua, contiene una reflexión afilada sobre la época que
habitamos.
Resulta evidente que la puesta en escena, tan
seductora en su apariencia, termina imponiéndose sobre aquello que quiere
comunicar. La intención de la autora de explorar el engaño y el daño personal
que este le ha ocasionado acaba difuminándose en medio de una sensación global
de caos. La obra posee un interés indudable, llena de detalles que invitan a
una observación minuciosa. Es una creación construida por estratos que se van
revelando uno tras otro, como si el escenario se transformara constantemente
frente a nosotros. Parece como si hubiéramos ido al cine y fuéramos testigos de
varias películas diferentes.
En cuanto a la parte técnica, el planteamiento
visual de la obra apuesta claramente por la diversidad de sentidos y
posibilidades. El espacio escénico, diseñado por Pablo Chaves permite
que la representación se mueva entre alturas, perspectivas y juegos escénicos
que amplían la lectura de cada escena.
El espacio sonoro es obra de Felipe Lara
Pardo y el trabajo corporal de María Cabeza de Vaca terminan de
cerrar un sistema en el que cada elemento técnico y artístico parece colaborar
para mantener viva la sensación de incertidumbre. La iluminación, creada por María
de la Cámara y Gabriel Paré, acompaña con precisión esta arquitectura,
modulando cada cambio de situación y ayudando a marcar las transiciones entre
las diversas capas de la puesta en escena.
Marta Orozco Villarrubia con el vestuario y Óscar Bueno Rodríguez con la
música, aportan matices que hacen que el ambiente parezca estar transformándose
de manera constante, como si la obra estuviera en constante movimiento.
Por lo que respecta a la dramaturgia, vuelven a
coincidir Cris Blanco con Óscar Bueno Rodríguez y Anto
Rodríguez, con quienes ya trabajó en Pequeño cúmulo de abismos. Sin
embargo, esta vez la dinámica creativa adopta otro matiz: es la propia Blanco
quien asume tanto la escritura como la dirección del proyecto, tomando el timón
del proceso desde su origen. La dramaturgia, lejos de quedar en manos de una
sola persona, se va construyendo a partir del diálogo constante entre los tres,
tejiéndose de manera colectiva. Ese intercambio de ideas, miradas y formas de
pensar termina dando forma a una estructura que no pertenece del todo a nadie,
pero a la vez refleja la sensibilidad y el sello personal de cada uno de ellos.
El resultado es una dramaturgia compartida que respira complicidad fruto de años
de colaboración.
Finalmente, el elenco lo componen Cris
Blanco, Óscar Bueno Rodríguez, Nuria Crespo, Gloria March, Norberto Llopis,
Espe López, Alberto José Lucena y Julia Romero.
El equipo consigue dar forma a un mecanismo
escénico donde todo encaja con sorprendente soltura. La comicidad surge de
manera orgánica y natural, mezclándose con una mirada lúcida que atraviesa toda
la propuesta. El resultado es una obra muy fresca y original que se reinventa
constantemente. Entre risas, gestos inesperados y giros que descolocan, la obra
establece un vínculo directo con la sala, convirtiéndose en una experiencia tan
entretenida como estimulante.
En definitiva, estamos ante una propuesta que
abraza sin complejos cierta dosis de descontrol y extravagancia. No solo
consigue arrancar risas y mantener al público atento de principio a fin, sino
que también deja una resonancia más profunda, invitándonos a pensar en cómo
hemos asumido la mentira como parte habitual de nuestra rutina. Entre el juego
escénico y la comicidad desbordante, la obra abre un espacio para cuestionar
esa aceptación casi automática de lo falso en lo cotidiano. Quizá ahí resida su
mayor fuerza: en hacernos pasar un buen rato mientras nos obliga, sin
imponernos nada, a mirar con otros ojos aquello que damos por sentado.
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Teatro: Teatro Valle-Inclán. Sala Francisco Nieva.
Dirección: Plaza de Lavapiés. Calle de Valencia 1.
Fechas: Del 6 de Marzo al 12 de Abril. De martes a domingo a las 18:00
Duración: 1h 45 min. aprox.
Encuentro con el equipo artístico: Martes 31 de Marzo.
Funciones en catalán: 28 y 29 de Enero.
FICHA ARTÍSTICA
Texto y dirección: Cris Blanco.
Dramaturgia: Cris Blanco, Óscar Bueno Rodríguez y Anto Rodríguez.
Reparto y colaboración en la creación: Cris Blanco, Óscar Bueno
Rodríguez, Nuria Crespo, Gloria March, Norberto Llopis, Espe López, Alberto
José Lucena y Julia Romero.
Escenografía: Pablo Chaves.
Iluminación: CUBE BZ (María de la Cámara y Gabriel Paré).
Vestuario: Marta Orozco Villarrubia.
Música: Óscar Bueno Rodríguez.
Sonido: Felipe Lara Pardo.
Movimiento: María Cabeza de Vaca.
Dramaturgista: Anto Rodríguez.
Ayudante de dirección: Miguel Valentín.
Ayudante de escenografía y vestuario: Amalia Elorza Izagirre.
Diseño y construcción de utilería: Néstor Alonso Moral.
Diseño cartel: Emilio Lorente.
Fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero.
Tráiler: Macarena Díaz.
Producción: Centro Dramático Nacional.