Tras el ensayo. Teatro Español

Un hombre con gorra bien aseado deambula con el texto en la mano. Es el director tras el ensayo. Sillones, un tronco, una maqueta van haciendo grande la Margarita Xirgú en esta tarde semana santera madrileña. Acordes de piano nos saludan y fijamos la atención en la maqueta que recrea el escenario, un meta escenario en este meta teatro de este meta ensayo tan didáctico. Anotamos todos, él, el director, y nosotros. “Cuando tenía ocho años mi padre tenía un amigo músico…” 

Así nos recibe “Tras el ensayo”, obra íntima del gran Bergman, en el escenario, vacío tras el ensayo de “El sueño”. Allí, el director Henrik, solo y trasnochado, en declive, reflexiona sobre su carrera, sobre sus obsesiones, sobre su pasado y su futuro. Sobre la vida, en el silencio de las tablas, con esa acción en la inacción, porque “la acción es la que nos define”. Y aparece la actriz joven, Anna, y la irrupción de su madre, ya muerta, la actriz del pasado, Rachel, y entre los tres se origina este triángulo tenso, onírico, trepidante, vulnerable, contradictorio. Introspección en cada mirada, en cada frase, en cada monólogo, en cada diálogo… Y la luz va bajando, y el conflicto va surgiendo, en el silencio del escenario, pero “¿crees que es real?”. 




Se va desarrollando la trama, la acción, lo que va sucediendo entra bambalinas shakesperianas donde lo imposible sobra, porque imposible es una palabra prohibida en teatro. Y Henrik y Anna debaten, conversan, jugando con el espacio, con los planos, con la luz, con las miradas, con sus puntos de vista, los unos y los otros. Tan importante la escucha. “Yo amo a los actores y a las actrices”…porque “un director que no cree en sus actores, los puede destruir”, ya que lo único que tiene que hacer un director es “escuchar y mantener la boca cerrada”. 

Y así, arte y teatro se unen, arte y vida se entrelazan, se funden en un juego de verdades y mentiras, de sentimientos y energías encontradas, de demonios y fantasmas del pasado. El pasado, aparece el pasado. Aparece Rachel. Esa madrea la que “me ha costado mucho atreverme a odiarla”. 




Aparece la magia, el conflicto, aparecen los matices con Rachel. Su energía, como sube la obra al irnos doce años atrás, en su otro ensayo, en su otra conversación tras el ensayo. Como nos lleva a su terreno, con la energía que transmite, con el teatro que suda por los poros de su piel, con su bebida, con su locura, con su mirada, con esa mirada que vamos perdiendo con la edad, donde todo el mundo “parece hacer conmigo lo que le da la gana”. 


Y así, el montaje va creciendo, las réplicas se van sucediendo de manera sublime, y crece Rachel, y crece Henrik, y crece Anna, y crecen sus estados, donde el dolor vuelve, donde el dolor se instala y se aleja, donde todo se exagera y todo vale porque estamos tras el ensayo, el de verdad, el auténtico, sin caretas, ni personajes. Una gran labor de dirección de Ernesto Caballero, que domina el espacio, el juego entre los actores, las transiciones, la escucha, la permanencia en escena sin estar, sin sobrar, aportando en cada rincón. Menos es más. 




No me atrevo a darte otra oportunidad”, no me atrevo a ser vulnerable, la culpa sería tremenda. Todas esas sensaciones acrecentadas con la propuesta escénica e iluminación de Víctor Longás, que ha capturado la esencia que Bergman quería transmitir en este trabajo hecho para la televisión de los ochenta, creando una complicidad con el propio público, el de ahora y el de ayer. Donde no hay un solo día “en el que no piense en ti”. 




Y así nos acercamos a esos tres actores que garantizan la excelencia. Emilio Tomé, muy malkovichiano en su apariencia, que va creciendo a medida que va creciendo la obra, que nos ofrece matices, planos, estados, silencios, miradas. Palabras. El director como maestro de ceremonias en escena, que recibe al presente y al pasado. Al presente con Elisa Hipólito, la joven, la irreverente, la que no deja de preguntar, la que le pone en jaque, la que le acobarda, le subleva, le ama y aborrece. Le exige la actriz que no quería ser actriz, que no quería acabar como mamá. 


Y aparece mamá, el pasado, Rachel. Lucía Quintana, a la que ya disfrutamos en la reina de la belleza con María Galiana. Sublime, intensa, verdadera, genial. Un talento al alcance de unas pocas. Lucía nos transmite todo esto, con esa naturalidad, con esa mirada, con esa capacidad de cambiar de registro, con esa pasión, con ese teatro que lleva, ya que “cuando llegues estaré bañada, oliendo bien y sobria”. 

Y ya nos movemos entre los personajes, en este trío tan intenso, y ya aparecen también las personas, y son excelentes, como dice el propio director, y juegan, y nos lo transmiten, y nos divierten con ese humor tan particular, tan teatral… Y para acabar las palabras del propio Ernesto Caballero, porque “al final de ese ensayo lo que queda es la verdad desnuda de lo vivido. Y quizás también, la inquietante sospecha de que el ensayo no era sino la verdadera función”. 



Vengan al Español, vengan tras el ensayo, vivan lo que pasa después de… se sorprenderán. No les dejará indiferentes. Vengan y disfruten de este ensayo después del ensayo para ensayar este teatro que no es sino la propia vida que ensayamos día tras día. Y , por supuesto, no dejen nunca de ensayar.



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Teatro: Teatro Español. Sala Margarita Xirgu.
DirecciónPlaza de Santa Ana. Calle Príncipe 25.
Fechas: Del 4 de Abril al 17 de Mayo. De Martes a Domingos a las 19:30.
Función accesible: Viernes 24 de Abril.
Duración80 minutos.
EntradasDesde 13,50€ en Teatro Español


Ficha artística

Autor: Ingmar Bergman

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Reparto:

Henrik Vogler: Emilio Tomé

Anna Egerman: Elisa Hipólito

Rachel: Lucía Quintana

Vestuario: José Cobo

Escenografía e iluminación: Víctor Longás

Espacio sonoro: Bastian Iglesias

Ayudante de dirección: Pablo Quijano

Producción: Teatro Español

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