El jardín de los cerezos. Teatro Valle Inclén



Basada en la última de las principales piezas de Chéjov, muestra en escena el declive económico de la aristocracia rusa de finales del siglo XIX. Durante este período, los hijos de los que habían sido sus esclavos se enriquecen y tiene lugar una inversión de papeles que pone en entredicho la forma de vida de las clases adineradas tradicionales.






Al entrar en la sala del teatro nos metemos de lleno en la obra, incluso antes del comienzo de la misma. Al acceder al patio de butacas nos dan la bienvenida una gran casa de muñecas y un pequeño tren de juguete, dos de los principales símbolos de la historia. Estos dos elementos nos evocan recuerdos, nos devuelven a la niñez, a lugares donde nos sentíamos protegidos, igual que regresan los protagonistas de la obra a su casa, en busca de sus orígenes, de su esencia como seres humanos. Pero todo cambia con el paso del tiempo, las cosas que siguen permaneciendo en el lugar de siempre han pasado a tener otra perspectiva.  




La historia se desarrolla con la llegada de la familia a la casa de campo que se encuentra sumergida en una subasta por no haberse realizado determinados pagos pendientes. Mientras lo que se supone que es una clase inferior, un comerciante cuyos padres fueron sirvientes de la familia, ve que nadie toma una decisión seria y propone salvar la hacienda convirtiéndola en un centro vacacional, lo que implicaría un reacondicionamiento de la finca y la tala del jardín.


Mientras "los señores" están muy ocupados en continuar su vida bien posicionada, la trama se mueve en mostrar como los endeudados terratenientes avanzan hacia una encrucijada, pueden esperar al remate y ver qué ocurre o pueden intentar recuperar la finca gracias al plan propuesto por el comerciante y presenciar la consecuente eliminación del jardín, que representa una tradición familiar.



La vida ha sobrepasado a esta familia que continúa anclada en el pasado, sin ver que el mundo a su alrededor ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Viven de un recuerdo glorioso, de una época feliz en la que dominaban todo lo que les rodeaba. Son egocéntricos, solo quieren ver lo felices que son dentro de su burbuja, sin apreciar como los cimientos de su mundo, se tambalean, el lugar en el que se encontraban seguros son ahora arenas movedizas que los engullen poco a poco, sin que se den cuenta



Los que eran sus súbditos han pasado a ser los comerciantes que dominan la economía de la zona. Uno de estos hombres, cuyos padres fueron sirvientes de la familia, ve que nadie toma una decisión  seria y propone salvar la hacienda convirtiéndola en un centro de vacaciones, para lo que tendría que talar el jardín de los cerezos y hacer una nueva parcelación de la finca. Lejos de escuchar al comerciante continúan en su espiral de despilfarro con ostentosas fiestas que, lejos de ayudar a solventar el problema, lo agravan cada vez más.

Con este panorama, la extravagante familia avanza hacia un callejón sin salida. Por un lado pueden esperar a ver que sucede en la subasta en la que se pujará por sus tierras, o pueden aceptar la idea propuesta por el comerciante, que les permitiría solventar sus deudas y continuar siendo dueños, pero perderían para siempre la imagen de la finca, y con ella todos los recuerdos que la habitan. Una encrucijada que marcará sus destinos.



Ernesto Caballero, actual director del Centro Dramático Nacional (puesto que abandonará al final de la presente temporada) ha sido el encargado de realizar esta versión de la obra de Anton Chéjov, y también se ha encargado de dirigirla.  Al frente del CDN, Caballero ha dirigido clásicos como "Montenegro" (Valle-Inclán), "El laberinto mágico" (Max Aub), "Vida de Galileo" (Bertolt Brech) o "Rinoceronte" (Eugéne Ionesco), y también ha estrenado "La autora de la meninas", de la que es autor y director.

"Chéjov dijo de su última obra que era una comedia. En efecto, "El jardín de los cerezos" es un retrato irónico de un declinante grupo social en la Rusia prerrevolucionaria. En sus páginas se hallan condensadas todas las constantes del escritor: el gran caudal poético y dramático que conforman unas criaturas, en ocasiones ridículas e incoherentes, pero que terminan revestidas de grandeza heroica dada su descarnada humanidad. Tragicomedia, pues, de la cotidianidad con un fatum inexorable: Cronos y su ineludible persistencia".



La historia comienza con el regreso a la casa de la familia, después de unos meses viviendo en París y viajando por Europa, despilfarrando como en ellos es habitual. Al regreso de Lyubov Andreyevna (Carmen Machi), matriarca de la familia, y su hermano Gayev (Secun de la Rosa) todo parece que va a recobrar el lujo de antaño, pero una vez analizada la situación, tanto de la finca como de la economía familiar, nos damos cuenta de que hay cosas que sólo pueden ir a peor.  Varya (Miranda Gas), la hija mayor de Andreyevna, les pone al tanto de la alarmante situación por la que pasa la finca, mientras advierte de los peligros de la subasta que se avecina. Ante la incredulidad general, sólo el longevo mayordomo Firs (Isabel Dimas) parece darse cuenta de la realidad que está llevando a la familia a un precipicio.




Carmen Machi nos regala una Andreyvna soberbia, pasada de vueltas, que vive en su mundo sin querer asumir todo lo que está ocurriendo a su alrededor, y como se tambalea su universo de pomposidad. Una madre que sigue creyendo que vive en esa vida de lujo, donde puede derrochar y ser tan generosa como siempre, sin darse cuenta que los tiempos han cambiado y ya no se lo pude permitir. Ella continúa con la idea y la ilusión de celebrar grandes convites, grandes fiestas con músicos en directo.... Cuando ya todo ha cambiado y vive en una absoluta miseria, incluida su vida personal. No hay momento de buscar soluciones, aliados para conseguir el dinero que les permita mantener todo aquello que les ha hecho tan felices.





El reparto, encabezado por Machi, está increíble, en un minucioso trabajo de elenco en el que todos están a un altísimo nivel. Desde los personajes con más presencia a los meramente testimoniales, todos se compenetran a la perfección, mantienen la atmósfera de la historia a mitad de camino entre el drama decadente y la fiesta perpetua. Secun de la Rosa, al igual que Machi, nos regala un Gayev desbocado, que vive en una continua fiesta sin percatarse de lo que ocurre a su alrededor, hasta que se encuentra cara a cara con la más inesperada de las realidades, en una escena conmovedora, en la que se le ve desgarrarse con cada palabra.

No podemos dejar de destacar los dos personajes que se salen del ambiente festivo general, la hija que ha vivido toda la decadencia de la finca y el mayordomo que desde su experiencia sabe lo que les tiene preparado el destino. Miranda Gas hace una interpretación conmovedora de Varya, una mujer que sufre por la situación mientras espera que Lopahim (Nelson Dante) le confiese un amor que parece que ven todos menos ella. Si impactante es la actuación de Miranda Gas, por la angustia y dolor que desprende su personaje, no lo es menos la "caracterizada" actuación de Isabel Dimas en el papel del mayordomo Firs, un personaje melancólico, abatido por la vida, que ve como después de una vida dedicada a esa casa, todo se desmorona ante sus ojos..



El resto de personajes que van apareciendo a lo largo de la obra nos divierten, nos enfadan, nos enternecen. Actuaciones como la de Tamar Novas (Trofimov), o la de Nelson Dante (Lopahim), que nos muestran a dos personajes antagónicos, que tienen una relación muy personal con la familia. Mientras Novas es un peculiar estudiante que intenta persuadir a la familia, Dante es un comerciante avaricioso. que ve en la desgracia ajena el negocio. En los papeles de menor presencia cabe destacar las extravagantes y muy divertidas interpretaciones de Karina Garantivá (en el papel de la sirvienta Dunyasha) y Carmen Gutiérrez (en el papel de la pomposa Sharlotta). El elenco lo completan Chema Adeva (Pischik), Paco Déniz (Yepihodov), Isabel Madolle (entrañable como Anya, la hija pequeña de la familia), Didier Otaola (Yasha) y Fer Muratori (en el papel del jefe de estación).




Como todo montaje de estas características, la escenografía resulta fundamental para el correcto devenir de la historia. En este montaje, la aparente sencillez escénica creada por Paco Azorín (como dijimos antes "sólo" una casa de muñecas y un tren sobre una gran plataforma, nos dan la bienvenida al acceder a la sala) nos irá sorprendiendo en cada escena, al comprobar que cada es lo que parece, que todos los elementos se desdoblan para crear distintos ámbitos, un prodigio escénico, lleno de imaginación y dobles (y hasta triples) interpretaciones del espacio. Fundamental, en un espacio tan neutro, la iluminación de Ion Anibal, que consigue que sintamos los distintos lugares por los que transita la obra. La tercera pata de esta "fiesta escénica" es la música y el espacio sonoro creado por Luis Miguel Cobo. Por último, el vestuario ha sido diseñado por Juan Sebastián Domínguez, en un interesante juego en el que mezcla modernidad y elementos de época.




Si lo que quieres es disfrutar de un drama, si quieres reír con situaciones extravagantes, si lo que te apetece es ir a una fiesta descontrolada... Esta obra te dará eso y mucho más. Una nueva manera de mirar a los clásicos, con respeto, intentando sacar la esencia de la obra, pero con un lenguaje de lo más actual. Una nueva mirada que nos ayuda a empatizar con obras de gran calado como esta. Una interesante propuesta llena de vitalidad pero con un duro fondo, en el que nos daremos de bruces con la esencia de la obra, de la vida de esta familia, de la historia del teatro.
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El jardín de los cerezos
Teatro: Valle Inclán
Dirección: Calle de Valencia 1
Fechas: Martes a Domingos 20:00. 
Entradas: Desde 10€ en entradasinaem. Del 8 de Febrero al 31 de Marzo.

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