El club de los poetas muertos. Teatro La Latina

El viernes 11 tuve la oportunidad de asistir al estreno de “El club de los poetas muertos” en el Teatro La Latina. Para mí no era una obra cualquiera: la película es una de mis favoritas y, precisamente por eso, llegaba al teatro con una imagen muy concreta de sus personajes y de la historia.



El club de los poetas muertos” me parece excepcional. Su capacidad para hablar de la libertad, de la presión, de las expectativas y de la importancia de encontrar nuestra propia voz sigue siendo completamente actual. Y, aunque conozca perfectamente la historia, el final continúa emocionándome muchísimo. La tragedia de Neil siendo uno de los momentos más duros y conmovedores de esta obra, que sobre el escenario, vuelve a demostrar toda su fuerza.



Uno de los aspectos que más me interesaba descubrir era cómo funcionaría una historia tan conocida en un escenario. En ese sentido, la adaptación consigue uno de sus mayores aciertos: condensar la historia en alrededor de una hora y cuarenta minutos sin dar la sensación de que se han eliminado partes importantes. La obra mantiene el hilo narrativo y consigue enganchar desde el primer minuto. El ritmo funciona y permite que el espectador se adentre rápidamente en la vida de estos estudiantes y en la relación que mantienen con su profesor.



La dirección de Juan Luis Iborra consigue trasladar la esencia de la historia al escenario sin perder su mensaje principal. La llegada del profesor Keating, interpretado por Juanjo Artero, vuelve a convertirse en el punto de partida de una historia sobre la libertad, la educación y la necesidad de pensar por uno mismo.

La puesta en escena es, para mí, uno de los puntos fuertes de la función. La escenografía de David Pizarro, aunque sencilla, está muy bien planteada. Los diferentes espacios se transforman mediante dos cambios de escenografía que permiten avanzar en la historia sin romper el ritmo. No hace falta una escenografía espectacular para trasladarnos a la Academia Welton: los elementos utilizados cumplen su función y permiten que la atención siga estando en los personajes. También destaca el vestuario de Gabriela Salaverri, sencillo y acorde con la época y el ambiente de la academia. A esto se suman la iluminación de Juanjo Llorens y la música de Gerardo Gardelín, dos elementos que acompañan muy bien la representación y ayudan a crear diferentes atmósferas. La iluminación adquiere especial importancia en los momentos más íntimos y dramáticos, mientras que la música contribuye a aumentar la emoción de determinadas escenas.



En cuanto al elenco, formado por Manu Rodríguez, Tomy Álvarez, Jacobo Camarena, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado y Marcos Saneiro, todos defienden sus personajes sin intentar imitar las interpretaciones de la película. Sin embargo, después de haberla visto tantas veces, creo que es inevitable que el espectador llegue al teatro con una imagen muy marcada de cada uno de ellos. Cambiar esa imagen no resulta fácil y, sobre todo, es complicado evitar comparar lo que estamos viendo sobre el escenario con aquello que tantas veces hemos visto en la pantalla. Esto no significa que el reparto no sea un acierto, sino que, como espectadores, tenemos que permitirnos dejar atrás, aunque sea por un momento, a los personajes que ya conocemos y dejarnos llevar por estas nuevas interpretaciones. Solo así podemos descubrir una nueva versión que vuelve a cobrar vida sobre el escenario.



Hay algo que la obra consigue mantener intacto: la emoción. Aunque sepamos lo que va a suceder, seguimos esperando que las cosas sean diferentes y cuando llega el desenlace vuelve a producirse ese nudo en el estómago que hace que esta historia siga siendo tan poderosa. Otro aspecto que me parece importante es que la adaptación no intenta complicar innecesariamente la historia. Al contrario, consigue contarla de una manera clara y directa, manteniendo sus momentos más importantes y haciendo que el espectador permanezca enganchado desde el comienzo hasta el final.

La reacción del público al terminar fue también significativa. Los espectadores se pusieron en pie y dedicaron un largo aplauso a los intérpretes. Después de una historia tan emocional, ese aplauso colectivo parecía una forma de agradecer al elenco haber conseguido llevar al escenario un relato que para muchas personas ya forma parte de su memoria.



Salir del Teatro La Latina después de ver “El club de los poetas muertos” fue volver a encontrarme con una historia que ya conocía, pero desde un lugar diferente. Esta adaptación demuestra que una historia tan potente también puede encontrar su sitio sobre un escenario. Porque, al final, aunque cambien los actores, la escenografía o la forma de contarla, el mensaje permanece: hay que aprender a mirar la vida desde otra perspectiva, atreverse a pensar por uno mismo y encontrar nuestra propia voz.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que, tantos años después, seguimos levantándonos de nuestro asiento para decir: «¡Oh, capitán, mi capitán!»


RESEÑA ESCRITA POR LAURA BALO

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Teatro: Teatro La Latina
Dirección: Plaza de la Cebada 2.
Fechas: Del 11 de Septiembre al 8 de Noviembre. De Miércoles a Viernes a las 20:00 Sábado a las 17:30 y a las 20:00, Domingos y festivos a las 19:00.
Duración: 110 minutos aprox.
Entradas: Desde 18,50€ en TeatroLaLatina.


Reparto

Juanjo Artero
Manu Rodríguez
Tomy Álvarez
Jacobo Camarena
Gabriel Flores
Lennon Jon Sharp
Álvaro de Paz
Sergio Aguado
Marcos Saneiro

Ficha artística

Autor: Tom Schulman
Dirección: Juan Luis Iborra
Diseño de escenografía: David Pizarro
Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri
Diseño de iluminación: Juanjo Llorens
Música: Gerardo Gardelín
Coreografía: Luis Santamaria
Ayudante de coreografía: Carol Gómez

Una producción de Pentación Espectáculos y A&A

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