Teatro: Mantequilla. Sala Mirador

Personas que están tan cerca y a la vez tan lejos. En la era de la comunicación parece que cada vez nos comunicamos menos, que cada vez es más difícil hablar, transmitir los sentimientos, llegar a acuerdos, hablar con la persona que tenemos al lado desde la sinceridad, sin pantallas de por medio, mirándonos y sintiendo lo que se dice. Parece que en esta nueva realidad todo es demasiado etéreo, demasiado artificial y a la vez demasiado volátil. Cuando queremos darnos cuenta de algo ya se pasó, cuando queremos disfrutar de una cosa ya tenemos la necesidad de estar pendientes de otra. La incomunicación en el tiempo en que todos estamos "comunicados".




"Ha pasado mucho tiempo y hemos hablado tanto sin hablarnos, que ya no nos queda nada por decirnos. Somos dos te extraño con demasiada vida entre nosotros" una frase que transmite la esencia de un texto que surge de dentro, de los sentimientos, del corazón, para plasmar con bellas imágenes sensaciones y situaciones que son difíciles explicar con palabras. La angustia a la incomunicación, el miedo a la pérdida, la tristeza de sentir que no estás en el lugar que quieres, que la vida pasa por delante de ti sin que puedas hacer nada.


Las palabras han dejado de tener sentido, pierden fuerza en relación a las imágenes, se difuminan y se devalúan ante nuestros ojos. La comunicación entre las personas se basa en la palabra, la cual está herida de muerte por las continuas manipulaciones que sufre. Estamos inundados de palabras que vemos variar de significado, que escuchamos y nos suena extraña, ya no reconocemos como algo propio, como algo que nos ayude a transmitir nuestras emociones y sentimientos. La manera en la que nos relacionamos con el mundo cambia a una velocidad vertiginosa, y con ella la manera en la que debemos comunicarnos con nuestro entorno. Pero y si ya está todo dicho? y si no sabemos como explicar lo que sentimos, no por falta de palabras sino por complejidad del propio sentimiento?



Esta interesante y poética obra nace en una clase de subtexto del autor de la pieza Carlos Zamarriego con el maestro José Sanchís Sinisterra. Uno de los ejercicios de esa clase fue el germen del que nació el primer soliloquio de la obra. Con este punto de partida, nace un texto que se configura respetando la estructura de monólogos alternados, en homenaje a la obra de Bernard-Marie Koltés "La soledad de los campos de algodón". Sobre el tema principal de la incomunicación, la propuesta pretende ahondar en las relaciones entre las personas, en los diálogos que mantenemos con los que no están y los silencios que compartimos con los que están, pese a todas las posibilidades de comunicación que nos ofrece el mundo hiperconectado en el que vivimos.


El texto que nos presenta Zamarriego va mucho más allá de ser una historia convencional, pero a lo cotidiano de lo que cuenta. La sensibilidad con la que nos muestra la radiografía de esta pareja es enternecedora. Una interesante manera de diseccionar esta relación, la vida de estas dos personas, desde lo más profundo de sus sentimientos, desde la angustia y los miedos que nacen por las dificultades que tienen para comunicarse. Una historia que va y viene, que nos conmueve y nos enternece, a veces nos despista pero siempre nos parece bella, la belleza que transmite la onírica forma en la que el autor sabe mostrarnos la vida.

Zamarriego debutó en la dramaturgia con "Historias con H", y desde entonces no ha dejado de sorprendernos con textos muy sugerentes, intimistas, que van mucho más allá de la estructura teatral típica, ahondando en la mente humana, proyectando las historias desde las entrañas del ser humano. Obras como "El escritor", "Cuida de la familia" o "Anoche soñé que me soñabas" (que ya se programó en La Mirador), dejaron huella en el mundillo del teatro off madrileño. La pasada temporada estrenó "Inestables" en los Teatros Luchana, un inquietante texto que sorprendió por su sencillez estructural y su complejidad "interior".



"Shakespeare, Darío Fo y sus anarquistas, el tiempo que no pasa de Priestley, lo no dicho de Sinisterra y los increíbles de Mouawad, entre otras influencias. Todos ellos me enseñaron que la escritura, como la vida, consiste en separar silencios. Y por eso me metí a escribir y dirigir teatro, para provocar silencios que, de vez en cuando, nos hagan sentir que estamos vivos". Con estas palabras definía Zamarriego su obra, un explosivo cóctel que ha dado como resultado un viaje por esta relación al borde del abismo.


La historia nos traslada a un pueblo, para desde allí comenzar un viaje desde la monotonía a la rutina, del miedo al cambio, al vértigo por la toma de drásticas decisiones, de las relaciones que no arrancan a las que permanecen estancadas. La obra se nos va mostrando como pequeños fragmentos de un relato destrozado, como las piezas de un puzzle que debemos ir encajando para llegar a comprender en su totalidad. En un texto basado en los silencios (tanto los propios como los compartidos), la mano del director parece fundamental para que la obra adquiera el ritmo y la coherencia necesarios. En este caso Edgar Costas realiza un minucioso trabajo de composición escénica, para que todo encaje en el lugar que le corresponde, para que cada silencio dure lo necesario, para que cada diálogo nos remueva hasta la extenuación. 

Costas comenzó su carrera en su Galicia natal, donde trabajó en múltiples proyectos y creó el grupo Skené Teatro. Desde su llegada a Madrid, ha trabajado en series como "Apaches", "Centro médico" o "Acacias 38". Como director teatral, hace dos años debutó en La Nao 8 con una adaptación del texto de Erasmo de Rotterdam "Elogio de la locura", mientras que como actor ha participado en todos los montajes anteriores de Zamarriego.


El montaje lo protagonizan Roberta Pasquinucci en el papel de Bea y Rodrigo García Olza en el de Andrés. Los dos actores transmiten una química a la hora de su desencuentro, consiguen que nos duelan sus miedos, que disfrutemos de sus andanzas. Dos interpretaciones cargadas de frescura, de fuerza, la que nos traslada de la mano para transitar por lugares tan oscuros como la muerte, la separación, la huida. Los dos actores nos presentan dos personajes absolutamente complementarios, para lo bueno y para lo malo.



Roberta Pasquinucci nos presenta una Bea vitalenérgicaque lucha por mantener viva una relación que se marchita por la falta de comunicación. La actriz realiza un trabajo marcado por el optimismo, que poco a poco va derrumbándose con los distintos golpes que le da la vida. Pasquinucci  ha participado en montajes como "El cíclope y otras rarezas del amor", "Carne viva", "Coxistence" o "Anoche soñé que me soñabas", del propio Zamarriego.

Por su parte Rodrigo García Olza nos presenta un Andrés que vive angustiado por su vida, con miedo por no saber cómo transmitir lo que siente, por verse superado por una vida que lo ahoga y lo atenaza. Un personaje que nos duele, nos angustia, pero en el que nos vemos reflejados en muchos de sus miedos y su dificultad a comunicarse en ciertas situaciones. A Olza lo hemos podido ver en montajes como "Los niños oscuros de Morelia", "Pablo Neruda viene volando", "Niño fósil" o "Cocinando con Elisa".



Mantequilla es un montaje sencillo formalmente, pero de gran contenido poético e incluso filosófico. En una interesante sucesión de secuencias aparentemente inconexas (todas ellas de gran belleza) vamos conociendo la relación que se desmorona entre dos personas por la falta de comunicación, mientras intentan escapar de su propio laberinto vital. Una muy interesante propuesta que nos debe hacer pensar en cómo nos relacionamos en esta nueva era, en la que estamos más comunicados pero nos comunicamos mucho menos

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Mantequilla
Teatro: Sala Mirador 
Dirección: Calle Doctor Fourquet 31
Fechas: Viernes a las 20:00. 
Entradas: Desde 14€ en lamirador. Hasta el 3 de Marzo.

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