Teatro: Johnny Chico. Teatro Lara

La naturaleza humana es compleja y pueden habitar en el mismo cuerpo sentimientos y personalidades aparentemente incompatibles. En plena adolescencia, en esos tiempos de cambio y descubrimiento, todo puede ser aún más difícil si el entorno o la toma de decisiones no son las correctas. Esta maravillosa pieza nos muestra este camino minado que recorre un chico, de apariencia chulesca y una identidad sexual que teme mostrar. Poderoso alegato contra la LGTBIfobia que debería ser de visionado obligatorio, por la contundencia de lo que cuenta y por la naturalidad con la que habla de temas que parecen, todavía a estas alturas del siglo XXI, un tabú.



La vida puede ser muy complicada cuando no te colocas dentro de los estereotipos erróneamente marcados por la sociedad. Por eso, para este conflictivo joven de un pueblo, cada día es una difícil prueba a superar, un escollo constante, una lucha entre su verdadera identidad y lo que la gente espera de él. "Levantarse cada mañana pensando que no hay futuro es una sensación que hoy en día asoma al pecho de muchos y que condiciona la vida de Johnny Chico". Un futuro sin expectativas, una lucha entre su verdadera identidad y su postureo social. Un escalofriante relato que pone el foco en la violencia sistémica que sufre el colectivo LGTBIQ+ y que a día de hoy sigue tan vigente, cuando cada día nos levantamos con una nueva noticia de agresiones o vejaciones. El pensar que este texto se escribió en los años noventa debería hacernos recapacitar sobre lo poco que hemos avanzado como sociedad. 


El texto escrito por el poeta y dramaturgo australiano Stephen House es un demoledor y doloroso monólogo que nos presenta a un personaje conflictivo que intenta buscar su lugar en un mundo en el que no parece encajar. Una historia que se centra en las dudas de Johnny sobre su propia identidad personal y sexual. Un chico de pueblo que se ve abocado a huir a la ciudad por sus conflictos internos y el murmullo constante que va creciendo en torno a él. Todo en el pueblo parece ponerse en su contra, y busca en la gran ciudad donde nadie le conoce el lugar donde empezar de nuevo, pudiendo ser él mismo. Huye de la violencia familiar y de la incomprensión de su entorno, pero la ciudad no le será menos hostil. Cargada de dolor y crudeza, pero también de humor y emoción, la obra transita lugares oscuros, esos aspectos ocultos del alma del joven que luchan por salir. Una realidad que viven muchos jóvenes y que el texto nos muestra de manera directa, explícita, sin edulcorar. Un combate vital por ser uno mismo, "porque no importa en absoluto quien eres o lo que llevas puesto; lo que quiere que seas: él o ella, hombre o mujer... porque al final todo es lo mismo cuando te desnudas".


El proyecto nace a comienzos de 2019, cuando Víctor Palmero (actor que da vida a Johnny) descubre el portentoso texto y se pone en contacto con el que fuese su profesor de interpretación, Eduard Costa, con la idea de que asumiese la dirección del proyecto. El montaje toma forma y se convierte en un monólogo desgarrador, conmovedor y con mucha fuerza, esa que desprende un personaje cargado de energía, de ganas de vivir tal y como es. La pieza transita a gran ritmo por las distintas etapas de la vida de Johnny, para que veamos de cerca su dolor, sus miedos, su interminable huida hacia adelante, su incansable búsqueda por encontrar su lugar en el mundo. Un mundo sin concesiones, que le golpea una y otra vez. Sin lugar para el perdón ni para las lamentaciones.



La obra nos muestra la historia de Johnny, un chico que no encaja con la realidad del pueblo en el que vive, del que huye para intentar encontrarse consigo mismo. El enérgico protagonista luchará por sobrevivir en un mundo que le es hostil, que le da la espalda continuamente, que no le deja mostrar su verdadera identidad. Él se encuentra perdido, en una continua búsqueda de un lugar en el que sentirse cómodo con su cuerpo, con su identidad, con su realidad. En este continuo vagar por el mundo llega a la ciudad, donde piensa pasar desapercibido y poder expresarse tal y como es, pero las calles de la urbe pueden ser mucho más duras que las de su pueblo

Johnny no deja de preguntarse "¿Es posible hacer coincidir lo que eres por fuera con lo que eres por dentro?". El mayor drama de este texto que una persona siga teniendo que hacerse esa pregunta, que los miedos al que dirán le atenacen de tal manera que no se atreva a mostrarse tal y como es. Porque en el fondo Johnny busca lo mismo que buscamos el resto de personas (sea la que sea nuestra condición sexual, nuestra ideología, o nuestro género): ser amado y que la sociedad le acepte tal y como él se siente. ¿De verdad es tan difícil el respetar que cada uno sea y viva como quiera? Que estas preguntas estén tan de actualidad en pleno siglo XXI me hace estremecer.


El montaje nos muestra una realidad que debería avergonzarnos como sociedad. El final de la obra, con titulares de actualidad, estremece y avergüenza a partes iguales. Porque la crudeza de los datos es incontestable: cada dos días una persona homosexual es asesinada por actos vinculados a la homofobia. Es tremendo pensar lo poco que hemos evolucionado en tres décadas, o mejor dicho lo mucho que nos queda por avanzar, por crecer como sociedad (o más bien como raza, supuestamente inteligente). Johnny es una pobre víctima de esta sociedad que sigue teniendo en un seno a mucha gente homófoba, que sigue mirando con desprecio al que se muestra como es (si ello no es lo esa persona considera como "normal"). 


Lo más duro es pensar que las personas que no somos homófobas, tampoco hacemos demasiado para evitar que nuestro entorno mejore. El otro día escuché a Carles Francino una declaración que me hizo pensar. En una entrevista a Bob Pop por el estreno de su serie "Maricón perdido", reconocía que muchos de los sucesos que el protagonista sufre en su niñez y adolescencia él los había visto en su juventud, pero lejos de plantar cara a quien se mofaba, miraba para otro lado. Y esto me lleva a pensar que todos, en mayor o menor medida, tenemos en nuestra mano que estas situaciones (las de la serie o las de la obra de teatro) no sigan pasando a nuestro alrededor. Todos somos responsables y todos debemos ser partícipes del final de la homofobia (lo mismo podríamos decir al hablar de machismo, de racismo...). Por eso es tan importante que se hagan obras de teatro como "Johnny chico" y series de televisión como "Maricón perdido", para concienciar y hacernos ver que somos parte de la solución.


Pero la grandeza de este montaje reside, por encima de todo, en la sublime interpretación de Víctor Palmero, que nos regala una creación cargada de energía, de pequeños matices, de fuerza desmedida, de arrogancia y de ternura. Palmero da vida a una decena de personajes, de los que sabe sacar toda su esencia, para que el espectador identifique cada uno de ellos dentro del mundo que le rodea. Los personajes con los que Johnny se va cruzando en su vida son, en cierto modo, los que le empujan a precipitarse en una continua carrera sin final. El actor consigue que reconozcamos a los chicos de su pandilla del pueblo, seres altivos que atacan a los "maricones" sin ninguna razón. Pero también nos muestra con nitidez a todos esos personajes de los lugares que transita en su llegada a la ciudad, esas que convierten a Johnny en algo que no es, obligándole a seguir caminos que le llevan a la perdición. 

Y por encima de todos estos personajes está la fabulosa creación del personaje de Johnny Chico. Víctor Palmero nos regala un personaje cargado de matices, de contradicciones, de dudas y de miedos. Y todo ello lo consigue con una interpretación por momentos agresiva (el joven que se escuda en su fuerza para ocultar sus miedos), marcada por la inseguridad que transita toda la historia, pero sobre todo con una ternura y una infinidad de capas, de las que se despojando ante nosotros con una crudeza memorable. Un personaje memorable que debería recorrer institutos, centros culturales, pueblos y ciudades, para dar a conocer una realidad que sigue siendo demasiado común en nuestros días.



Todo en la obra gira en torno a la figura de Johnny y la soberbia interpretación de Palmero. En torno a él se sitúa una sencilla escenografía, creada por Luis Crespo, que apoya cada una de las etapas de la vida del personaje. Muy destacable la iluminación de Mundi Gómez, que nos traslada de forma ejemplar a ese sórdido mundo por el que se mueve Johnny, con un meticuloso juego de tonalidades que van oscureciéndose conforme avanza la obra. Otro de los elementos clave de la obra son la música original de Juanjo Ballester y el espacio sonoro creado por Juan José Ballesta, que acompaña en todo momento las andanzas y marcan el tono de toda la historia. Por último hay que destacar el ingenioso vestuario creado por Elisa Gil Perucha.








En definitiva, estamos ante una obra brillante, dentro de la crudeza que transmite. Un montaje directo, real como la vida misma, en el que no hay edulcorantes ni finales felices. Un texto que duele, que sonroja (cómo podemos ser así como sociedad) y que nos hace pensar mucho sobre todo lo que nos queda por hacer. Pero esta obra es ante todo la consagración de Víctor Palmero como un actor descomunal, capaz de transitar mil registros, de mostrarnos infinidad de matices del personaje, de regalarnos un personaje que se nos quedará dentro para siempre. En estos días han anunciado que, a partir del 8 de Julio, la obra se "traslada" a la sala grande del Lara. Un merecido premio para una pieza fundamental. VOLVAMOS A LOS TEATROS. LA CULTURA ES SEGURA.

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Teatro: Teatro Lara
Dirección: Corredera baja de San Pablo 15.
Fechas: Del 16 de Abril al 19 de Junio. Viernes 20:25 y Sábados 17:00.
Entradas: Desde 16€ en Teatrolara.

Ficha Técnica:

Dirección:
Eduard Costa

Reparto:
Víctor Palmero

Autor:

Escenografía:
Luis Crespo

Iluminación:
Mundi Gómez

Vestuario:
@Perucha63

Música original:
Juanjo Ballester

Diseño gráfico:
Maria LaCartelera

Fotografía:
Jesús Romero de Luque

Producción:
Moriarty & Holmes

Producción ejecutiva:
Coque Serrano


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