De nuevo la maleta, esa maleta que ya viajó con Machado a esa Francia y su exilio, esa maleta llena de vida, de amargura, de nostalgia, de rabia, de miedo, de incomprensión… de nuevo esa maleta nos recibe en el Teatro Bellas Artes, entre cajas de madera y sillas apiladas en montañas de pasados, en iniestas y galvanes, en viajes a ninguna parte que llegan a cualquier lugar. En el recuerdo. Hay que recordar, hay que recordar…
Y sale el cómico, el hijo de la cómica, el nieto de la costurera, con su sombrero, con su gabán, recorriendo esos círculos castellanos en aquellas épocas duras, de incertidumbre y sinsentido, de rojos y azules, de ricos y pobres, de vencidos sin vencedores, de hambre en blanco y negro.
Sale el amigo, don José Sacristán, en un entrañable homenaje a su otro amigo, al maestro, a don Fernando Fernán Gómez, a contar, a narrar sus memorias, su pasado, su vida… sale su madre, sale su abuela, sale ese teatro digno, transformador, puro, ese teatro de caminantes y caminos, de operetas. Sale esa generación dura, recia, humilde, bella. “El 18 de septiembre de 1899 la costurera Carolina Gómez dio a luz a Carola Fernán Gómez…” . Don José nos cuenta un tiempo, un país, una gente, una historia….
Cuenta Sacristán que Delibes le enseñó a mirar y Fernán Gómez a escuchar, el privilegio de estar cerca de él y escucharle. Y don José le escuchó, y compartió esa amistad en esa escucha, en esas vivencias, en esos páramos castellanos donde el verano azotaba y el invierno dolía. La tierra, el calor, la compañía, la belleza, la lejanía, la soledad, “el recuerdo de un niño que se muere de risa entre sus brazos”… dualidad en la vida de don Fernando que don José nos transmite con esa verdad del amigo, del amigo de verdad, en esos planos infinitos entre personajes entrañables, entre miradas, silencios, voces, expresiones , cuerpos ,... "para un niño que creció sin padre…", un niño que quiso ser Jackie Cooper en su isla del tesoro, y escribir Sandokanes de Salgari, donde resultaba angustioso no poder ser como los demás ni siquiera en Carnaval.
Voces en una sola voz. Miradas en un solo corazón. Calles que crecieron al mismo tiempo que ellos, paraísos terrenales tras la puerta de casa… en ese Madrid de postguerra, en su Madrid. “Soy el hijo de la cómica, compañero de juegos de los hijos de mi barrio“. En ese esto de guerra que marcó esas vidas, donde “solo seré actor provisionalmente“.
Y nos relata don José, nos cuenta con cariño, con mimo, con pasión la vida de su gran amigo, de su querido amigo, donde se palpa esa amistad verdadera, auténtica. De las de toda la vida. Y ya el escenario es suyo, y ya las cartas de la abuela son las de nuestras abuelas, y las voces de su madre son las de las nuestras, y ya las andanzas de Fernán Gómez son las de nuestros abuelos y abuelas, las de nuestros padres y madres, las nuestras también, las de un actor diferente, único, carismático. Genial.
La mirada triste de aquel niño de diez años que no paraba de gritar nos ha seducido, nos ha conmovido . Sacristán y Fernán Gómez, José y Fernando. Genios de las tablas, del decir y del hacer, del mostrar y del sentir. Sacristán lo ha vuelto a hacer, nos ha vuelto a enamorar del teatro, del relato, de la historia de una España no tan lejana donde sus ecos aún resuenan con peligro hoy en día. Sacristán nos ha vuelto a enamorar. Una vez más. Nos ha ofrecido una clase magistral de este oficio tan querido, tan intenso , tan sufrido, tan de verdad, que nos lleva a lugares tan hermosos...
Vengan al Bellas Artes, vengan al Sacristán, con don José, con don Fernando, y déjense llevar por esos caminos, por esas vidas, por esa pasión. Disfruten de la vivencia. Amen al teatro como solo ellos saben. Y viajen , viajen desde el palco o la platea. "El hijo de la cómica" ha llegado para quedarse. El nieto de la costurera, también.
Adaptación y dirección: José Sacristán Ayte. dirección: Amparo Pascual Escenografía audiovisual: Juan Estelrich Vestuario y atrezzo: Picaporte Diseño de cartel: David Sueiro Fotografía de cartel: Javier Naval Jefe técnico: Ignacio Huerta Jefe de producción: Juan Pedro Campoy Ayte. producción: Estela Ferrándiz Diseño y Técnico de iluminación: Tatiana Reverto Regiduría, maquinaria y vídeo: Juan José Andreu Gerencia: Cristina Berhó Guitarra española: Carlos Goñi Una producción de Pentación Espectáculos.
Se acerca el final de la temporada y con ella los últimos grandes estrenos de los teatros públicos. Mes muy particular en la ciudad, con dos puentes y muchas fiestas. Con este panorama, pocos planes mejores que acercarse a disfrutar de los grandes regresos de "Una noche sin luna" o "Travy" (si tenéis la suerte de haber conseguido entrada), o de disfrutar de lo nuevo de Juan Mayorga en el Abadía, de Magüi Mira en el Fernán-Gómez, de Carolina África en el María Guerrero, María Velasco en la Cuarta Pared o de Lucía Miranda en el Valle-Inclán. En escena tendremos la oportunidad de ver intérpretes de la talla de Juan Diego Botto, Oriol Pla, Adriana Ozores, José Sacristán, Loreto Mauleón, Daniel Albaladejo, Silvia de Pé,Secun de la Rosa, Alberto Velasco, Joaquín Notario, Antonio Pagudo,Pepa Rus/Cristina Gallego, Antonio Hortelano,Jorge Mayor,Antonio Sansano,Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Mariano Llorente, Jorge Kent oElena Lombao.
En un tiempo en el que el éxito
parece medirse por visualizaciones, seguidores y segundos de atención,
Guayominí, el nuevo texto de Laura Garmo dirigido por Pablo Martínez Bravo en
Nave 10 Matadero, llega como una comedia afilada, incómoda y profundamente
actual sobre el fracaso público y la devastación privada. Bajo la apariencia de
una sátira pop sobre el universo de los concursos musicales televisivos —con
una referencia inevitable al imaginario eurovisivo—, la obra termina
revelándose como algo mucho más profundo: una reflexión amarga sobre la
identidad, la necesidad de aprobación y la violencia silenciosa de vivir
expuesto a la mirada ajena.
Hay piezas que no se dejan mirar desde un solo lugar. “Perra cimarrona” de Lucía Trentini, en el Teatro de La Abadía, es una de ellas. No funciona como relato lineal ni como propuesta cerrada, sin como un dispositivo escénico donde se cruzan lo performativo, lo musical y lo simbólico de manera constante.
Llega a la cartelera madrileña uno de los títulos más reconocidos de la dramaturgia americana, uno de esos títulos de los que todos hemos oído hablar y siempre hemos querido ver representados. Llega al Teatro Fernán-Gómez uno de los grandes, Arthur Miller, para introducirnos en los suburbios más sórdidos y oscuros del Nueva York del siglo pasado. Nos adentramos este universo de la mano de Eduardo Galán, que mantiene en su versión toda la esencia de la obra original, con una impecable dirección de Javier Molina.
Hay propuestas que no se sitúan tanto en el terreno de la representación como en el del encuentro. “Acción Comadres”, en la Sala Mirador, funciona precisamente desde ahí: como un espacio de diálogo compartido más que como una pieza escénica al uso.
El pasado jueves, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro presentó las cartas de su 49.ª edición, que se celebrará del 2 al 26 de julio, con una invitación a jugar, a perderse para encontrarse en el laberinto del barroco. Medio centenar de espectáculos —16 estrenos absolutos y tres en España— de 50 compañías se cruzan en el tablero que componen los nueve espacios que integran el certamen. En una programación plagada de propuestas de lo más variado e interesante, sobre los diversos escenarios del festival veremos nombres de la talla de Ana Wagener, Secun de la Rosa, Pepe Viyuela, Mina El Hammani, Marta Poveda, David Lorente, Itziar Miranda, Lola Baldrich, Joaquín Notario, Ane Pikaza, Juan Mayorga, Rakel Camacho, Alberto Conejero, Rosa León o María Goiricelaya.
Hay funciones a las que una entra
buscando pasar un buen rato y sale habiéndose reído mucho… pero también
pensando algo más de lo esperado. Eso me pasó con “Greenpiss” de Yllana en el Gran Teatro Pavón. Fui sabiendo más o menos el tipo de lenguaje que maneja la
compañía, pero aun así siempre sorprende ver hasta qué punto dominan un código
tan propio y tan eficaz.
Hay algo en el Teatro del Barrio que
siempre me coloca en un estado distinto. No sé si es el espacio, la cercanía o
esa sensación de que lo que va a pasar ahí dentro tiene algo de íntimo, de
compartido. Entré a ver “La doble vida de Virginia Woolf” con cierta
curiosidad, pero también con una disposición más abierta, quizá más receptiva a
dejarme atravesar por lo que pudiera surgir.