Cuatro horas de función. Cuatro. Eso, en teatro, no es una duración: es una declaración de principios. Así que uno entra a El día de Watusi con la certeza de que, si algo no se le puede reprochar a esta adaptación de la novela-río de Francisco Casavella, es falta de fidelidad. Está todo. Absolutamente todo. Tanto, que a ratos una tiene la tentación de pedir un descanso para tomar apuntes.
La novela —para quien llegue despistao— es una gran crónica del subsuelo barcelonés desde los estertores del franquismo hasta el espejismo olímpico del 92. Un fresco de pícaros, buscavidas, prostitutas y fantasmas que se articula, como bien respeta la versión teatral, en tres actos claramente diferenciados. Del barro de la chabola al neón. De Torre Baró al sueño dorado… o a su resaca.
La apuesta escénica es clara: teatro documento, en la estela directa de El proyecto Laramie de Moisés Kaufman. Hay narración, mirada coral y una confianza absoluta en el actor. Y vaya si funciona. El trabajo actoral es, sencillamente, apabullante. Un elenco que, con recogerse el pelo, cambiarse de chaqueta o modificar la postura del cuerpo, muta de personaje, de clase social y de década.
La primera parte tiene un encanto especial: ese aire de radionovela antigua, donde la voz manda y los efectos de sonido se construyen en directo, con instrumentos y cachivaches, como cuando la imaginación aún hacía el trabajo sucio.
Y Watusi. ¡Ah, Watusi! Ese personaje que está en todas partes pero no existe del todo. Un Mago de Oz de extrarradio: se le invoca, se le teme, se le desea, pero cuando uno se le acerca… humo. Mención especial para esos neones con la doble uve en verde esmeralda, brillando como una promesa que nunca termina de cumplirse. ¿Dorothy yo? Qué va... Aquí nadie vuelve a casa porque es indigno.
La dirección musical es otro de los grandes aciertos: ABBA, Loquillo, Queen, Raphael, chanson française (porque ya se sabe: los catalanes son casi franceses), y por supuesto “El Watusi” de Ray Barretto, perfectamente traída, con ese guiño sabroso que conecta título, ritmo y época. Nada suena porque sí: la música es memoria.
Las luces juegan un papel fundamental, no solo atmosférico sino narrativo. Apelan constantemente al público, rompiendo la cuarta pared, interpelando al público. Esa apelación es constante y, en general, muy nutritiva para el avance del relato.
Hay además un uso inteligente del humor, con gags muy hermanos Marx, repeticiones calculadas, que regresan justo cuando deben.
Ahora bien. Dicho todo esto: quizá es demasiado larga. No por ambición, sino por acumulación. Hay tal aluvión de datos, nombres, personajes reales, políticos y referencias de la Barcelona y la Catalunya de los 70 y 80 que, al madrileño de a pie, le puede resultar tediosa. Porque no olvidemos que Madrid es España, el centro de todo —y feroz es la crítica que la obra lanza al centralismo madrileño, ya entonces más que notorio—. No todos los guiños llegan, no todos los apellidos resuenan.
La representación de esta obra que arrasó en los Max tiene, además, llamaditas directas a los chulapos de la corte, con un par de guiños divertidísimos que sospecho que en los Teatros del Canal (de Ayuso) no todo el mundo supo ver... Hubo quien se escapó en los intermedios. ¿Demasiado catalufa en el templo de la Comunidad de Madrid? ¿Sólo cuatro días programados? Quizá soy demasiado perspicaz. No mezclemos churras con merinas: el teatro, bien es sabido, no es político. O eso dicen.
El día de Watusi recuerda a Las piscinas de la Barceloneta de Secun de la Rosa, a Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, a La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza. A bares de nombre improbable, a pubs de terciopelo rojo, a ambigús con humo y conspiración. A trapicheos portuarios dignos de Un tranvía llamado deseo. Es, en el fondo, una crítica feroz al deseo de ascenso social neoliberal de una sociedad que salió de las chabolas de Montjuic, atravesó los años más duros de Suárez, Pujol, y de ese presidente con cara de Rapa Nui, para acabar chocando con unas Olimpiadas en 1992 que pusieron el broche de oro tras la heroína y los pinchazos en algún portal oscuro de la Barceloneta.
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Texto: Francisco Casavella
Adaptación y dirección: Iván Morales
Intérpretes: Guillem Balart, David Climent, Raquel Ferri, Artur Busquets, Vanessa Segura, Dudu Alves y Anna Alarcón
Dirección musical: Jordi Busquets y Dudu Alves
Espacio escénico: Jose Novoa
Vestuario: Oriol Corral y Claudia de Anta
Iluminación: Toni Ubach
Movimiento: David Climent
Ayudanta de dirección y regiduría: Laia Nogueras
Coordinación técnica: Joan Martí
Producción ejecutiva: Júlia Simó Puyo y Maria Rovelló (Cassandra Projectes Artístics)
Ayudante de producción: Yara Himel
Fotografías del espectáculo: Juan Miguel Morales y Kiku Piñol
Distribución: Iñaki Díez
Agradecimientos: Cesc Casadesús, Hèctor Mora, Natalia Baró da Silva, Martí Sales, Landry A., Àlex Monner, CC Sarrià, Katia González, Jordi Oriol, Quim Otero, Jordi Amenós, Anna Güell, Carina Pons, Josep Maria Pou y Marcos Ordóñez
Coproducción: Los Montoya (Cassandra Projectes Artístics), Teatre Lliure y Festival Grec de Barcelona
Con la colaboración de: La Infinitah
Con el apoyo de: Institut Català de les Empreses Culturals (ICEC), Oficina de Suport a la Iniciativa Cultural (OSIC) y becas CREA Barcelona (ICUB)

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