Uno de los montajes más bellos que se pueden disfrutar estos días en la capital. Tal ha sido la buena acogida de esta monumental obra de Juan Mayorga, que se ha prorrogado una semana más (del 5 de Julio previsto en un primer momento al 12 de Julio). Una obra tan hermosa como poética, tan misteriosa como compleja, una historia que nos engancha desde el primer momento y se va construyendo ante nuestros ojos, en una aparente complejidad que va encajando las piezas hasta completar un precioso y ambiguo collage final, en el que serán los espectadores los que tengan que terminar de sacar las conclusiones sobre algunos de los temas que se tratan.
Un año más, la temporada del Teatro de La Abadía se cierra con el estreno del nuevo montaje de su director artístico, Juan Mayorga (autor y director de la pieza). Un montaje poético, que indaga en la memoria y las heridas que dejó la Guerra Civil. Un juego que se desliza con naturalidad entre la realidad y la ficción, entre la cordura y la locura, en una realidad distorsionada dependiendo de los ojos que lo observen. La dificultad que tenemos para mirar al pasado y juzgarlo de una forma objetiva, si esto es posible después del dolor que deja una dictadura.
Esta producción del Teatro de La Abadía y La Zona recupera uno de los textos más icónicos del dramaturgo Juan Mayorga, una de las plumas esenciales de nuestros tiempos, por la profundidad de sus textos y por el filosófico y poético enfoque que les da. Una obra poliédrica, compleja, que se va desenvolviendo ante nuestros ojos para hablarnos de todos los entresijos que se esconden en ese sanatorio psiquiátrico de San Miguel. La historia transcurre con una atmósfera de misterio que nos atrapa desde el primer momento, para ir solventando poco a poco todas las incógnitas que plantea, aunque como en todos los montajes de Mayorga el final y los temas que aborda dan lugar a muchas lecturas e interpretaciones.
Este texto es uno de los más aclamados de la extensa trayectoria del director artístico del Abadía, y supone su cuarto montaje desde que asumió el cargo. La pieza reflexiona sobre lo imprevisible del tiempo y sobre la dificultad de juzgar los hechos pasados. Un texto que se construye con algunos de los pilares fundamentales del teatro de Mayorga. El propio dramaturgo ha explicado que "el pasado es imprevisible, está no menos abierto que el futuro y laten en él preguntas que pueden poner en peligro el presente que se arriesga a observarlo". Otro de los ejes estructurales del texto es la imaginación como vía de escape desde una realidad áspera, cruel, tal cual puede serlo la de los derrotados en una guerra.
Un texto que juega con nosotros, que nos lleva por universos oníricos, en los que cuesta discernir lo que es real de la ficción, lo que son hechos a lo que son ensoñaciones. Un ingenioso manejo de las palabras (Mayorga lo hace con una maestría como pocos) que nos lleva a oscuros lugares llenos de incertidumbre, donde los miedos de los habitantes de San Miguel luchan con las certezas que vienen del exterior, la incertidumbre en pugna con la certeza, la imaginación en lucha con la razón. Una historia que se desarrolla con la mesura propia de lo misterioso, en un ambiente lúgubre y sombrío en el que los personajes se mueven como entes en busca de respuestas, intentando defender su guarida de intrusos. La tensión se apodera del escenario y del patio de butacas, la curiosidad lo invade todo, la incertidumbre nos mantiene alerta, todo por descubrir porque estos personajes tan misteriosos se encuentran tan felices encerrados en este jardín quemado.
La obra se escribió hace casi treinta años, allá por 1997. El autor cuenta que el germen nace de una noticia leída un par de años antes. El periódico hablaba del hallazgo de miles de informes médicos de ingreso en un hospital psiquiátrico de Baleares, en un mercadillo de Palma de Mallorca. Muchos de esos informes pertenecían a personas recluidas durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores. Esto desemboca en este preciosa historia, que transita lugares oscuros, que busca la luz en la oscuridad de ese sanatorio, donde parece que el mundo se ha parado y se ha quedado anclado en el tiempo. Una interesante reflexión sobre la dificultad de juzgar el pasado y de cómo la memoria puede llegar a convertirse en una auténtica amenaza moral. ¿Puede ser preferible vivir resguardados por una mentira que enfrentarse a un verdad irreparable y emocionalmente devastadora?
Uno de los puntos fuertes de este montaje es, sin lugar a dudas, un elenco que funciona perfectamente, que se compenetra a la perfección y se desliza al unísono con precisión por el espacio escénico. El reparto nos atrapa desde el primer momento, por su misterio, por su trabajo grupal, por la precisión de sus movimientos. Por momentos nos encontramos atrapados sin saber a cual de todos los personajes atender, ya que todos transmiten algo perturbador y bello a la vez. Todos transitan por el espacio con una delicadeza y precisión que parece que vayan levitando, que se deslicen más que andar, como si de almas sin cuerpo se tratase. Un trabajo conjunto preciso, impecable y prodigioso.
Por un lado tenemos a Adriana Ozores y Loreto Mauleón (quizás los personajes más "terrenales" de la historia), que nos regalan un duelo interpretativo fascinante, en una constante lucha dialéctica para defender sus postulados. Una lucha fantástica desde la contención y la mesura de Ozores a la convicción y la realidad contrastada que defiende Mauleón, con más vehemencia pero sin perder la paciencia en ningún momento (aunque los hechos le asombren cada vez más), en un duelo cargado de tensión y belleza en cada mirada, en cada gesto, en cada preciso movimiento, en cada silencio. Ozores da vida a la doctora del hospital psiquiátrico, a la que adoran todos los internos, una mujer que sabe la realidad exacta de ese lugar, aunque diste de lo que pasa fuera de esos muros. En lado opuesto, Mauleón interpreta a Benet, una joven doctora entusiasta que llega a la isla con la idea de "liberar" a aquellos que sufrieron las vicisitudes de la guerra. Inocencia y entusiasmo a raudales, que choca frontalmente con la singularidad de este lugar.
Fabulosos también los actores que interpretan a los enfermos que residen en el centro. Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente nos regalan unos personajes misteriosos, oscuros, llenos de matices y peculiaridades, de rarezas que nos sorprenden y nos mantienen alerta. Unas interpretaciones que nacen de lo físico, con un trabajo gestual prodigioso, para construir unos personajes fascinantes desde la ambigüedad, desde todo lo que nos ocultan, desde esa realidad a la que se aferran, aunque ello les condene a lo salir de ese lugar. Resulta prodigioso lo que transmiten con sus movimientos, con sus miradas, con sus pequeños gestos, que nos dicen mucho más que cuando entablan conversación con Benet. Cuatro actores que transitan el espacio para apoderarse de él, para confirmarnos que es su casa y que quieren permanecer allí. Soberbias interpretaciones, tanto en las escenas que son protagonistas como en el resto de la obra, cuando su sola presencia nos atrapa y nos cautiva. Cuatro actores en estado de gracia que nos dejan unos personajes memorables.
Otro de los elementos clave de esta obra es ese espacio misterioso y lúgubre, que nos traslada a un universo que transita entre la realidad y lo onírico. Fantástica la escenografía diseñada por Elisa Sanz (responsable también del vestuario), presidida por unos grandes muros que delimitan el espacio, reduciéndolo y convirtiéndolo en un lugar claustrofóbico (como debe ser cualquier centro de reclusión). Un espacio elegante, poderoso, imponente, con un árbol casi muerto (preciosa la única rama con vegetación y una única naranja) que es el único elemento que consigue sobrepasar el muro. Completa el espacio el suelo de cenizas, lo que hace el lugar mucho más árido y desangelado. Maravillosa la composición, que se completa con una precisa e impecable iluminación de Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.) que juega con maestría con las luces y las sombras, con las tonalidades más apagadas, con las intensidades justas para crear la atmósfera perfecta. Completa esta maravilla escénica la música, muy cinematográfica, de Jaume Manresa (responsable también del espacio sonoro), que enfatiza aún más el misterio de la historia.
En definitiva, estamos ante uno de los grandes montajes de la temporada, una pieza escénica que funciona a la perfección, con la ambigüedad y la poesía que siempre nos deja Juan Mayorga en sus textos. Pero en esta ocasión, lejos de distanciarnos de la trama, ese misterio, esas dobles lecturas, esos juegos entre lo real y lo onírico, hacen que la obra resulte mucho más interesante. Este jardín quemado es deliciosamente ambiguo, pero desde sus cenizas se va construyendo una trama con la que los espectadores se quedarán tan sorprendidos como el personaje al que da vida Loreto Mauleón. Unas soberbias interpretaciones hacen crecer la obra en cada escena, en cada movimiento. Maravillosas Adriana Ozores y Mauleón, pero no menos interesantes (desde un lugar casi antagónico) las creaciones de personaje de Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente. Vayan a este jardín quemado, entren y déjense llevar por la poesía y la belleza de la propuesta, ya habrá tiempo después para analizar la complejidad de lo que se cuenta.
Texto y dirección: Juan Mayorga Ayudante de dirección: Virginia Rodríguez Escenografía y vestuario: Elisa Sanz (AAPEE) Diseño de Iluminación: Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.) Música y espacio sonoro: Jaume Manresa Diseño gráfico y fotografía: Javier Naval Asistente de dirección: Mel·lina Algarra Ayudante de vestuario: Mariana Cordero Ayudante de producción: Rocío Peláez / Marta Gabaldón Material audiovisual: David González | 2VISUAL Jefa de maquinaría: Elisa Araúz Programador luces: Álvaro Guisado Microfonía y sonido: Ismael Aguilar Confección de vestuario: Prendería ES Realización escenografía: Mambo Decorados Director técnico: Daniel Alcaraz Producción ejecutiva: Jair Souza-Ferreira Director de producción: Miguel Cuerdo Distribución: Julio Municio Agradecimientos a Ana Barceló Producción: Teatro de La Abadía y Lazona