Teatro: El grito del cardo. Nave 73

Existen obras en las que nos atrapa el texto, la puesta en escena, la interpretación, pero existen otras contadas ocasiones, como es este caso, en el que todo nos parece majestuoso. Una historia hilvanada con delicadeza y rotundidad, una interpretación memorable, un texto cincelado con dulzura y que nos duele en el alma, y una puesta en escena sencilla y a la vez impecable. Una pieza redonda, de esas que se quedan por mucho tiempo en el recuerdo.



Ya desde los primeros instantes apreciamos que estamos ante una pieza excelsa. La precisión con la que la actriz se mueve como una autómata por el escenario es impactante, prodigioso, impecable. La exactitud con la que la actriz, a modo de muñeca, va colocando los distintos elementos de la escenografía nos pone en alerta, estamos ante un montaje nada convencional, lleno de ingenio y marcado por la belleza visual de cada escena, de cada movimiento, todo con una intención que hace que el montaje crezca.
 

Trajín Teatro ya sorprendió a propios y extraños en el año 2018 con su anterior propuesta, la aclamada "Mauthausen. La voz de mi abuelo" (escrita y dirigida por Pilar G. Almansa), en la que ya se dejaban entrever algunas de las señas de identidad de la compañía, que se confirman en este nuevo trabajo. La cuidada e ingeniosa escenografía, la apuesta por los espectáculos unipersonales (con la actriz interpretando a infinidad de personajes), un texto doloroso y crítico tamizado por un velo de ligereza y en ciertos momentos disfrazado de comedia. Pilares sobre los que se asientan ambos espectáculos y que sirven de punto de partida para hablarnos de temas muy necesarios.

La compañía se ha convertido en un proyecto unipersonal de la actriz Inma González, en el que "continuar con la investigación en el hecho teatral". En el caso que nos ocupa, "El grito del cardo", es una creación colectiva en torno a una mujer pobre y huérfana, en el que se nos muestra sus dificultades para poder ser ella misma, su condena a vivir excluida y en soledad. Una maravillosa reflexión sobre los que viven aislados por el simple motivo de su condición social, o aquellos que son excluidos por su condición sexual. Pero al final, como se puede leer en la sinopsis "la flor del del cardo, con su poderoso color morado, siempre se abre paso".



La idea original de esta impactante y desoladora pieza nace de la propia Inma González y de Sandra Jiménez, responsable final de la dramaturgia. El texto es duro y tierno a partes iguales, nos golpea con fuerza para instantes después cobijarnos en la infinita bondad de la protagonista. Una historia que navega por lugares oscuros, los de aquellos que viven condenados al ostracismo, a la miseria, al analfabetismo, sin poder hacer nada por cambiar su destino. Pero existe esperanza, almas puras que intentan rebelarse contra su propio destino y consiguen dirigir todas sus ansias de vivir a un lugar determinado, como puede ser la escritura, que les evade de su suerte y les hace más llevadero el calvario. Porque hay personas que quieren volar, ser libres, huir del encorsetamiento de una sociedad que los tiene fichados y "situados" desde el mismo instante de su nacimiento.



La historia se desliza por estos dolorosos lugares de la mano de una excelsa dirección, a cargo también de Inma González. Un meticuloso y delicado trabajo con cada una de las partes que forman la obra, con cada objeto y con cada lugar de la escena, jugando con lo real y lo onírico, con lo terrenal y lo poético. Un majestuoso juego de luces y sombras, de telas que ondean el viento para hacernos volar, de cajas que ocultan secretos inconfesables, de percheros que cobran vida para convertirse en balcones. La dirección se centra en la precisión de cada detalle, en el juego visual de los vestidos, en la apabullante presencia de la propia Inma, que hace de cada gesto un golpe demoledor, de cada palabra una herida en nuestro alma, de cada mirada un abrazo de ternura o un grito de socorro. Todo ello para dar de nuevo "voz a los invisibles, aquellas personas que viven en los márgenes, que son expulsadas del sistema y silenciadas sistemáticamente, pero cuyas vidas merecen ser contadas por la dignidad con la que han llevado su existencia".



La historia nos abre los ojos sobre aquellas personas que pasan desapercibidas, que permanecen en los márgenes de la sociedad, en la penumbra del mundo. Personas que por su condición social, sexual, mental o física, son diferentes, no encajan en el patrón establecido y por ello se les excluye, se les aísla, se les reprime. La obra nos habla de una mujer marcada por su condición social, que le impide alcanzar sus sueños y le obliga a quedarse al servicio de los poderosos, sin opción alguna de alcanzar sus metas, aunque sea muy válida para ello. Un mundo que te clasifica por tus orígenes, por tu sexualidad, por circunstancias que tu no has elegido pero que determinan el papel que vas a desempeñar en el mundo, limitando lo que puedes hacer y con ello nuestra libertad. 

El dolor y la angustia de saber que no podemos ser lo que queramos, sino solo aquello que nos permitan. Y la impotencia de saber que no podemos sobrepasar esos límites que nos han marcado, que no nos permiten avanzar, ya que nos encontramos con una violencia que se nos va metiendo dentro, en lo más profundo del alma, dejando unas marcas invisibles pero a la vez imborrables.



La obra transcurre entre continuos viajes temporales. Así conocemos la realidad actual de Mariana, pero también aquello que vivió en sus duros años trabajando. La protagonista nos va contando como es su realidad, entre bromas con sus compañeras de residencia, mientras nos va desvelando como fue su juventud, como fue capaz de sobrevivir en un mundo "donde ser mujer, pobre y huérfana te condena a la exclusión, a la soledad". Esta valiente y jovial mujer nos narra distintos episodios significativos de su vida, en los que tuvo que luchar para conseguir cumplir, en la medida que le dejaron, sus deseos. Todo ello contado desde la habitación de la residencia de ancianos en la que vive ahora, a la espera de una muerte que le acecha.

"Una habitación que surge como metáfora de todo lo que escondemos de puertas para adentro: el abandono, la cerrazón, la miseria, la injusticia. Una habitación de una residencia cualquiera donde, tras años de silencio, por fin se escuchará el grito de una flor que, habiendo crecido en los márgenes de lo convencional, conserva intactas sus espinas y su dignidad".



La Mariana que nos lleva por este viaje por los infiernos es la maravillosa Inma González ("33 maneras de morir", "1941 Bodas de sangre", "Eléctrica", "Aburrimiento Chair") que realiza un trabajo impecable, marcado por los miles de matices y capas que nos ca mostrando del personaje. Una interpretación fabulosa, desgarradora, divertida por momentos y angustiosa en otras, en las que la actriz no baja el listón en ningún momento. Un verdadero tour de force en el que Inma muestra todas sus cualidades como actriz. Desde la fabulosa entrada haciendo de autómata a los vertiginosos cambios que hace de Mariana al niño, todo encaja a la perfección y en cada momento sabe darle la intensidad adecuada. Una actuación memorable, para el recuerdo.



Si fabulosa está Inma González a lo largo, no menos impecable es el diseño del espacio escénico que plantea Trajín Teatro (creado en el talles de Agustín López y Regís Cabal y con la ambientación de escenografía de Rubén Díaz de Greñu). Un decorado aparentemente deslavazado e inconexo pero en el que todo encaja a la perfección. El ingenio con el que juega con la poética de los objetos a la hora de incorporarlos a la escena es brutal. El vestuario, también diseñado por Trajín Teatro y ambientado por María Calderón, se mimetiza con los elementos escénicos y con la actriz, llegando a convertirse en un personaje más de la historia. Con los vestidos, Inma crea unas de las imágenes más bellas de todo el montaje. Todo esto viene tamizado por un delicado diseño de iluminación a cargo de Raquel Rodríguez y Alicia Pedraz, dándole la tonalidad exacta a cada escena, en un maravilloso juego de luces y penumbras. 

Para el final hemos dejado el espacio sonoro y la música, creados por Luis Miguel Lucas, que forman parte esencial de la obra y componen algunos de los instantes más conmovedores. La cantaora Carmen Linares ha realizado una colaboración especial en la que interpreta dos de las canciones que suenan en el espectáculo. Por último decir que las letras de los temas musicales corren a cargo de Sandra Jímenez.


En definitiva, por si queda algo que decir, estamos ante un montaje maravilloso, lleno de momentos que nos quedan en la memoria para siempre. Poco queda por decir ya en montajes tan redondos como este, en el que no se puede destacar nada en particular y se debe hablar maravillas de cada uno de los elementos que la componen, solo animarles a que acudan a verlo en cuanto tengan ocasión, para degustar una obra de teatro en toda su dimensión. VOLVAMOS AL TEATRO. LA CULTURA ES SEGURA.

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Teatro: Nave 73
Dirección: Calle Palos de la Frontera 5.
Fechas: Del 1 al 30 de Mayo. Sábado y Domingo a las 18:30.
Entradas: Desde 14€ en nave73.

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