Hay piezas que no se dejan mirar desde un solo lugar. “Perra cimarrona” de Lucía Trentini, en el Teatro de La Abadía, es una de ellas. No funciona como relato lineal ni como propuesta cerrada, sin como un dispositivo escénico donde se cruzan lo performativo, lo musical y lo simbólico de manera constante.
Panorama desde el puente. Teatro Fernán-Gómez
Acción comadres. Sala Mirador
49 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro
GREENPISS. Gran Teatro Pavón
Hay funciones a las que una entra
buscando pasar un buen rato y sale habiéndose reído mucho… pero también
pensando algo más de lo esperado. Eso me pasó con “Greenpiss” de Yllana en el Gran Teatro Pavón. Fui sabiendo más o menos el tipo de lenguaje que maneja la
compañía, pero aun así siempre sorprende ver hasta qué punto dominan un código
tan propio y tan eficaz.
La doble vida de Virginia Woolf. Teatro del Barrio
Hay algo en el Teatro del Barrio que siempre me coloca en un estado distinto. No sé si es el espacio, la cercanía o esa sensación de que lo que va a pasar ahí dentro tiene algo de íntimo, de compartido. Entré a ver “La doble vida de Virginia Woolf” con cierta curiosidad, pero también con una disposición más abierta, quizá más receptiva a dejarme atravesar por lo que pudiera surgir.
Bérénice de Romeo Castellucci. Teatros del Canal
Utopía en llamas. Teatro María Guerrero
Salimos de la sala de la Princesa del María Guerrero con la sensación de vivir en un mundo malvado, en el que la prostitución y los puteros campan a sus anchas. Salimos a la luz de esta tarde previa a la semana santa con el malestar por los datos que nos golpean al final de la obra, pero con la sensación de haber asistido a una experiencia escénica muy necesaria. Porque aunque muchas de las cosas que hemos visto las sepamos, es necesario recordarlas para que recapacitemos sobre ese submundo al que nadie quiere poner fin, legalizar o prohibir, todos prefieren dejarlo en un limbo del que se aprovechan los proxenetas y las mafias.








