El Centro
Conde Duque nos brinda la posibilidad de ver el estreno de la última obra del
dramaturgo argentino afincado en España Rodrigo García. Un autor nada
convencional y que no suele dejar indiferente a nadie.
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Han
pasado tres años desde que Rodrigo Garcia nos presentara su obra Cristo está en
Tinder que centraba su atención en las transformaciones que han experimentado
las formas de convivencia y de interacción humana en la era digital.
Su obra se
caracteriza por mostrar al espectador una mirada crítica y provocadora sobre la
sociedad actual. A través de su particular lenguaje teatral, exploraba cómo los
individuos se adaptan a modelos de vida cada vez más complejos, marcados por la
precariedad emocional, la hiperconectividad y ciertas dinámicas que invitan a
cuestionar qué significa realmente vivir o sobrevivir en el mundo actual.
Cuando
accedemos a la sala los protagonistas ya se encuentran sobre el escenario. La
impresión inicial que produce el espacio escénico es la de un universo dominado
por el exceso y la acumulación. Cada rincón parece ocupado por objetos que han
ido llegando allí sin obedecer a ningún criterio aparente de orden o
funcionalidad, generando una sensación de caos cuidadosamente construido.
Muebles desgastados, enseres de procedencias diversas, materiales de obra y
elementos cotidianos conviven en una composición que recuerda tanto a un
almacén improvisado como a los restos materiales de múltiples vidas
superpuestas.
Esta saturación visual no solo configura el entorno físico de la
representación, sino que también condiciona nuestra mirada como espectadores.
Todo ello nos invita a explorar un paisaje escénico donde la abundancia de
estímulos convierte cada detalle en un posible foco de atención. Lejos de
transmitir armonía o equilibrio, el conjunto proyecta una imagen de
desbordamiento y acumulación que parece reflejar una sociedad marcada por el
consumo, el abandono y la permanente transformación de los espacios urbanos.
La obra
invita asimismo a cuestionar el papel predominante que las imágenes desempeñan
en la sociedad contemporánea, donde gran parte de nuestra comprensión del mundo
se construye a través de estímulos visuales. En un contexto caracterizado por
la exposición constante a pantallas, fotografías y contenidos audiovisuales, la
representación visual adquiere una capacidad sin precedentes para influir en la
opinión pública, moldear comportamientos y definir modelos de referencia. Esta
realidad provoca que la percepción de los hechos quede, en numerosas ocasiones,
subordinada a la forma en que estos son mostrados, difundidos o consumidos. Desde
esta perspectiva, la propuesta escénica plantea una reflexión crítica sobre las
consecuencias de vivir en una cultura donde la apariencia y la visibilidad
parecen haber adquirido un valor superior al de la experiencia directa, la
reflexión pausada o la comunicación basada en la palabra.
La
importancia de la imagen se ve reforzada con la ausencia de diálogos. Todo lo
que percibimos lo hacemos a través de la vista en textos y mensajes que se
proyectan en la pared situada al fondo del escenario. Unos textos que no dejan
de aparecer a lo largo de casi toda la obra, lo que provoca que a veces por
estar pendiente de lo que aparece proyectado perdemos parte de lo que los
protagonistas están haciendo.
Como en
casi todas las obras de García, son varias las personas que van abandonando la
sala durante la performance. No son muchas pero el goteo es incesante. Y
curiosamente siempre pienso lo mismo, acaso la gente no sabe quien es Rodrigo
García y el tipo de obras que realiza.
Cuando
la obra transcurre más o menos por la mitad se produce el gran cisma, de
repente y sin saber muy bien como ni porqué, algunos espectadores salen a
escena y empiezan a interaccionar con Volmir Cordeiro y A.Livingstone, unos
con más originalidad y creatividad y otros con poca o ninguna, pero la performance
que habían iniciado ya no tiene marcha atrás.
Lo más
destacable de esta creación de Rodrigo García es que casi nada está pactado
o preparado, me da la sensación que cada uno de los días que se ha representado
ha sido distinto. Una oda a la improvisación y a la espontaneidad.
La obra
en general me dejó bastante indiferente, personalmente la más alejada de las
que he visto hasta ahora del dramaturgo argentino, digamos la menos Rodrigo García
o quizás la más, nunca se sabe. Sin lugar a duda, lo que más me gustó fue la
parte musical de Pier Bruera, con la batería y una enorme variedad de
instrumentos casi todos electrónicos.
En
definitiva una oportunidad de haber podido ver a uno de los artistas más
eclécticos y rompedores del panorama teatral contemporáneo.
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Teatro: Contemporánea Condeduque
Dirección: Calle Conde Duque 11.
Fechas: Del 24 al 27 de Septiembre. De Jueves a Domingo a las 19:30.
Duración: 70 minutos
Ficha artística
CREACIÓN: Rodrigo García junto a
Volmir Cordeiro, A. Livingstone y Pier Bruera
PERFORMANCES: Volmir Cordeiro y A.Livingstone
CREACIÓN MUSICAL: Pier Bruera
ESCULTURAS: Cristina Busto
VIDEOS: Arturo Iturbe
LUZ, VÍDEO Y COORDINACIÓN TÉCNICA: David Benito
SONIDO: Óscar G. Villegas
UTILERÍA Y ESCENARIO: Roberto Baldinelli
AYUDANTES DE DIRECCIÓN: Denise Díaz, Mateo García
TRADUCCIÓN AL INGLÉS: Simon Scardifield
TRADUCCIÓN AL PORTUGUÉS DE BRASIL: Renata Penna
TRADUCCIÓN AL FRANCÉS: Christilla Vasserot
JEFA DE PRODUCCIÓN: Emilie Heidsieck (Actoral, Marsella)
CON LA PARTICIPACIÓN DE Contemporánea Condeduque (Madrid), La Casa
Encendida (Madrid) y Maison de la Culture d’Amien