Mantener fuera del alcance de los niños. Teatro de La Abadía

Entramos en la preciosa Sala Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía para disfrutar del nuevo montaje de María Velasco, una de la creadoras más originales del panorama nacional. Una propuesta que se adentra en una etapa de la vida tan importante como la niñez, con todos los peligros que eso conlleva. Porque es una etapa en la que podemos quedar marcadas para el resto de nuestra existencia. El bullying, los complejos, la continua comparación con el resto de compañeros, el sentirte aislado, el no encajar, miles de variables que te pueden marcar, en unos años en los que somos más vulnerables, o quizás estamos menos contaminados por la sociedad, y todo puede llegar a afectarnos mucho más. Un viaje demoledor por esos años, en los que los monstruos aíslan a los diferentes.


 

Nos sumergimos en el universo vital de la autora, para transcurrir por la delgada línea que separa la realidad de la ficción, donde comienza su historia y donde se inspira en su imaginación. Todo esto da igual cuando comienza el relato, porque en el fondo nos habla de nosotros mismos, de la infancia y la adolescencia, de los miedos y las barreras que todos sufrimos en esos años, algunos creados por la relación con los compañeros y otros muchos creados por las imposiciones de la sociedad, que ya en esas tempranas edades nos va "guiando por el camino correcto". Me impactó mucho, en la primera parte de la obra, como cuentan que señalaban a los niños por tener ropa heredada o por no tener todo nuevo. Lucha de clases de la más tierna infancia... Muchos de esos sesgos, que sufrimos en nuestra niñez se quedan ahí, pero en otros casos pueden llegar a marcar toda una vida.




Esta producción del Teatro de La Abadía y Pecado de Hybris (Ana Carrera y María Velasco) nos pone frente al espejo, para que veamos al monstruo que todos llevamos dentro. Porque ser diferente, estar fuera de lo que se considera "normal", debería ser bueno, no una excusa para el señalamiento y la humillación. Si lo pensamos con detenimiento, en la edad adulta todos queremos huir de lo establecido para ser lo más originales y diferentes posibles. Las contradicciones del ser humano nos llevan a recorrer, al lado de María Velasco, este doloroso camino de aislamiento y soledad, en el que la burbuja en la que se esconde le va llenando la mochila de miedos y contradicciones. Un mundo hostil que señala al diferente, por ser demasiado delgado, gordo, cabezón, tener mucha nariz, o poca, tener orejas grandes, aparato en los dientes o gafas de culo de botella (término que se usaba en mi época, supongo que ya no tendrán esos cristales tan desproporcionados). Pocos se salvaban del escarnio, pocos podían pasearse tranquilamente por el patio del colegio sin sentirse señalados, o peor aún, ignorados.




María Velasco (Premio Nacional de Literatura Dramática 2024) se presenta por primera vez en el Teatro de La Abadía como autora, directora y protagonista de este monólogo autoficcional en el que reconstruye sus años escolares en un aula de necesidades educativas especiales para ensalzar la figura de las minorías, de los raros, de los frikis, de la clase media, de los malotes y de los desubicados. El texto reflexiona sobre la vulnerabilidad de la infancia, de las secuelas que se nos quedan en una etapa en la que somos muy esponjas, tanto para lo bueno como para lo malo. El monólogo, que la creadora interpreta en primera persona, destila ironía y mala leche, crítica social y compromiso político, ternura y miedo, dolor y alegría. Algo que me pasa siempre que veo un montaje de Velasco es que me gusta tanto todo lo que dice y su manera de expresar la realidad que nos rodea, que me quedo con ganas de haber tomado apuntes, para no olvidarme de todas esas joyas que van salpicando el texto a modo de verdades como puños, que nos golpean con vehemencia y sin tiempo para reaccionar. 




Velasco ha creado una obra majestuosa, un híbrido que mezcla el teatro de texto con la performance, la danza contemporánea con el flamenco, en una puesta en escena vibrante que entrelaza lo íntimo con lo fantástico, pasando de los monólogos en los que nos desvela sus secretos más íntimos a las explosiones más subversivas de sus fantasías macabras de venganza. La directora vuelve a construir el montaje con el acompañamiento, como pieza estructural de la trama, de la música en directo, como ya hizo con sus anteriores trabajos "Amadora" (acompañada por Tulsa) y "Vendrán alienígenas y tendrán tus ojos" (en colaboración con Carlos Beluga). Una pieza homenaje a las minorías, a los diferentes, a los que no se integran. Una propuesta en la que el quejido de las infancias no normativas se dan la mano con el quejío flamenco en una celebración de la minoría y de lo diferente.




La historia mezcla las anécdotas de la vida de la autora, esos "tormentos de no pertenecer" con fantasías como la de convertirse en Carrie (el personaje de Stephen King) para poder ejecutar su propia venganza con todos esos compañeros que la ignoraron y no la aceptaron, que la excluyeron y le hicieron el vacío a lo largo de su niñez y adolescencia. Una venganza que imagina que ocurrirá, no en el baile de graduación, sino mucho después, en una cena de aniversario de antiguos alumnos del colegio. En esa cena descubrirá que nada ha cambiado, que los frikis siguen perteneciendo a otro mundo, que los diferentes también lo son en la etapa adulta, que los "normales" han seguido el camino que todos esperaban de ellos. Esta venganza toma la forma de performance, en la que se rinde el merecido homenaje a los inadaptados, a los excluidos, a los diferentes (que todos lo somos en algún momento de nuestras vidas). Un grito que se convierte en quejío flamenco, para aullar todo lo que no se pudo en su día, para poner en su lugar todo aquello que se maltrató en la niñez, para ensalzar a toda la niñez no normativa. La venganza se sirve en plato frío, y María saldará sus cuentas cuando se acerca a la perimenopausia, muy lejos de la primera regla del personaje que llevó al cine Sissy Spacek.




Desde esta mezcla de lo real y lo imaginario, la obra nos habla de los privilegios de lo normativo contra el aislamiento de todo aquello que se sale de lo que se ha dado por llamar "normal". Una obra que desde los márgenes nos habla de como se ve la vida desde ese rincón del patio del colegio, cuando el mundo pasa a tu lado sin mirarte, o cuando lo hace es para reírse de ti. La angustia por tener que encajar, el miedo al rechazo, la terca meritocracia que nos obliga a tener que encajar para ser aceptado. No te vayas a desviar de lo establecido, o te señalarán y quedarás marcado. Como esa lucha continua por encajar donde te obligan puede aislarte y convertirte en un monstruo, o quizás son ellos los monstruos, los que no saben ver al diferente y solo quieren ver repeticiones de un mismo patrón. La infancia, ese lugar de libertad total, que puede convertirse en una cárcel, en un infierno del que no se puede salir sin heridas. 




Toda esta fantástica historia, que mezcla con maestría la realidad y la ficción, que nos lleva desde la conferencia a la rave, la conduce desde la palabra la autora y directora María Velasco, acompañada en escena por el cantaor Al-Blanco y el performer y bailarín Mario Patrón. Una combinación fabulosa, que nos deja momentos mágicos. Desgarradora la voz de Al-Blanco en momentos clave de la narración, cantando a capela y sacando con su cante el dolor de todos esos niños que no fueron felices en el colegio. En el lado opuesto tenemos la rabia del malo de la clase, encarnado por Mario Patrón, que nos deja momentos preciosos, con coreografías imposibles (creadas por Josefina Gorostiza) y bailes fascinantes. El momento en el que se unen los dos en lo alto del escenario, es magia pura, de lo mejor de la función. La tercera pata de este montaje es la historia, el texto que nos va narrando María Velasco. Con un texto demoledor, su interpretación peca por momentos de linealidad, con la cantidad de momentos poderosos que tiene la historia. Como ella misma dice en un momento de la obra (muy bien llevado por cierto para lo que viene a continuación) "a estas alturas de la función ya todos sabréis que no soy actriz". La unión de estas tres piezas encaja con una impecable maestría, llena de ternura, belleza y mucho dolor acumulado, deseando salir.


Toda la historia transcurre en una sobrecargada escenografía diseñada por Jose Novoa, en la que vamos descubriendo las diferentes etapas de la vida de la autora, pasando de la escuela al campamento de verano, con una tarima elevada que sirve de escenario para algunos de los pasajes más emocionantes de la obra. En un espacio tan lleno de elementos tan diferentes, es fundamental el diseño de iluminación de Jorge Colomer, que consigue configurar cada escena con el tono adecuado, delimitando los espacios con precisión y dando diferentes texturas a cada tramo de la historia. En este montaje en el que convive el texto con la danza y la música en directo, es fundamental el trabajo impecable de Juanjo del Pozo en el diseño de sonido y de Tagore González y Al-Blanco en la composición musical (con letras de María Velasco y Al-Blanco a partir de Franz Kafka, Juan Ramón Jiménez y Susy Shock). No podemos dejar de nombrar el diseño de vestuario tan acertado de la propia María Velasco.



En definitiva, estamos ante una pieza excelsa, llena de belleza y dolor a partes iguales. Una pieza poética y reivindicativa, que desde lo íntimo nos habla de temas de lo más universal. Del bullying a los clichés que nos marca la sociedad. María Velasco abre el foco para hablarnos de todos los inadaptados, de todos los diferentes, de todos a los que excluyeron por las razones más diversas. Pero sobre todo intenta hablarnos de lo vulnerable que es esa etapa y las cicatrices que puede dejar toda esa violencia, toda ese dolor, toda esa sensación de soledad. La vulnerabilidad de esa etapa vital resulta clave para la construcción de los adultos que seremos años después. Este homenaje va para todos esos que se sintieron abandonados, excluidos, caricaturizados. Que bello y que necesario. Fabuloso el montaje, precioso y necesario.

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Teatro: Teatro de La Abadía. Sala Juan de la Cruz.
Dirección: Calle Fernández de los Ríos 42.
Fechas: Del 29 de Octubre al 22 de Noviembre. Jueves a Sábado a las 19:00. Domingos a las 18:30.
Duración: 1 hora 45 minutos
Encuentro con el equipo artístico: Martes 17 de Noviembre.
Entradas: Desde 19€ en TeatroAbadia.



Ficha artística

Texto y dirección: María Velasco
Reparto: María Velasco, Al-Blanco (cantaor) y Mario Patrón (performer y bailarín)
Coreografía: Josefina Gorostiza
Diseño de iluminación: Jorge Colomer
Diseño de espacio escénico: Jose Novoa
Diseño de sonido: Juanjo del Pozo
Asistente de diseño de vídeo: Alicia Soriano
Equipo técnico: Está por ver, Víctor Sánchez, Juanan Morales, Moi Méndez y Kevin Dornan
Estilismo: Antonio Mahugo
Diseño de vestuario: María Velasco y la compañía
Composición de música original: Tagore González y Al-Blanco
Letras: María Velasco y Al-Blanco a partir de Franz Kafka, Juan Ramón Jiménez y Susy Shock
Asesoría musical: Ruth Rubio
Entrenamiento actoral: Amelia Repetto
Diseño de videoescena: Elvira Ruiz Zurita
Asesoría artística: Marina Otero
Ayudante de dirección: Ruth Rubio
Producción: Teatro de La Abadía y Pecado de Hybris (Ana Carrera y María Velasco)
Producción ejecutiva: Teatro de La Abadía | Ana Carrera
Distribución: Proversus
Colaboración especial: Carmen Martinez-Raposo Caro
Con el apoyo de SIMEI y del Ayuntamiento de Madrid
Agradecimientos: Sociedad Cervantina, Patricia Caro, Elsa del Mar, Gian Carlo Pia Mangione y Borja Bonafuente.


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