Teatro: Los Mariachis. Teatro Abadía

La corrupción es, desde hace tiempo, una de las mayores lacras que asolan nuestro país. Políticos que se lucran con ello que se convierten en personajes caricaturescos, de lo más estrafalario de una sociedad ya de por si muy diversa. Cuando uno de estos vividores es descubierto, vuelve a su pueblo y se reencuentra con su pasado, con una realidad que ha quedado anclada en el tiempo, de aquella de la huyó hace más de veinte años. Al llegar a ese lugar de la Mancha, se encuentra frente a la cruda realidad, con personas que sufren en sus carnes por las políticas y trapicheos de gente como él.


El mariachi, además de un símbolo de la música mexicana, es un término que se utiliza en economía para denominar a cada uno de los testaferros que se utilizan para crear una SICAV (sociedad de inversión de capital variable), una vía de inversión colectiva con la que se puede tributar menos. Para esta maniobra financiera, el evasor necesita a 99 mariachis para crear una de estas entidades fantasmas. Pero para dale un giro más al significado de la palabra (al menos en el contexto de la obra), es también el nombre de la peña que durante su infancia tenía el político en su pueblo, con sus primos.


Pablo Remón y su compañía La Abducción llegan al Teatro Abadía con esta producción que se estrenó hace un par de temporadas en los Teatros del Canal, donde previamente habían estrenado su montaje "40 años de paz", obra que supuso el espaldarazo definitivo de este siempre innovador autor. Remón se ha convertido en todo un referente, uno de esos autores a seguir por su singular forma de hacer teatro, por las temáticas que siempre tratan temas de la realidad más cruda, y con un trabajo de dirección de actores impecable. Creada en 2012, La Abducción ha creado algunos de los montajes más interesantes de los últimos tiempos, como "La abducción de Luis Guzmán" (nominada a mejor autoría revelación a los MAX en 2016), "Bárbados, etcétecera" (4 nominaciones a los MAX), o las más recientes "El tratamiento", "Doña Rosita, anotada" (una de las obras que también estrenaron en los Teatros del Canal o "Sueños y visiones de Rodrigo Rato".


Este delirante montaje de Remón es una divertida road movie por la "España vaciada" en la que seguimos las peripecias de una serie de curiosos personajes, y nos volveremos a quedar perplejos con la asombrosa facilidad del autor para contar historias con sello propio y crear unos personajes de lo más esperpénticos, que harían las delicias del mismísimo José Luis Cuerda. En esta alocada aventura, siguen latentes muchas de las bases sobre las que estructura sus textos, con una fuerte inspiración del teatro anglosajón y con muchas influencias cinematográficas, tanto en la manera de narrar como en la estructura de las historias y la forma que se van encajando unas con otras a lo largo de la obra. La abducción habla de "una mezcla imposible entre Harold Printer y Buñuel, o entre Martin Crimp y Rafael Azcona". No puede ser más acertada esta definición, ya que el montaje bebe de todos ellos y podemos ver pequeños destellos de cada uno... y de muchos más.


Estamos ante una tragicomedia en la que se junta lo más casposo de nuestra cultura con toques de lo más esperpénticos, lo más surrealista con lo tradicional. En esta historia se van encajando las piezas a base de continuos flashbacks que nos van contando como ha sido la vida de este peculiar político, que no deja de ser un asustado chico de pueblo al que le pudo la avaricia (seguro que se les viene a la cabeza más de un ejemplo). La obra se cimenta en una potente trama, una comedia negra sobre la burbuja inmobiliaria que tanto golpeó a nuestra ciudadanía, con la corrupción como telón de fondo y como razón principal de todo lo que pasó durante los "gloriosos" años de los continuos pelotazos.



Para este singular montaje, que se mueve con soltura entre el realismo y el surrealismo, Remón vuelve a contar con sus dos colaboradores más habituales, Francisco Reyes y Emilio Tomé (con los que ya contó en "La abducción de Luis Guzmán", "40 años de paz" y "El tratamiento"), a los que se les unen los impresionantes Israel Elejalde y Luis Bermejo. Los cuatro se compaginan a la perfección y crean unos vínculos de lo más peculiares, dando vida a unos personajes de lo más extravagantes y singulares. EL texto, inspirado en el caso de Miguel Blesa, es una fábula de nuestra historia más reciente y vergonzosa. La obra es un camino sin retorno, una vuelta a los orígenes como penitencia, una peregrinación en busca de la propia identidad. La meseta como espacio físico y mental.



Israel Elejalde ("La función por hacer", "Ricardo III", "Misántropo", "La clausura del amor") vuelve a dejarnos una interpretación memorable en su composición del personaje de Germán, el político corrupto, hilarante y esperpéntico, superado por la situación pese a que parece mantener la calma en todo momento. Una mezcla de angustia, pasotismo y desesperación que van marcando las actuaciones de Germán en este regreso a sus orígenes, en la huida de lo que ha sido su mundo. Elejalde juega con esta doble vertiente del personaje, abatido y resignado, pero a la vez decidido a cambiar su destino. Con estos mimbres, el actor nos regala (una vez más) un personaje que se desliza entre la comedia del absurdo y la desesperanza más exagerada. Germán es una creación marcada por la caricatura, con su polvoriento traje, su corbata torcida y su gorra de Goofy, símbolo de una España en decadencia y manchada por las artimañas de gente como él. Una España que mantiene un inocencia y su alegría pese a todo, la España más "cañí". 



Junto a Elejalde, tenemos a sus tres primos, hombres de pueblo que acogen la llegada de su familiar con cierta expectación y escepticismo. Tres personajes muy diferentes que nos muestran el variopinto crisol de personalidades de la estepa manchega. Tres hombres que se encuentran anclados en su pueblo, con sus miedos y sus rarezas, pero que siguen fieles a las tradiciones que tantas alegrías les dieron en otra época. Luis Bermejo ( "Los que hablan", "El minuto del payaso", "Vania (escenas de vida)", "Mundo obrero") es Santos, un tipo que permanece en la adolescencia, obsesionado con sacar los cabezudos cada año en las fiestas, aunque ya a nadie le interese ni haya niños para disfrutar de ellos.

Bermejo nos presenta un personaje abducido por el pueblo y por sus fiestas, que mantiene la inocencia de sus años de juventud, lo que le lleva a seguir fiel a las tradiciones y a un pasado memorable que no tiene nada que ver con la actualidad. La inocencia que destila Santos nos recuerda a su entrañable clown, que en este caso se dedica a defender su pueblo y sus fiestas como algo singular y maravilloso (¿no lo hemos hecho todos nosotros en algún momento al recordar nuestra niñez y adolescencia?). Su escena con Elejalde en la cafetería es simplemente genial, puro surrealismo que firmaría el mismísimo Berlanga y que podría formar parte de su último montaje "Los que hablan".



Emilio Tomé muestra un personaje que vive ahogado por un negocio ruinoso (una granja de avestruces) que debe sacar adelante como sea. Tomé crea un individuo abatido, al que acaba de abandonar su mujer para irse a la ciudad con su hija, mientras ve como su su negocio se va hundiendo. Es un hombre desdichado, se siente vapuleado y perdido, sin ningún objetivo en la vida. Un individuo que hace de su desgracia virtud, creando un personaje deprimido y hundido que nos da momentos geniales desde el hoyo en el que se encuentra atrapado. Sus discusiones con Bermejo por demostrar quien sabe más del pueblo son un caramelo. Pero, sin duda, su escena más brillante es la que da vida al hijo del personaje de Elejalde, sacando a la luz la esencia del político y en cierto modo de toda la obra.

Por su parte Francisco Reyes es el primo raruno, un tipo pasota y vehemente que siempre tiene algo más que decir sobre cualquier tema. Un hombre altivo (no solo por su físico) que trabaja de Dj y que se dedica a intentar dar lecciones al resto sobre sus problemas mientras no es capaz de solucionar los suyos. Personaje peculiar (que viendo lo que le rodea ya es decir mucho) con un humor que sólo él entiende, y con el que ninguno de sus familiares siente tener nada en común. Metido en su propio mundo, todos le miran como a un bicho raro, pese a que él intenta agradar, dando siempre consejos que nunca resultan constructivos. Ya con su sola presencia, con esa pose de estar en otro mundo (mitad chulo de barrio mitad friki), nos muestra a un pasado de rosca que quiere solucionar la vida a los demás al más puro "señor Lobo" de Pulp Fiction.



Y todo ello en un paraje árido, un pueblo sin gente en mitad de la meseta en el que las tradiciones siguen fuertemente arraigadas, un lugar anclado en el tiempo. Este oasis que vive aislado del mundo es el sitio idóneo para el refugio de este peculiar político perseguido por la corrupción al que se le aparece San Pascual Bailón (patrón del pueblo). Esta aparición hace cambiar la perspectiva de nuestro protagonista, que lo deja todo para sacar al santo en procesión. 

La escenografía creada por Mónica Borromello (con Marta Martín-Sanz como ayudante) juega un papel fundamental a la hora de crear este universo tan particular, estas atmósferas singulares, estos parajes tan cinematográficos. Una escenografía que nos sitúa en la casa de la familia del político, la cual sus primos se han "encargado de guardar" todos estos años. Unos decorados que van mutando, del cual aparecen apéndices sobre la base inicial, para ir solapando los distintos escenarios en los que transcurre la historia. Meticuloso trabajo de David Picazo el mando de la iluminación, creando el tono justo para cada escena. Todo ello potenciado por la atmósfera creada por Sandra Vicente, a cargo del espacio sonoro. El vestuario corre a cargo de Christiana Iannidou, y la ambientación a cargo de María Calderón.



La obra en su conjunto es una obra plagada de momentos sublimes, en la que todo nos sorprende, desde el propio espacio escénico hasta el desarrollo de la historia. Esta viaje nos lleva a transitar lugares comunes de los que podemos reírnos al ver lo ridículos que somos, tanto a nivel individual como colectivo. Queda claro que Remón ha creado un universo propio, una manera muy personal de hacer teatro, basada en un gran texto en el que se prioriza a los personajes. Pero más allá de la interesante propuesta formal, vemos que el autor trata de forma directa y contundente problemas de la más rabiosa actualidad, dando muchas de las claves de lo que ha sido España en los últimos años. En definitiva, estamos ante una ingeniosa radiografía de nuestro país, de sus costumbres y tradiciones, de sus taras y de sus personajes más singulares. Una maravilla. VOLVAMOS A LOS TEATROS. LA CULTURA ES SEGURA.
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Teatro: Teatro Abadía
Dirección: Calle Fernández de los Ríos, 42.
Fechas: Del 23 de Junio al 11 de Julio. De Martes a sábado a las 20:00. Domingo a las 19:30.
Entradas: Desde 8€ en TeatroAbadia.


• Texto y dirección: Pablo Remón

• Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

• Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde / Francesco Carril, Francisco Reyes y Emilio Tomé

• Escenografía: Monica Boromello

• Ayudante de escenografía: Marta Martín-Sanz

• Construcción escenografía: LEAG

• Iluminación: David Picazo

• Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340

• Vestuario: Ana López

• Ayudante de vestuario: Christiana Ioannidou

• Ambientación: María Calderón

• Producción: Silvia Herreros de Tejada y Francisco Reyes

• Dirección técnica: Kike Calvo

• Técnico: Gustavo Segovia

• Fotografía: Flora González Villanueva

• Diseño gráfico: Dani Sanchís

• Comunicación: La_Abducción

• Agradecimientos: Centro Dramático Nacional, Humana, Kor’sia, Mattia Russo, Antonio de Rosa, Daniel Remón

• Una producción de La_Abducción y Teatros del Canal con el apoyo de la Comunidad de Madrid


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