Un enemigo del pueblo (Ágora)


George Bernard Shaw clamaba “La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos”.


Vamos a hablarles en las siguientes líneas de una primera visión, un primer encuentro con una función que por motivos democráticos duró aproximadamente 15 minutos, que nos hizo reflexionar mas que funciones de dos horas. Asistimos a un juego que da para escribir casi una tesis sobre la historia de las sociedades contemporáneas, sobre los albores de la democracia y como esta se ha fragmentado, dividido y segmentado tanto, que ha terminado quizá por desquebrajarse y perder todo sentido.
Como es habitual el Teatro Kamikaze volvió a sorprendernos y a no dejarnos impasibles, un estilo que ya es una seña de identidad, todo el mundo habla de su nueva propuesta irreverente, arriesgada y a todas luces controvertida. Una puerta abierta a la reflexión, una ventana que mira a un infinito de preguntas y un arduo debate que nos lleva hasta los cimientos de la democracia misma, el poder, la política y la ética.
Los actores ya en escena,  mientras el público tomaba asiento y algo que nos llamó la atención desde el principio, en unos enormes globos blancos protagonistas del espacio, mediante una dulce coreografía  se podía leer “Ethike”.  Íbamos a presenciar una obra que trataba sobre democracia, política, libertad de expresión. Con la sola idea de tratar la ética y la política en un mismo espacio, supimos que algo sorprendente estaba por suceder. Ya que la ética en política viene a ser la justificación del poder, existen tales diferencias teóricas entre ambas, que se habla de un pacto ético, pero no de la ética como tal, porque nos acercaríamos hacía supuestos más teológicos que políticos.




Henrik Ibsen, presentaba en 1883 “Un enemigo del pueblo” un texto que interpelaba a las imperfecciones del sistema, expone el compromiso de aquel ciudadano que en pro del bien común se enfrenta a su comunidad.
Su protagonista, el Doctor Stockmann, denuncia que las aguas del balneario, principal fuente de ingresos del pueblo, están corrompidas y son un peligro para la salud.
Los lideres de opinión, los lobbies del pueblo tratan de ocultarlo y le incitan para que él haga lo propio, la verdad haría perder cuantiosas cantidades económicas y sería un desprestigio para el pueblo. Quien tiene la razón está en minoría, mientras, será la mayoría la que imponga la pauta. Según plantea Ibsen, la mayoría tiene la fuerza pero no tiene la razón. Más aún, siendo mayoría o no ¿Qué importa que tengas la razón si no tienes el poder?. Es del todo discutible si Ibsen está en lo cierto. Demasiada ética, desde nuestro punto de vista, danzando constante en una dicotomía entre lo bueno-lo malo, los que tienen razón los que no. En su texto se vislumbra como unos argumentan, tejen redes y construyen una mayoría, mientras que al bueno de Stockman parece serle suficiente con la razón que le acompaña... y esto, nos gustaría decirle al doctor Stockman no es política. Hay más bien en su obra una razón de Estado de la que ya hablaba Maquiavelo y que se impone sobre la razón de uno.

En esta ocasión Alex Rígola versiona libremente y dirige el clásico de Henrik Ibsen, con un elenco de la talla de Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes. En pocos minutos Irene Escolar nos dejaba perplejos con su ductilidad, en su coreografía con globos, en la que la Ethike se esfumaba de sus manos y todos ellos nos hicieron reir, en la presentación de un juego muy serio.  Sobre los actores les hablaremos en la visión completa de la obra.  

En esta versión libre a cargo de Rigola, una compañía de artes escénicas recibe una subvención pública otorgada por un partido político con ideales y acciones contrarias a su ética. Los miembros de la compañía deciden callar lo imprescindible para no perder las ayudas que dan viabilidad a su proyecto artístico. ¿Con qué fuerza moral suben después estos artistas al escenario e intentan mostrarnos su visión del mundo? A través de un juego, la obra nos invita a reflexionar sobre los límites de la libertad, el precio de nuestra ética y la validez de la opinión de la mayoría.




El patio de butacas decidía mediante unas papeletas de SI ó NO, sobre lo que iría sucediendo en escena. Realizaron algunas preguntas, y en ellas la mayoría indicaba que creía en la democracia, en expresar las ideas sin miedo a represalias. Aquí, aún todo estaba por suceder y tan solo habían pasado unos minutos de función, lo interesante estaba por comenzar. Nos lanzaron la siguiente propuesta, como acto reivindicativo a favor de la libertad de expresión, quien  estaba a favor de suspender la función. Venían a la cabeza entonces, supuestos como el interés colectivo, el interés individual, el voto ideológico ó el voto a la gestión, si sería más interesante lo que íbamos a ver o lo que estaba por suceder. Como si de la teoría de juegos se tratase el patio de butacas votó y hubo veredicto “Con 43 votos a favor y 38 votos en contra, el público asistente a “Un enemigo del pueblo (Ágora)” ha decidido suspender la función como un acto reivindicativo a favor de la libertad de expresión”.



Si bien, desde escena se dirigía la respuesta y de algún modo se tendía a que la respuesta fuese a favor de ver la función, polis y polemos conflicto y cooperación. Desde un punto de vista político, incluso la posición desde proscenio más alta respecto al patio de butacas otorga un poder simbólico, y la directriz del voto hubiera tenido un valor en el votante. Pero detrás de los actores una constante... “Ethike”, y es entonces donde se produce el enfrentamiento con todo lo que proceda de cualquier poder simbólico. No se daban las condiciones sobre las que Robert Dahl teórizaba para que se diese el juego de la democracia, aún así fuimos libres para votar. En la democracia se entiende, lo importante no es el voto, más bien que todas las opiniones sean reconocidas, e indefectiblemente las de la minoría. Como es habitual, en este caso también, se impuso la mayoría. 

El motivo por el que la mayoría votó en contra de ver la función, creemos que tenemos la solución al dilema. Pero permítannos que no se lo contemos aún y saquen así su propia conclusión. Y no, el motivo no es que ya se haya contado públicamente que puede no representarse. Piensen, reflexionen y a partir del 7 de octubre lo podremos debatir colectivamente.

Habían pasado unos 12 minutos, desde que entramos a la sala, incrédulos nos quedamos sentados, y amablemente nos invitaron a desalojar la sala. Y como ha sucedido a lo largo de la historia, se comenzaban a escuchar voces no entiendo porque entro en el saco de la mayoría” “tengo derecho a verla, yo individualmente voté que quería verla”, y desde escena se aludía a la aceptación de las reglas del juego y a la decisión mayoritaria. Y la más interesante de todas ellas “vamos a amotinarnos”, algo que a todas luces llama la atención porque venían de nuevo otras tantas preguntas, se entendía con esta sugerencia que existía en el teatro una autoridad establecida. Se había otorgado autoridad a quien únicamente nos propuso votar, más aún los primeros amotinamientos de la historia se produjeron por la escasez de alimentos, y es por ello que se producían mayoritariamente en los mercados. En la sociedad actual hemos llegado a tal punto, que se llama al amotinamiento por ver una función de teatro!. Nos venía a la cabeza Ronald Inglehart y su definición de los valores postmaterialistas que imperan hoy en la sociedad, superada la dicotomía capital- trabajo, ó la subsistencia como primer valor, al hecho de que ver una obra de teatro sea fuente de rebelión de masas.



En definitiva, ocurrió lo que nos sucede cada cuatro años. No nos implicamos previamente. Nos hemos acostumbrado a callar y a votar, hemos hecho del voto una herramienta individualista. 

Sin implicarnos previamente en la cosa pública, mirando hacia otro lado cuando vemos apalear a nuestros vecinos por querer votar, por querer opinar. Cerrando nuestra puerta para no ver el desahucio de un vecino, o mirando la pantalla de nuestro ordenador cuando despiden a un compañero. Viendo en redes sociales como encarcelan a titiriteros, artistas, o como se censura el trabajo de los actores por expresar sus ideas, pero luego están solos en los juicios y no hacemos absolutamente nada. Nuestro voto no puede ser otra cosa que individualista. La pregunta es si a las clase dominante, al poder le interesa que el ciudadano se implique ya que el sentido del voto sería completamente diferente.

Mientras tanto la burocracia y el sistema político continúan funcionando, es una máquina que no se para, unos partidos que se han asentado en un constante estado de campaña electoral han hecho que del voto ideológico pasemos al voto a la gestión y de este al voto al mejor show.  Vivimos en tiempos de gobernabilidad, pero con una profunda trampa en la gobernanza, que lo llamamos democracia para entendernos, pero se trata de poliarquía.  

Han pasado quince minutos y tenemos que salir del teatro. Volveremos para ver la obra, y en este caso sí, les daremos una visión como siempre completa de la función.

Si esto fueron quince minutos, imagínense noventa. No se la pierdan, nosotros no lo haremos.


Un enemigo del pueblo (Ágora)
Teatro: Teatro Kamikaze 
Dirección: Calle de Embajadores ,9, 28012 Madrid
Fechas: 29 de agosto a 7 de octubre
Entradas: Entradas desde 18 euros.



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