Teatro: Fiesta, Fiesta, Fiesta. Teatro Galileo

La educación debería ser uno de los pilares inamovibles de cualquier sociedad que quiera prosperar, y no un juguete con el que cada nueva legislatura se saque pecho sobre una determinada ideología. La integración de las personas que llegan a nuestro país debería comenzar por las aulas, que tendrían que ser lugares de acogida, de bienvenida, en el que se ayudase a integrarse en lo que, para los recién llegados, es un entorno hostil en el que, en una gran parte de los casos, no saben ni cómo comunicarse. La educación como eje sobre el que hacer girar la diversidad de un país, nunca un juguete en el que seguir recortando fondos para hacer más abismal la distancia entre clases sociales.

"Quiero que el mundo entre en las aulas. Porque las aulas están llenas de mundo"

La educación debería ser un elemento clave de la sociedad, pero los continuos recortes la debilitan cada vez más, los continuos cambios en las leyes entorpecen y debilitan tanto a los alumnos como al profesorado, incapaz de adaptarse cada legislatura a los modelos que impone el gobierno de turno. Todos los vaivenes que sufre nuestro sistema educativo repercute de manera directa en el resto de la sociedad, que ve como las distancias entre las clases sociales se agrada, mientras mantiene aislados a los emigrantes a los que, lejos de ayudar en su integración se le ponen más trabas, lo que hace imposible su adaptación y posterior integración (con las mismas posibilidad) en el mercado laboral, al que siempre llegarán en desventaja por la falta de ayuda en sus aulas.



La compañía Cross Border ha sido la encargada de crear este interesante proyecto de teatro documental en torno a la difícil comunicación que se crea en un instituto en el que conviven alumnos de muchos países distintos, muchos de los cuales no saben ni hablar español. La compañía que fundó la dramaturga y directora Lucía Miranda, tiene como objetivo "Fomentar que el teatro como herramienta de transformación social y educativa se convierta en una parte integrante de los centros de artes escénicas y educativos", y como si hubiesen querido plasmar este objetivo en una obra, nace esta pieza que deja a las claras las intenciones de este joven grupo.

La compañía se concibe como un grupo de artistas que trabajan en el teatro, la educación y la transformación social, lo que les convierte en una iniciativa de innovación cultural y social. En su web podemos ver como los pilares fundamentales sobre los que sustentan su trabajo son la interculturalidad, equidad de género, participación, colaboración, procesos abiertos, experiencial, globallidad. Casi por la propia naturaleza del grupo, nace esta obra en la que quedan bien claros todos estos principios. Una pieza que ahonda en las relaciones personales y que se gestó con un trabajo de meses en el que la autora entrevistó a alumnos, profesores, padres... para llegar a un interesante resultado, en el que aparecen representadas muchas de las problemáticas del sistema educativo de nuestro país.



La obra fue seleccionada por INAEM para el V Programa de Desarrollo de Dramaturgias Actuales. En la pasada temporada tuvo una gran acogida en su paso por el Teatro Español, y ahora llega al renovado Teatro Galileo, para seguir mostrándonos las dificultades que existen en los institutos con alumnos de distintas nacionalidades debido a los  continuos recortes sufridos, que ralentizan y dificultan la integración de los jóvenes en un entorno en ocasiones muy hostil.

Lucía Miranda ("Nora 1959", "Perdidos en Nunca jamás") ha sido la autora de la pieza, encargándose también de la dirección (con Belén de Santiago como ayudante de dirección). Miranda es una de las nuevas directoras que están despuntando en nuestra escena, que imprime a todos sus proyectos una vitalidad y una nueva manera de crear muy interesantes. En este caso ha optado por un montaje lleno de ritmo, una comedia con grandes momentos, que incluso impregna los momentos más duros de la trama, lo que ayuda a que lo que pasa ante nosotros no nos impresione tanto. En un gran trabajo, tanto de elenco como de estructura del montaje, consigue que una trama aparentemente caótica (como es la vida en un instituto) funcione de forma meticulosa y ordenada.


La autora ha creado el texto a partir de la transcripción de todo el trabajo de campo que realizó durante la primavera de 2016 entrevistando a personas de un Instituto de Secundaria. La autora reconoce que "nunca he querido tanteo a unos personajes. En este espectáculo Nate, Xirou, Farah, Mustafá, Ionut, Hugo, Kamila, son reales. Tienen otro nombre, pero existen. Los conocí en un instituto de secundaria y fueron tan generosos que me contaron su historia. También sus madres, sus profes, el personal no docente... durante un mes me vieron pasear por los pasillos y convivir con ellos preguntándose qué haría con esas entrevistas que les hacía".



La historia, aunque tratada en tono de comedia, nos habla de temas de gran profundidad, de problemas que golpean a los cimientos de nuestra sociedad a diario, aunque no salga en la prensa con la frecuencia que debería. La propia Miranda habla de "un conflicto presente que se nombra en futuro. Es una obra que habla de la educación, de la adolescencia, de la inmigración y sobre todo, de la identidad individual y colectiva. ¿De qué estamos hechos? ¿De que somos?". A estas preguntas que deja en el aire la autora habría que sumar el debate de lo que aspiramos como sociedad, que pretendemos dejar a las generaciones venideras maltratando de este modo la educación, en un mundo cada vez más globalizado, que pide a gritos la integración real de las personas, no el "aislamiento" en aulas especiales por el hecho de no encauzar desde un primer momento la adaptación de las personas que vienen de fuera.


Cada persona, sea de donde sea, es un mundo en si mismo. El montaje nos presenta un interesante crisol de nacionalidades, pero también de personalidades. Cada uno con sus virtudes y sus defectos, con sus miedos y sus cualidades. Todos diferentes y todos singulares. La obra trata de hacernos comprender la dificultad que entraña la relación de personas tan distintas, pero a la vez es una gran oportunidad para conocerse, para aprender, para crear vínculos, para desarrollar capacidades que uno solo no podría. Todo es posible en este instituto, en el que la diversidad es un problema (por la falta de medios) y a la vez una bendición (por lo mucho que puede aportar cada uno).


Dentro de esta "Torre de Babel" hay una persona que sirve de enlace entre todas las partes, la conserje. Este personaje, interpretado de forma excepcional por Saturna Barrio, sirve de nexo de unión entre profesores y alumnos, a la vez que se convierte en confidente de estos últimos. Esta risueña y optimista mujer es el corazón del instituto, la persona que hace que todo el engranaje funcione, capaz de hacer unas fotocopias y de aconsejar a los alumnos más conflictivos, es la principal encargada de que este tren de mercancías no descarrile. Barrio nos presenta a una mujer feliz de su trabajo, enamorada de cada uno de los alumnos, pero que acaba sufriendo en sus propias carnes los malditos recortes educativos.


El variopinto elenco que da vida al resto de personajes son Anahí Beholi, Huichi Chiu,  Ángel Perabá y Efrain Rodríguez, que se encargan de dar vida a alumnos, profesores y padres. Un trabajo sensacional el de todos ellos, creando personajes antagónicos en cuestión de segundos. Desde aquí quiero destacar especialmente a Efrain Rodríguez, que nos sorprende con sus interpretaciones de varios alumnos y de la profesora de música, con una minuciosidad en cada uno de ellos que impresiona. Hay que destacar también el trabajo coral, en el que ha sido imprescindible el buen hacer de Ángel Perabá a la hora de diseñar las coreografías.


En este original montaje, una de las cosas que más nos sorprende en la puesta en escena, que varía a cada momento, creando ingeniosos lugares en torno al potro de gimnasia y las sillas de las aulas. La escenografía diseñada por Javier Burgos es sencilla e ingeniosa, con la única presencia fija de unos planetas que se iluminan por momentos al fondo del escenario. Una de las escenas más originales son en las que se coloca una pantalla para representar algo a modo de sombras chinas. Esta interesante propuesta creada por Carlos Nuevo es la responsable de dos de los momentos más bellos y divertidos de la obra. La iluminación, diseñada por Toño Camacho, es otro de los elementos clave del montaje, en un continuo juego de luces y sombras que nos conduce paso a paso por las diferentes estancias del instituto. Por último hay que hablar del espacio sonoro (creado por Nacho Bilbao) que lo envuelve todo, y del divertido vestuario diseñado por Paz Yáñez, que no para de sorprendernos con los diferentes indumentarias de los personajes, que con un pañuelo o una sudadera hace maravillas.

 

Estamos ante una nueva manera de hacer teatro, comprometido y accesible al gran público. Este tipo de montajes se antojan imprescindibles para dar visibilidad a situaciones precarias, recortes fraudulentos, injusticias flagrantes, partes de una sociedad que lejos de intentar avanzar sigue cayendo en los mismos errores. Tan necesaria como interesante, esta pieza es un soplo de aire fresco, por su estructura y por la manera en que nos cuenta las cosas, usando la comedia para hacernos más llevaderas situaciones dramáticas.
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Fiesta, Fiesta, Fiesta
Teatro: Teatro Galileo
Dirección: Calle Galileo 39
Fechas: Jueves, Viernes y Sábados a las 20:30.
Entradas: Desde 16€ en teatrogalileo, atrapalo. Del 16 al 25 de Enero.

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