Teatro: Matar cansa. El Pavón Teatro Kamikaze

 Existen montajes que aterrizan casi por sorpresa en la cartelera, sin mucha expectativa salvo la conocida presencia de un actor "televisivo", sin apenas hacer ruido, pero pasan a convertirse de la noche a la mañana en un gran fenómeno del que todo el mundo habla. Esto lo saben bien los Kamikazes (ya que con su emblemática "La función por hacer" pasó exactamente esto) y ahora están viendo como el montaje que acaban de estrenar, está convirtiéndose en todo un fenómeno. En sólo una semana desde su estreno, le han llovido los elogios y las alabanzas, tanto por el texto como por la impecable interpretación. Seguirá creciendo la ola de uno de los montajes más impactantes de los últimos tiempos.



Pocas veces el silencio de una sala resulta tan sepulcral como el que vivimos el pasado domingo en el Pavón Teatro Kamikaze. Una mezcla de desconcierto, asombro e inquietud por lo que estábamos viendo, incluso acentuado en el momento final, en el que pareció que por unos segundos se había parado el tiempo para que pudiésemos "digerir" lo que acabábamos de presenciar. Tras esto, una estruendosa ovación nos devolvió a la realidad, a un patio de butacas emocionado por lo que acababa de presenciar, por la demoledora interpretación que habíamos presenciado, por el desgarrador relato que acabábamos de presenciar.


El televisivo Jaime Lorente produce, en colaboración con Buxman Producciones, e interpreta esta demoledora historia que nos hace transitar los lugares más oscuros del alma humana. Entrar en la mente de un asesino siempre es difícil, pero hacerlo desde una perspectiva de admiración lo es mucho más. La brillante doble faceta que interpreta Lorente en este majestuoso monólogo nos hace transitar por arenas movedizas, por espacios inhóspitos del alma, atravesar la vida desde la muerte, presenciar la euforia por el dolor ajeno como algo motivador. El tema que trata esta pieza podría resultar manido si se tratase desde el ya clásico punto de vista del asesino (esa persona trastornada que hemos visto en tantas películas, que disfruta matando), pero este texto va un paso más allá, para mostrarnos de forma paralela la visión de un apasionado por la trayectoria criminal del sujeto en cuestión. 


Esto último es lo que hace del texto de Santiago Loza algo especial, mucho más demoledor y contundente de lo que estábamos acostumbrados. El autor nos muestra la trayectoria de este asesino desde la visión de alguien que le admira, que lo idolatra, viendo en sus actos cosas bellas y heroicas en donde el resto vemos brutalidad y ensañamiento. Ese transitar, desde los ojos de este ferviente admirador, por los sentimientos del asesino, es de una contundencia impecable. La frase con la que el propio narrador se confiesa es muy significativa de lo que pasa por la mente del asesino. "Una víctima seduce, provoca. Una víctima aguarda el momento, toda la vida, atrae despacio a su asesino" es una frase que nos deja helados, pero a la vez nos pone de frente ante un tipo de mente perturbada desde su egolatría, capaz de pensar que el mundo se prepara para su contacto con él. Una frase que marca desde el inicio el tono brutal, contundente y directo de un texto brillante y vertiginoso.


Pero este montaje ha sido "modelado" de forma majestuosa desde la dirección de Alberto Sabina (Nono Mateos como ayudante), marcando en todo momento los distintos tonos que requiere el texto, con frenazos bruscos cuando el coche parece desbocarse, entrelazando con momentos frenéticos en los que parece que todo va a saltar por los aires. El director nos da momentos de respiro (tan necesario por la intensidad de lo que estamos presenciando) para dejarnos masticar cada escena, para que podamos tragar ante los duros golpes que acabamos de sufrir, para acabar empujándonos a un precipicio de angustia, violencia y dolor desmesurado. Un brillante trabajo de ir despojando al personaje poco a poco de su fachada, para ir escarbando en su interior con cada nueva frase, con cada nuevo golpe. Los continuos vaivenes de la obra nos zarandean como si estuviésemos en un ring, noqueados volvemos a por más, sabiendo que el siguiente golpe será aún más duro, pero la curiosidad por saber más de este malévolo personaje nos obliga a volver al ring.


La historia, ya de por si, es demoledora. La admiración obsesiva de un individuo por un ser bastante "peculiar", un asesino en serie que busca en los asesinatos darle un sentido a su propia vida, viendo en la muerte de los demás el motivo de su propia existencia. Pero si ya da miedo un personaje así, es casi más inquietante la devoción que el protagonista/narrador siente por su persona, por los asesinatos que comete y por los motivos que le llevan a hacer lo que hace. Este ultra del asesino se define a si mismo como "un cobarde frente a los hechos cometidos" sintiéndose casi culpable de no poder emular a su ídolo. Un personaje oscuro, angustiado, taciturno, que sólo ve la luz al hablar de los crímenes del otro, creciéndose según da detalles más precisos y escabrosos.

La delgada línea que separa a los dos se disipa por momentos, fundiendo al narrador con el protagonista de la narración. En todo momento ese paso de la narración al acto se difumina, sin llegar a conocer en ningún momento la identidad de la persona que nos cuenta las sanguinarias peripecias del asesino. La vehemencia con la que nos habla de unos hechos tan deplorables nos incomoda, nos inquieta, hasta el punto de no saber si es el mismo asesino, en su locura, el que nos habla. La narración habla en unos términos de veneración hacia el personaje, llegando casi a beatificarlo. 



Todo esto y mucho más nos transmite la impecable y demoledora interpretación de Jaime Lorente. Su portentosa creación de este personaje tan ambiguo nos descompone desde el primer momento, cuando nos habla con inocencia desde las escaleras previas al escenario. Esa oscura ingenuidad que destila el personaje no tarda en convertirse en dolorosa rabia, en obsesiva devoción, en angustiosa y casi trágica obsesión por ese personaje que dedica su vida a violar y matar, haciendo de la violencia, el sexo y la muerte su única obsesión en la vida. Lorente se transforma ante nuestros ojos (como si del mismísimo Hulk se tratase) pasando de un reprimido y apocado narrador a un desquiciado e hiperexcitado asesino. Y poco a poco vemos como ambos personajes se van acercando, como se mimetizan, como el narrador se enfurece mientras el asesino se vuelve más oscuro y lúgubre.


Lo que consigue transmitir Lorente a lo largo de la obra nos encoge el alma. La versatilidad con la que transita a estos dos personajes, tan sórdidos y a la vez tan frágiles, es de un talento descomunal. Los miles de matices con los que enriquece cada escena, cada gesto, cada mirada, hacen de su interpretación un impecable camino hacia la unificación de estos dos seres, que por momentos dan miedo y en otros lástima, sin dejar de asombrarnos por las ideas que nos transmiten. El actor consigue fundir a estos personajes dando todo el énfasis a cada uno de los planos que nos muestra de cada uno de ellos. Una interpretación que transita lugares oscuros, momentos dolorosos, sentimientos profundos de odio, pero que el actor consigue cincelar de tal manera que saca brillo a cada escena de una manera muy distinta, consiguiendo un tránsito entre los penumbrosos mundos en los que se mueven los personajes sin dejar de matizar las evoluciones que van cambiándoles. El dolor, la frustración, la locura, la devoción más extrema, el sexo, la muerte, todo cabe en este monólogo al que Lorente sube un peldaño, por su capacidad para la ambigüedad, por su fuerza para transmitir todo eso que los personajes esconden, para crear una dualidad que lleva a colisionar ambos mundos en un final apoteósico.


Este ambiente sórdido del que hablamos queda perfectamente reflejado en la escenografía de la obra. Una inmensa pared metálica nos traslada a esos lugares por lo que transita la historia, ambientes carcelarios, callejones oscuros, polígonos desprotegidos, un ambiente frío y casi amenazador que encaja a la perfección con el montaje. Pero aún más importante es el diseño de iluminación de Juanan Morales Aragonés, cuidado al milímetro, jugando de la misma manera con las luces y las sombras (las proyecciones de la sombre de Lorente sobre la valla metálica son bellísimas), las luces y las sombras que ayudan a enfatizar la historia, dando las distintas texturas que cada momento necesita. Por último hay que destacar el impecable diseño de sonido de Rubén Berraquero, que nos mete de lleno en esos lugares oscuros e inhóspitos por los que se mueven los personajes.


Ha pasado casi una semana desde que fuimos a ver la obra y aún me dan escalofríos al recordarla. La aventura a la que nos exponemos al entrar a ver esta pieza es dura, angustiosa, pero resulta un viaje maravilloso, al poder disfrutar de un montaje soberbio, encabezado por la primorosa actuación de un actor en estado de gracia como Jaime Lorente. No lo duden, si quieren disfrutar de una obra con mayúsculas vayan al Kamikaze a ver "Matar cansa", les dejará poso durante muchos días. VOLVAMOS A LOS TEATROS. LA CULTURA ES SEGURA.

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Teatro: El Pavón Teatro Kamikaze
Dirección: Calle Embajadores .
Fechas: Del 8 de Octubre al 22 de Noviembre. De Martes a Sábado a las 20:30. Domingos a las 18:00.
Entradas: Desde 18€ en TeatroKamikaze.

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