Utopía en llamas. Teatro María Guerrero

Salimos de la sala de la Princesa del María Guerrero con la sensación de vivir en un mundo malvado, en el que la prostitución y los puteros campan a sus anchas. Salimos a la luz de esta tarde previa a la semana santa con el malestar por los datos que nos golpean al final de la obra, pero con la sensación de haber asistido a una experiencia escénica muy necesaria. Porque aunque muchas de las cosas que hemos visto las sepamos, es necesario recordarlas para que recapacitemos sobre ese submundo al que nadie quiere poner fin, legalizar o prohibir, todos prefieren dejarlo en un limbo del que se aprovechan los proxenetas y las mafias.


Nos adentramos en las entrañas del Teatro María Guerrero, en la coqueta sala de la Princesa, revestida para la ocasión con una pátina de local de carretera que nos avisa de antemano lo que vamos a vivir. Una experiencia escénica casi inmersiva, en la que la acción transcurre a nuestro alrededor, quizás para darnos cuenta de lo cerca que tenemos a los personajes que habitan ese club de carretera en el que transcurre la historia. Estamos ante una realidad demasiado común en nuestra sociedad (los números que ponen el contexto al acabar la obra son desoladores y vergonzosos a partes iguales), una tragedia que golpea de manera silenciosa, que no se deja ver en los titulares de los telediarios, pero que tiene atrapadas a miles de mujeres, incapaces de decidir sobre su propia vida. Esta obra es un brillante montaje en torno a esta lacra de la sociedad, la crónica de una tragedia en veinte fotos a través del retrato collage de las víctimas y sus verdugos



Esta producción del Centro Dramático Nacional nos sumerge en lo más oscuro de este país nuestro lleno de postureo y apariencias. Detrás de ese decorado de Instagram existe este otro mundo de proxenetas y puteros, de mujeres maltratadas y de niñas prostituidas. Este contundente montaje mira a los ojos a esa otra realidad, para mostrarnos un collage de lo que convive en esos clubs de carretera, la tragedia contemporánea de las mujeres víctimas de redes criminales de explotación sexual. Un grito de denuncia del negocio de la trata de mujeres, de niñas, a las que se les promete una vida mejor para traerlas a nuestro país, pero que acaban vendiendo su cuerpo para pagar una deuda imposible de saldar. Como suele pasar en la mayor parte de las tragedias humanas, todo este negocio nace del aprovechamiento de las mafias y los ricos a costa de la pobreza de mujeres que se agarran a estos cantos de sirena para huir de un entorno que no les deja otra salida.



El texto escrito por Alda Lozano (que también da vida a todas esas mujeres esclavizadas dentro del club) nos habla de una tragedia intermitente. Se trata de una fábula de terror en la que la realidad se vuelve literatura y la falacia se instaura para ponernos ante un nuevo de ejemplo de atrocidad humana. Una mirada descarnada, en la que nos muestra la realidad de ese universo en el que no existe la moral ni la empatía, pero al que los hombres acuden para vomitar todos miedos y sus inseguridades. Un mundo encerrado en esas cuatro paredes en las que todo vale, pero donde hay que dejarse la empatía y la humanidad en la puerta, para no pensar sobre el horror y la miseria que se respira ahí dentro. El texto pone el foco en la pobreza como uno de los principales motivos que llevan a todas estas mujeres a esta situación, y en la miseria de todos esos hombres que buscan refugio en esas mujeres y luego buscan mil excusas para sentirse mejor por hacerlo. 

Los datos que nos muestra la obra nos demoledores. España es el tercer país del mundo liderando el ranking en Europa, en demanda de sexo de pago. Alrededor del 80% de las mujeres y niñas que se prostituyen son víctimas de trata humana, una forma moderna de esclavitud que constituye una grave violación de los derechos humanos. Entre el 20% y el 40% de los hombres españoles han pagado alguna vez por sexo. Seguimos poniendo el estigma y la mirada sobre ellas. ¿Pero quiénes contribuimos a regularizar esta práctica, normalizándola socialmente? Da que pensar. Esta reflexión de la autora nos golpea al final de la obra y pone el broche final a un descomunal texto, un grito sobre esta lacra invisible que pudre nuestra sociedad y que parece tenemos del todo normalizada.



Concha Delgado (a la que hemos visto en montajes como "Los desiertos crecen de noche" o "El animal en mi almohada") y Sandra Ferrús (autora y directora de las maravillosas "El silencio de Elvis", "La panadera") se encargan de la dirección, y nos proponen un show performático, dinámico, sorpresivo, vital, festivo, poético y espeluznante, terrorífico. Donde los cuerpos, las imágenes, los sonidos y los silencios cuenten tanto o más que la palabra. Apela a la tripa, no al discurso racional, no explícito verbalmente, pero irrevocable para el alma, no natural, no hiperrealista, será visceral, sensorial. Un montaje que nos implica desde el inicio, para que sintamos en nuestras propias carnes la brutalidad de lo que sucede en esos clubs de los polígonos, para que escuchemos de primera mano los testimonios de esos hombres que se sentaban a nuestro lado en el teatro, pero que resultan ser animales despiadados sin conciencia ni respeto por la vida humana, capaces de ponerse cualquier excusa para sentirse mejor y defender lo indefendible. Una pieza que incomoda por la cercanía del relato, que transcurre a nuestro alrededor, pero que a la vez resulta uno de los mayores aciertos de la propuesta. 

Las directoras explican que contar esta historia, escuchar esta historia, es una necesidad, es una misión, una responsabilidad, también es dolor, desconcierto, espanto… Por eso, una vez más, necesitamos del teatro, para hablar, para contar, para parar, para escuchar, visibilizar, para cuidar, para que se atienda de verdad. Porque es necesario contar esta realidad invisible para que nos concienciemos, que no por el hecho de que sea algo asumido por la sociedad no pensemos que no se deba denunciar, que no debamos poner el foco para que se conozca toda la desgracia y el dolor que sufren estas mujeres, desposeídas de todo, hasta de la vida.




El montaje nos plantea lo que pasa en este sórdido mundo desde diversos puntos de vista. Por un lado tenemos los relatos de las mujeres víctimas de trata, que nos cuentan sus historias, los motivos por los que han acabado en ese agujero negro que es el club del polígono. Pero es aún más interesante como la obra pone el foco en los hombres que demandan "los servicios" de estas mujeres. Hombres de toda condición, con vidas de lo más normal, que llaman a casa desde la puerta del club para ver como ha ido el día, capaces de saber vivir dos vidas paralelas sin ningún cargo de conciencia. La directora Concha Delgado afirma que "lo contamos sin clichés, poniendo el acento en ellos, porque son muchos hombres y muy cercanos, muy amigables y que están en nuestra vida". Por eso resulta tan interesante la concepción del montaje, en la que los hombres aparecen de entre el público, para hacernos ver que puede ser la persona que tenemos sentada a nuestro lado uno de los que frecuentan esos locales.




El relato nos lleva a Utopía, un club del kilómetro 5,2 de la carretera del polígono, donde podremos conocer a personajes del más diverso pelaje. Para ellos es todo fiesta y desenfreno. Para ellas, que nunca salen de allí, una cárcel. Ellos son nuestros compañeros de trabajo, padres de familia, respetados empresarios, colegas de la pachanga, dependientes de tienda, oficinistas silenciosos, jocosos amigos que siempre están de buen humor. Cualquiera. Ellas, por contra, son fantasmas, las que nadie conoce, las sin papeles que no espera nadie en casa, las esclavas encerradas en un decorado de luces y colores, de alcohol y sexo. Ellas acaban muertas arrojadas al mar. Nadie las echará de menos, salvo sus propias compañeras. Ellos saldrán de allí a continuar con sus vidas, dejando todo atrás como si fuese lo más normal del mundo. Una fábula de terror en la que la realidad se vuelve literatura y la falacia se instaura para ponernos ante un nuevo de ejemplo de atrocidad humana.




Ellos son cinco hombres, que salen de entre el público al comienzo de la función, con ganas de fiesta, entre copas y risas, para contarnos su vida y sus penurias. Ellos son Roberto Hoyo, Jorge Machín, Rafa Núñez, Txabi Pérez y José Juan Rodríguez, cinco fabulosos actores que consiguen construir perfiles muy diferentes, pero todos ellos igual de odiosos. Todos ellos interaccionan con el público, buscando su complicidad, mientras se mueven al ritmo de la música, con la soberbia de quien se cree por encima del resto. Como si de una manada se tratase, todos ellos se mueven al unísino (fabulosas coreografías de Dácil González), como si al moverse en grupo el horror fuese menor o se tapasen las mierdas unos a otros. Este punto me parece uno de los más interesantes de la obra, ese falso compañerismo que ayuda a los puteros a no darle importancia a lo que hacen.

Y frente a ellos tenemos a Alda Lozano dando vida a todas las mujeres que habitan el Utopía. La actriz va cambiando de personaje y de actitud para interpretar a cada una de las esclavas sexuales que sufren la esclavitud, esas víctimas invisibles que nadie conoce, a las que ellos solo llaman por el mote que les dicen, solo dan a conocer un personaje que les protege de sus propios miedos. Mujeres indefensas a las que Alda da voz, para que conozcamos más de esas luchadoras que llegaron de países lejanos en busca de la prosperidad y fueron engañadas para acabar encerradas en este oscuro lugar. La propia autora nos explica que "el personaje de la mujer es una especie de narrador. Yo quería contar la historia de estas víctimas, que son invisibles, y de cómo normalizamos unas prácticas y las escondemos a ellas".



Otro de los elementos más interesantes de este montaje en la propia concepción del espacio escénico, diseñado por Javier Burgos (responsable también de las impactantes videoescenas). Como ya hemos comentado, la sala se ha modificado para hacernos partícipe de la función. Los sillones y las sillas aparecen colocadas de forma estratégica para dejar paso a los actores y poder convertir toda la sala en parte de la escena. En la parte frontal, un conjunto de paneles móviles van confeccionando las diferentes partes de la obra, con momentos en los que parecen un escaparate y en otras cobra más significado lo que no se ve tras los paneles. Una interesante apuesta que recuerda a los escaparates del barrio rojo de Amsterdam. Fundamental la iluminación en este tipo de ambientes, y en este montaje no podía ser menos. La cuidada y "lujuriosa" iluminación ha sido creada por Paloma Parra, para dar distintas texturas a cada parte del relato. No podemos dejar de hablar del ingenioso vestuario de Anna Tusell, con diferentes "pieles de colores que simbolizan a las diferentes chicas. Por último, el contundente y poderoso sonido corre a cargo de Sandra Vicente, que nos mete de lleno en el ambiente del Utopía.



En definitiva, estamos ante una obra necesaria por lo que cuenta y fascinante por la manera en la que lo hace. Un montaje que podría ser un cúmulo de tópicos se convierte en una experiencia teatral casi inmersiva que nos lleva a incomodarnos por lo cerca que tenemos los puteros, pero también nos obliga a reflexionar sobre lo naturalizado que tenemos este horror. Un montaje original y muy bien construido, con una dirección soberbia y unas interpretaciones impecables.

No podemos terminar sin dejaros las preguntas que sueltan las directoras para que reflexionemos sobre esta lacra: ¿Qué le pasa al cuerpo, al alma, a la mente de la niña, de la mujer que es explotada? ¿Qué le pasa al cuerpo, al alma, a la mente del hombre que explota a una niña, a una mujer? ¿Qué nos pasa a la sociedad, qué hacemos con esto? ¿La pobreza deshumaniza? ¿La pobreza nos aleja a millones de kilómetros de la empatía? Mucho que reflexionar y muy pocas soluciones... Vayan a verla y salgan con el corazón encogido como nos pasó a nosotros. La cruda realidad muchas veces supera la ficción.

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Teatro: Teatro María Guerrero. Sala de la princesa.
Dirección: Calle Tamayo y Baus 4.
Fechas: Del 20 de Marzo al 26 de Abril. De Martes a Domingo a las 18:00.
Duración: 1 hora 15 minutos.
Encuentro con el equipo artístico: 9 de Abril
Entradas: Desde 12,50€ en entradasinaemprograma de mano.



EQUIPO

Texto

Alda Lozano

 

Dirección

Concha Delgado y Sandra Ferrús

 

Reparto

Roberto Hoyo, Alda Lozano, Jorge Machín, Rafa Núñez, Txabi Pérez y José Juan Rodríguez

 

Escenografía y videoescena

Javier Burgos

 

Iluminación

Paloma Parra

 

Vestuario

Anna Tusell

 

Sonido

Sandra Vicente

 

Coreografía

Dácil González

 

Coordinación de intimidad

Rebeca Medina

 

Asesoramiento de caracterización

Sara Álvarez

 

Ayudante de dirección

Teresa Rivera



 

Ayudante de escenografía y vestuario

Arantxa Melero

 

Ayudante de vídeo

Natalia Moreno

 

Diseño de cartel

Emilio Lorente

 

Fotografía y vídeo

Bárbara Sánchez Palomero

 

Tráiler

Macarena Díaz

 

Realizaciones

 

Escenografía

READEST

 

Ambientación de vestuario

Marisa Echarri y Lola Trives

 

Sastrería

Gabriel Besa y Carmen 17

 

Alumno en prácticas con Anna Tusell

Pablo Jiménez

 

Producción

Centro Dramático Nacional

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