En una cartelera institucional que a menudo alterna entre revisiones de repertorio y dramaturgias de corte más convencional, "Tinieblas", la nueva creación de Edurne Rubio para el Centro Dramático Nacional, introduce una propuesta que se desplaza conscientemente de los códigos habituales. Presentada en el Teatro Valle-Inclán, la pieza se sitúa en un territorio híbrido entre la instalación, la performance y el teatro, articulando una experiencia escénica que cuestiona las formas tradicionales de percepción.
Más que una obra en sentido narrativo, Tinieblas
se construye como un recorrido perceptivo. No plantea una historia lineal ni un
conflicto identificable, sino una serie de materiales fragmentarios que giran
en torno a la idea de la desaparición: cuerpos ausentes, relatos incompletos,
voces que emergen y se diluyen. La dramaturgia renuncia deliberadamente a la
estructura clásica para proponer una constelación de situaciones que el
espectador debe recomponer —o asumir en su discontinuidad—.
En este contexto, la niebla adquiere un papel
central. No se trata únicamente de un recurso escenográfico, sino de un
verdadero dispositivo dramatúrgico. Definida por la propia Rubio como una
“oscuridad blanca”, la niebla condiciona la percepción, limita la visibilidad y
altera la relación con el espacio. A partir de ahí, la pieza desplaza el foco
desde la mirada hacia otros modos de recepción: la escucha, la intuición, la
orientación corporal.
La dirección se articula, precisamente, en torno
a esa modificación de la experiencia sensorial. El espacio escénico abandona la
frontalidad y se convierte en un entorno de visibilidad inestable, donde las
referencias se difuminan progresivamente. El espectador pierde una posición
fija desde la que observar y se ve obligado a reajustar su forma de atención.
Esta operación, sostenida con coherencia a lo largo de la pieza, constituye uno
de los principales aciertos del montaje.
El trabajo con el tiempo refuerza esta propuesta.
Tinieblas adopta un ritmo dilatado, sin urgencias narrativas ni
acumulación de acciones. Los silencios, los intervalos y las zonas de aparente
inactividad forman parte de su estructura. Este tempo puede generar cierta
distancia en una parte del público, pero responde a una lógica clara: la de
habitar la incertidumbre y permitir que la experiencia se despliegue sin
imponer un sentido inmediato.
El elenco afronta un dispositivo escénico exigente, en el que desaparecen los apoyos habituales de la interpretación dramática. No hay construcción de personajes en términos tradicionales, sino un trabajo basado en la presencia, la aparición y la desaparición. Las voces adquieren un protagonismo particular, funcionando como vectores que orientan —y a la vez desorientan— al espectador dentro del espacio. La precisión en los desplazamientos y en el uso de la palabra resulta clave para sostener la coherencia del conjunto.
Especialmente destacable es la contención interpretativa. Lejos de subrayar o explicar, los intérpretes se integran en el dispositivo general, contribuyendo a esa atmósfera de inestabilidad sin caer en lo meramente ambiental. Existe una tensión sostenida que evita que la propuesta derive hacia lo decorativo.
En cuanto al espacio escénico, resulta más
pertinente hablar de dispositivo que de escenografía. La sala del Teatro
Valle-Inclán se transforma en una arquitectura variable, donde la niebla, la
iluminación y el sonido configuran un entorno en constante mutación. La luz no
busca iluminar de forma directa, sino generar capas de visibilidad, zonas de
aparición y ocultamiento. El diseño sonoro, por su parte, amplifica la
sensación de desorientación mediante voces y fuentes acústicas de difícil
localización.
El resultado se aproxima, en muchos aspectos, a
una instalación sensorial, aunque mantiene elementos esenciales de la
experiencia teatral: la temporalidad compartida, la presencia de los cuerpos y
la relación directa con el espectador.
Tinieblas no es una
propuesta orientada a la complacencia. Exige una disposición activa y una
cierta renuncia a los mecanismos habituales de comprensión. La ausencia de una
narrativa cerrada puede generar resistencia, pero es también el núcleo de su
planteamiento. La obra no busca facilitar la recepción, sino abrir un espacio
de experiencia.
En este sentido, la creación de Edurne Rubio se inscribe en una línea de
investigación escénica que desborda los límites del teatro de texto y se
aproxima a prácticas contemporáneas vinculadas a la instalación y a la
percepción. Un montaje que, en lugar de iluminarlo todo, decide bajar la
visibilidad. Y que, en esa falta de claridad, encuentra —de forma bastante
inesperada— algo parecido a la lucidez.
Quizá lo más interesante que deja Tinieblas no es lo que “cuenta”, sino lo que provoca: ¿Cuánto necesitamos entender para disfrutar? ¿Cuánto control estamos dispuestos a soltar?
EQUIPO
Texto y dirección
Edurne Rubio
Reparto
Tania Arias Winogradow y Somaya Taoufiki
Con la presencia de
Eva Shirlee Garcia Schulman y Hafida Tisrou
Iluminación y escenografía
Leticia Skrycky
Sonido
Lieven Dousselaere y Sandra Vicente
Ayudante de dirección y de dramaturgia
María Jerez
Diseño de cartel
Emilio Lorente
Fotografía y vídeo
Bárbara Sánchez Palomero
Tráiler
Macarena Díaz
Con la colaboración de
Caroline Daish y Dounia Mohammed
Producción
Centro Dramático Nacional, Kunstenwerkplaats con Kaaitheater, Kunstencentrum BUDA y C-Takt






