Teatro: La Strada. Teatro Abadía

El maravilloso mundo del circo se entrelaza con el lúgubre mundo de la posguerra, de la miseria, de la necesidad de subsistir a cualquier precio. Tras la bajada del telón todo deja de ser divertido y el mundo vuelve a ser un lugar inhóspito en el que cuesta avanzar. La salvaje lucha por la supervivencia nos golpea, nos hunde, nos impide avanzar, en un despiadado mundo que sólo busca devorar al débil.



La película de Federico Fellini fue uno de los símbolos del periodo neorrealista del director, y una de sus obras más representativas. Ganadora del Oscar a la Mejor película de habla no inglesa (y candidata a Mejor guion), a todos se nos ha quedado en la memoria las maravillosas y desgarradoras interpretaciones de Anthony Quinn y Giulietta Masina, en unos papeles, los de Zampanó y Gelsomina, que han pasado a la historia del cine por su belleza desgarradora.



Como suele ocurrir siempre que se produce una nueva versión de un clásico, ya sea del cine o del teatro, las comparaciones suelen ser odiosas, y siempre suele ser aconsejable llegar a la sala dejando las ideas preconcebidas en la puerta, para poder disfrutar de nuevas visiones que nos abran nuevas interpretaciones de los clásicos. Dejando de la lado los personajes creados por Fellini disfrutaremos mucho más de esta singular obra sobre el mundo del cine, pero sobre todo una historia de supervivencia, de la vida en la Europa de la posguerra, donde todo valía para poder sobrevivir

¡¡¡¡Damas y caballeros, despójense  de todas las imágenes que hayan visto sobre la obra, dejen todo lo conocido sobre el texto en casa, pasen y vean esta singular visión de un mundo cruel, disfruten con nosotros del maravilloso mundo del circo!!!! Y de todo lo que rodea a este peculiar mundo de maquillaje y risas, de colores y extravagancias en las que no hay hueco para el dolor y la tristeza. 


Para llevar a cabo un proyecto de esta envergadura no todo el mundo vale. Sólo un maestro de la talla de Mario Gas puede llevar a buen puerto una joya como esta transmitiéndole su sello propio y haciendo olvidar la obra maestra del cine italiano. Autor polifacético donde los haya, este hiperactivo creador ha participado como actor esta temporada en la impactante "El pan y la sal" y va a estrenar en unos días "Calígula" en el Teatro María Guerrero. En nuestra memoria quedan montajes sublimes como "Incendios", "Follies" o "Invernadero", de los que fue director, o interpretaciones como la de "Julio César", "A Electra le sienta bien el luto", "Orestiada" o "Electra". Lo que está claro es que bajo la batuta de Gas todo tiene un poso de trabajo bien hecho, un empaque que sólo saben dar los grandes.



La versión de esta amarga historia la firma Gerard Vázquez, con una interesante visión de la vida dentro y fuera de la carpa del teatro. Un texto que intenta mantener la esencia del original, marcado por el tono lúgubre y pesimista de la época que narra, centrada en la vida de tres personajes que plasmarán las penurias que se vivían en aquella época. Personajes muy bien tratados, en un libreto que trata de mostrarnos las diferentes capas de cada uno de ellos, desde la ingenuidad de Gelsomina a la brusquedad de Zampanó, con el personaje del loco como espejo en el que cada uno muestra su verdadera cara. Este personaje, lucha por "salvar" a la inocente muchacha de una vida marcada por la penuria y el dolor, pero a la vez mantiene una lucha fraticida con Zampanó, con el que tiene deudas pendientes desde hace tiempo.


Esta contundente producción es un fantástico experimento de lo que significa el mundo de Fellini, cargado de personajes y lugares de lo más peculiares. José Velasco se encarga de la producción (con Triana Cortés como ayudante), mientras que Concha Busto corre con el diseño y la dirección de producción. Decimos todo esto porque no es sencillo llevar un universo tan peculiar como el de este clásico a las tablas de un teatro. La forma tan ingeniosa en que se montan las escenas (dando un espacio de tránsito similar al utilizado en el circo entre los distintos números) y se secuencia la historia es maravillosa, con una puesta en escena sencilla pero a la vez cargada de significado en cada uno de los elementos que van apareciendo. Una genialidad esta forma de adaptar el cine al teatro, acercándolo a los códigos que se utilizan en el circo.



El texto nos presenta tres personajes marginales, que por diferentes circunstancias viven en un estado precario, y que por motivos que poco a poco iremos descubriendo están condenados a continuar por ese camino que les lleva a la miseria. Es la Italia de la posguerra, y estos tres artistas circenses (dos de vocación, ella "reclutada" de forma obligatoria) sobreviven como pueden en un mundo hostil, que se burla de ellos y los aparta de sus vidas una vez los han utilizado. 

La historia comienza cuando el artista ambulante Zampanó enviuda y vuelve a casa de la familia de esta a comprar a su hermana, Gelsomina, a lo que la madre accede sin problemas por los problemas económicos de la familia. La chica, ingenua e infantil, se siente atraída por el estilo de vida circense,  nómadas en una continua búsqueda de trabajo. Zampanó es un hombre de carácter violento y agresivo, pero que seduce (sin proponérselo) a Gelsomina desde el primer momento, cuando la incluye en su espectáculo. Durante su deambular por los más insólitos lugares, ambos comparten la vida, las penurias de un mundo que les deja de lado. La aparición de El Loco (un antiguo compañero de Zampanó con el que no guarda una buena relación) parece un presagio de que todo puede cambiar, por su carácter afable, pero las disputas entre los cómicos no cesan y todo se precipita hacia un oscuro final.



No era fácil encontrar actores que se "atreviesen" a meterse en los papeles de Gelsomina y Zampanó, el vértigo de interpretar personajes que todo el mundo asocia a  Giulietta Masina y Anthony Quinn, con sus virtudes y sus defectos. Pero el elenco elegido para esta nueva propuesta es de lo más acertado, haciendo suyo cada uno de los personajes, quizás partiendo de lo visto en el cine, pero desarrollando sus propias personalidades, llenas de matices y en muchos aspectos alejados de sus predecesores. La complicidad que muestra el elenco desde su aparición inicial entre las butacas de la sala, hasta la impertérrita mueca final, es asombroso. Tres actores que destilan tristeza, fuerza, pero sobre todo entusiasmo a la hora de enfrentarse a un texto muy complejo. Verónica Echegui como Gelsomina, Alfonso Lara como Zampanó, y Alberto Iglesias como El Loco, tres intérpretes que nos emocionan con sus personajes al borde del abismo al que les empuja la vida.



Verónica Echegui ha decidido asaltar el mundo del teatro como hace todo en su vida, a lo grande. Irrumpió hace un año con la maravillosa "El amante" en El Pavón Teatro Kamikaze, y ahora se enfrenta a uno de esos personajes tan universales que imponen mucho respeto. Y una vez más demuestra su talento ante los grandes retos, creando una Gelsomina memorable, llena de ternura e ingenuidad, que nos cautiva desde que merodea inocente por el patio de butacas.

Junto a ella Alfonso Lara nos presenta un Zampanó realmente odioso y desagradable, nos hace odiarle desde el primer momento, aunque según avanza la obra conseguimos entenderle un poco más. Un personaje rudo, retraído, introvertido, que tiene que defenderse de un mundo que le ataca y no le deja avanzar. Una interpretación con mucha fuerza que nos revuelve desde el principio.

Por último Alberto Iglesias da vida a El Loco, un personaje que está a mitad de camino entre los dos principales. Se muestra agresivo y burlón en su lucha continua contra Zampanó, pero es dulce y protector cuando se relaciona con Gelsomina. Iglesias no tuvo tantos problemas a la hora de enfrentar su personaje, ya que en la versión cinematográfica Richard Basehart no hizo un papel tan relevante como sus compañeros. El Loco de Iglesias en un personaje que pone cierta luz en el oscuro mundo que rodea la historia



Como ya hemos comentado antes, la escenografía es uno de los puntos fuertes de este montaje, más por la innovación en el modo de cambiar de escenas que por el diseño de las mismas. Este peculiar montaje ha sido creado por Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, capaces de realizar un decorado que por momentos nos recuerda a la película y por momentos parece que estamos en el circo. En un montaje de estas características, en el que debe quedar claro en todo momento el ambiente lúgubre y depresivo de la historia, es imprescindible que la iluminación sea la adecuada. Felipe Ramos ha conseguido un diseño de iluminación elegante y preciso, que en todo momento nos transmite ese mundo decadente de la posguerra.

En esta obra cobran especial importancia tanto las imágenes como la banda sonora, que nos hacen entrar y salir de la escena en varios momentos. Orestes Gas ha sido el encargado de componer una banda sonora contundente, sencilla, pero que transmite en cada momento el "sentir" del texto. Pero sin duda alguna el diseño audiovisual, a cargo de Álvaro Luna, es imprescindible para el preciso engranaje de toda la obra. La escena final, con el diálogo entre Zampanó y la actriz Gloria Muñoz haciendo de posadera es sublime.


La obra no desmerece nada a su antecesora, que es decir bastante, pero como las comparaciones son odiosas quedémonos con que el montaje de Mario Gas es una preciosa, a la vez que dolorosa, historia sobre el difícil mundo de la gente del circo, pero también sobre las miserias que se viven en épocas de posguerra. La maestría con que cada uno de los actores interpreta las distintas caras de una misma moneda es magistral, en un continuo "crescendo" que nos lleva a la dolorosa extenuación final, en la que no podemos más que aplaudir ante las miradas tristes de los payasos. Una delicia de principio a fin, dolorosa en cada escena como la vida misma.
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La Strada
Teatro: Teatro Abadía
Dirección: Calle Fernández de los Ríos 42.
Fechas: De Martes a Viernes a las 20:00, Sábados 18:00 y 21:00, Domingos a las 19:00.
Entradas: Desde 19€ en TeatroAbadia. Hasta el 30 de Diciembre.


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