Hay espectáculos que se sostienen en una gran producción, en una escenografía compleja o en un reparto numeroso. Y luego están los que descansan casi por completo sobre la capacidad de una persona para ocupar el escenario. “Chungo”, de Luis Zahera, en el Teatro Capitol Gran Vía, pertenece claramente a esta segunda categoría.
Golpe a golpe, verso a verso. Teatro Infanta Isabel
Las últimas. Teatro Valle-Inclán
A veces, una sale del teatro con la sensación de haber visto una obra, y otras veces en las que además siente que ha aprendido algo que debería estar mucho más presente en la conversación colectiva. Eso me pasó con “Las últimas”, dirigida por Lucía Miranda en el Teatro Valle-Inclán. Y creo que ahí está una de las grandes potencias de la propuesta: utilizar el teatro no solo como espacio artístico, sino también como lugar de memoria, investigación y revisión histórica.
Saúl y la noche. Teatro del Barrio
Hay obras que parten de un conflicto familiar concreto y terminan hablando de algo mucho más amplio. “Saúl y la noche”, en el Teatro del Barrio, trabaja precisamente desde ahí: desde la intimidad de una familia que intenta entender qué le está ocurriendo a su hijo y, al mismo tiempo, qué está ocurriendo alrededor.
Perra cimarrona. Teatro de La Abadía
Hay piezas que no se dejan mirar desde un solo lugar. “Perra cimarrona” de Lucía Trentini, en el Teatro de La Abadía, es una de ellas. No funciona como relato lineal ni como propuesta cerrada, sin como un dispositivo escénico donde se cruzan lo performativo, lo musical y lo simbólico de manera constante.
Acción comadres. Sala Mirador
GREENPISS. Gran Teatro Pavón
Hay funciones a las que una entra
buscando pasar un buen rato y sale habiéndose reído mucho… pero también
pensando algo más de lo esperado. Eso me pasó con “Greenpiss” de Yllana en el Gran Teatro Pavón. Fui sabiendo más o menos el tipo de lenguaje que maneja la
compañía, pero aun así siempre sorprende ver hasta qué punto dominan un código
tan propio y tan eficaz.
La doble vida de Virginia Woolf. Teatro del Barrio
Hay algo en el Teatro del Barrio que siempre me coloca en un estado distinto. No sé si es el espacio, la cercanía o esa sensación de que lo que va a pasar ahí dentro tiene algo de íntimo, de compartido. Entré a ver “La doble vida de Virginia Woolf” con cierta curiosidad, pero también con una disposición más abierta, quizá más receptiva a dejarme atravesar por lo que pudiera surgir.







