Teatro: Iribarne. Teatro Infanta Isabel.

 

Tras el gran éxito de público que tuvo su estreno en el Centro Dramático Nacional hace un par de temporadas, el Teatro Infanta Isabel nos ofrece durante dos semanas la posibilidad de verla o en algunos casos incluso de repetir. Cuenta con texto de Esther F. Carrodeguas y con la dirección de Xavier Castiñeira.

  

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Probablemente no me equivoco si digo que no ha habido en España ningún personaje con una carrera tan dilatada como Fraga. Durante más de sesenta años estuvo de una u otra manera en primera línea política. Me atrevería a decir que incluso en el mundo nadie ha estado durante tanto tiempo en activo.

Hijo de Maria Iribarne Dubois de origen francés y de Manuel Fraga que llegaría a ser alcalde de su pueblo, Villalba. Manuel Fraga Iribarne fue Catedrático de Derecho Político y de Teoría del Estado y Derecho Constitucional, su carrera comienza cuando es nombrado secretario general del Instituto de Cultura Hispánica en 1951 y finaliza cuando se retira de la vida política en 2011 con casi 89 años. Su vida es un gran libro donde se refleja la historia de España durante seis décadas.


Aunque el relato arranca de forma casi anecdótica, remontándose a los orígenes más remotos de Manuel Fraga y deteniéndose incluso en episodios de su infancia, cuando llegó a cargar con el apelativo de "bastardo", la obra avanza con una rapidez vertiginosa sin perder por ello profundidad ni capacidad explicativa. Lejos de limitarse a una simple biografía personal, la obra utiliza la figura de Fraga como un hilo conductor para recorrer algunos de los capítulos más decisivos y controvertidos de la historia contemporánea de España. De este modo, cada etapa de su trayectoria política sirve para iluminar procesos históricos de enorme trascendencia, mostrando hasta qué punto su influencia estuvo presente en momentos clave del siglo XX y de la transición a la democracia.

La obra se detiene especialmente en su papel durante los años del franquismo, periodo en el que ocupó puestos de enorme relevancia dentro del aparato estatal. Se analiza, por ejemplo, la implantación de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966, presentada oficialmente como una medida aperturista, pero que continuó manteniendo importantes mecanismos de control sobre la información y el ejercicio de la libertad de expresión. A través de este episodio se pone de manifiesto la compleja estrategia del régimen para proyectar una imagen de modernización política sin renunciar al control ideológico de la sociedad.


Del mismo modo, la obra aborda la transformación económica y social de España durante los años del llamado desarrollismo. En este contexto, Fraga aparece vinculado a la construcción de la imagen internacional del país como destino turístico de referencia. La promoción masiva del modelo de «sol y playa» no solo impulsó la llegada de millones de visitantes extranjeros, sino que también se convirtió en una poderosa herramienta para presentar al exterior una España moderna, acogedora y dinámica, ocultando en gran medida las carencias democráticas y las limitaciones de un régimen que seguía sustentándose en la autoridad de la dictadura franquista.

La narración también presta atención a los esfuerzos propagandísticos desplegados por el Estado para mejorar su reputación internacional. Se describe cómo se diseñaron ambiciosas campañas de comunicación destinadas a suavizar la percepción exterior de la dictadura, minimizando las críticas relacionadas con la represión política y los déficits en materia de derechos y libertades. En este terreno, Fraga emerge como uno de los arquitectos de una estrategia comunicativa orientada a hacer compatible la supervivencia del régimen con la necesidad de integrarse en un contexto internacional cada vez más exigente.




Sin embargo, el recorrido no termina con la desaparición de Franco. La obra sigue los pasos de Fraga durante la Transición, una etapa en la que volvió a desempeñar un papel protagonista. Su participación en la elaboración de la Constitución de 1978, como miembro de la ponencia constitucional, lo sitúa en el centro de uno de los procesos políticos más relevantes de la historia reciente española. Asimismo, se analiza su papel en la fundación de Alianza Popular, formación política que con el paso de los años acabaría convirtiéndose en el actual Partido Popular, hoy dirigido por una nueva generación de líderes que, de una u otra manera, continúan vinculados al legado político e ideológico de su fundador.

Iribarne aborda toda esta historia que hemos indicado, dividiéndola en tres grandes bloques narrativos que permiten seguir la evolución política de Manuel Fraga a lo largo de distintas etapas históricas. El primero, titulado Chapa y pintura, se centra en su llegada al Ministerio de Información y Turismo durante el franquismo, una etapa caracterizada por los intentos del régimen de proyectar una imagen más moderna y abierta tanto dentro como fuera del país. En este apartado se muestra cómo las reformas impulsadas perseguían principalmente mejorar la apariencia del sistema sin cuestionar sus fundamentos ni alterar realmente las estructuras de poder existentes. La segunda parte, Yo me transfolmo, aborda el periodo de transición política y la adaptación de Fraga a un nuevo contexto democrático. 




El relato analiza cómo pasó de ocupar posiciones de responsabilidad durante la dictadura a convertirse en una figura relevante dentro de la oposición parlamentaria, tratando de redefinir su papel en una España que comenzaba a cambiar profundamente. Finalmente, El Imperio traslada la atención desde la política nacional hacia el ámbito gallego, donde Fraga desarrolló una de las etapas más prolongadas e influyentes de su carrera. A través de su liderazgo en la Junta de Galicia donde llegó a conseguir hasta cuatro mayorías absolutas, la narración explora la construcción de su poder a nivel autonómico y la huella política que dejó en la comunidad, convirtiéndola en el escenario principal de sus últimos años de actividad pública.

Lo mejor sin duda es la primera mitad donde se narran las dos primeras partes de la obra con un ritmo vertiginoso y un gran dinamismo. Esto ayuda a transmitir la idea de que el personaje se encuentra presente de manera constante en los grandes acontecimientos que marcaron una etapa fundamental de la historia reciente de España.
 



Asimismo hay que indicar que uno de los aspectos más destacados de la propuesta es la manera en que el personaje de Manuel Fraga es construido de forma colectiva por todo el reparto. En lugar de reservar su interpretación a un único actor, la obra opta por una representación coral que permite mostrar las múltiples facetas de una figura política especialmente compleja y controvertida. 

Esta decisión escénica resulta particularmente efectiva en las dos primeras partes de la representación, donde los diferentes intérpretes van asumiendo el papel de Fraga según las circunstancias y los momentos históricos que se recrean. Gracias a este recurso, el personaje trasciende su dimensión individual y se convierte en una presencia constante que atraviesa toda la narración. Además, la alternancia de actores aporta dinamismo al montaje y enriquece la visión que el espectador recibe del protagonista, ya que cada interpretación pone el acento en rasgos distintos de su personalidad y trayectoria. El resultado es una representación más completa y matizada, capaz de reflejar tanto al político ambicioso y estratega como a una figura profundamente ligada a algunos de los acontecimientos más relevantes de la historia reciente de España.




Hay dos momentos especialmente brillantes, uno es cuando Lidia Veiga hace de bandera, sólo por ese momento ya merece la pena acercarse al teatro a ver la obra. Simplemente impecable. El otro es cuando la misma Lidia hace de periódico con el nacimiento de El Pais, brillante.

En cuanto al aspecto técnico y artístico, la propuesta destaca por el equilibrio que logra entre dinamismo escénico y claridad narrativa. La dirección de Xavier Castiñeira resulta especialmente acertada en la gestión del ritmo de la representación, sobre todo durante la primera mitad de la obra, donde la sucesión de acontecimientos históricos y la constante transformación de los personajes exigen una puesta en escena ágil y precisa. Asimismo, el diseño escenográfico, concebido por el propio Castiñeira junto a Diego Valeiras, apuesta por la funcionalidad y la versatilidad, permitiendo que los intérpretes transiten entre diferentes espacios y momentos históricos sin que la acción pierda continuidad. El vestuario, también a cargo de Valeiras, contribuye de manera eficaz a la caracterización de los distintos personajes y facilita los rápidos cambios de identidad que requiere el montaje. 




A todo ello se suman los recursos técnicos, fundamentales para enriquecer la experiencia escénica: la iluminación diseñada por Diego Villar ayuda a definir atmósferas y a resaltar los distintos tonos dramáticos de la obra, mientras que los audiovisuales de Pablo Fontenla amplían las posibilidades narrativas de la representación al incorporar referencias visuales que contextualizan los acontecimientos históricos. Por su parte, el trabajo coreográfico de Sabela Domínguez aporta cohesión al movimiento colectivo del elenco, reforzando el carácter coral de la propuesta y contribuyendo a que las transiciones entre escenas se desarrollen con naturalidad y fluidez. En conjunto, todos estos elementos se integran de forma armónica para configurar una puesta en escena sólida, dinámica y visualmente atractiva.

Por lo que se refiera al elenco, las interpretaciones de Xurxo Cortázar, Jorge de Arcos y Mónica García, junto con las de Anxo Outumuro y Lidia Veiga, consiguen construir una imagen de Manuel Fraga Iribarne que va mucho más allá del simple parecido físico. A través de la precisión de sus movimientos, sus gestos característicos, su manera de expresarse y los pequeños tics que definían su personalidad pública, los actores logran transmitir la esencia del personaje con gran credibilidad. No se trata de una imitación literal ni caricaturesca, sino de una recreación escénica profundamente convincente que permite al espectador reconocer al político en toda su complejidad.



En esta primera parte de la obra, Esther F. Carrodeguas asume una función de narradora y guía del relato. Desde esa posición, aporta contexto y cohesión a los acontecimientos representados, estableciendo un diálogo constante con la acción dramática. Sin embargo, en la última pare de la obra, abandona ese papel para interpretar ella misma al propio “emperador”. 

Sin perjuicio del gran trabajo coral de todos ellos, me gustaría destacar el enorme trabajado de Lidia Veiga, sobresaliente no sólo su interpretación sino también el trabajo de expresión corporal, dando muestras de una enorme versatilidad en todos y cada uno de los personajes que interpreta. Sencillamente brillante.
En definitiva nos encontramos ante una obra que viene a ser un gran reflejo de la Historia de España durante la mitad del siglo pasado y primeros años de éste. Imprescindible.

  

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Teatro: Teatro Infanta Isabel
Dirección: Calle Barquillo 24.
Fechas: Del 14 al 25 de Julio. De Martes a Domingo a las 19:00.
Duración: 179 minutos aproximadamente.
Entradas: Desde 15,75€ en Teatro Infanta Isabel.

 

Ficha artística y técnica


Texto: Esther F. Carrodeguas.

Dirección: Xavier Castiñeira.

Reparto: Xurxo Cortázar, Jorge de Arcos, Esther F. Carrodeguas, Mónica García, Anxo Outumuro y Lidia Veiga.

Espacio escénico: Xavier Castiñeira y Diego Valeiras.

Iluminación: Diego Vilar - Equipo Creativo RTA.

Vestuario: Diego Valeiras.

Música y espacio sonoro: Berto.

Audiovisuales: Pablo Fontenla.

Editor FX: Antón Miranda.

Coreografía y ayudante de dirección : Sabela Domínguez.

Segundo ayudante de dirección: Antonio C. Guijosa.

Producción: Esther F. Carrodeguas, Juancho Gianzo.

Imágenes de archivo: RTVE.

Fotografía: Geraldine Leloutre.

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero.

Diseño de cartel: Equipo SOPA.

Producción: Centro Dramático Nacional, ButacaZero y Mostra Internacional de Teatro (MIT) de Ribadavia.

Colabora: AGADIC / Xunta de Galicia.


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