Nos adentramos en el Teatro del Barrio para asistir a la fantástica propuesta de Teatro de los Invisibles sobre el estigma de la enfermedad. Un montaje que se construye a mitad de camino entre la performance y la autoficción. Lo bueno de ver obras tan personales y tan alejadas de tu propia realidad es que sales emocionado, descolocado, con la sensación de haber asistido a una lección de vida, de valentía, de catarsis colectiva en la que el público asiste a la exposición brutal de los intérpretes. Un montaje valiente y necesario que esperemos que tenga un largo recorrido. Por ahora, ya sabemos que vuelve en Septiembre...
Asistimos a un collage de situaciones creadas a partir de las vidas reales de sus protagonistas, que se van entrelazando para hablarnos del estigma de la enfermedad, de los miedos propios (y en muchos casos también los ajenos) para transitar ese campo de minas que puede ser el proceso, de las miradas ajenas, de la complejidad de asumir una enfermedad rara, de la angustia por la estigmatización social. Todo ello plasmado en una composición performativa que nos lleva a cuestionarnos a nosotros mismos como individuos y a la sociedad como conjunto, desde la perspectiva de quien se ve excluido de la sociedad por una enfermedad, una discapacidad, un diagnóstico crónico, lo que debía ser un acto de cuidado y ayuda convertido en un señalamiento y aislamiento.
La nueva creación de Teatro de los Invisibles se mete de lleno en los márgenes de la sociedad, para cuestionar el tratamiento que le damos a la enfermedad. Las enfermedades raras, el VIH, intentos de suicidio o el cáncer son los temas que se tratan en esta pieza, basándose en las historias reales de sus creadores. La estigmatización por parte de la sociedad, el miedo a llamar a las cosas por su nombre y a hablar de ellas con naturalidad, la urgencia de llevar al debate público (y a la sociedad en general) estos temas y poder tratarlos con la normalidad necesaria para que las personas puedan vivir con ello sin sentirse bichos raros, o peor aún apestados de la sociedad. La pieza, estrenada el año pasado dentro del Festival Surge fue una de las relevaciones de la temporada. Tras pasar por festivales como el MeetYou de Valladolid, o por el Teatro Principal de Zamora, siempre ha vuelto al Teatro del Barrio, el lugar donde se estrenó y a donde vuelve a mediados de Septiembre.
La compañía busca dar voz a los olvidados y olvidadas por la sociedad, seres humanos de grupos minoritarios aparentemente abatidos que sufren por el orden social establecido. Nuestro modo de hacerlo es transformando lejanía y rechazo en cercanía y comprensión. Creemos que la mejor manera de hablar de un colectivo es a través de las historias individuales de quienes lo componen. Esta línea de trabajo se vio en montajes como "La liberación de la locura", "ANAFHA" o "Contención mecánica" por el que obtuvieron dos nominaciones (en las categorías revelación de mejor Espectáculo y Autoría) en los Premios Max 2026.
La compañía planteó este montaje como work in progress, en el que los propios intérpretes hablaban de las trabas que habían tenido en sus propias vidas, de sus propias experiencias con la enfermedad y de la relación que desde el momento de ser diagnosticados, tienen con la sociedad. Es una pieza a medio camino entre la autoficción y la performance, que explora el constructo social de la normalidad y loe límites de lo normativo, para dejar en el aire la pregunta de "¿Qué es lo normal?", una reflexión que nos golpea con fuerza, porque todos hemos marcado distancia, de manera instintiva en la mayoría de los casos, con las personas con alguna enfermedad o diversidad funcional. La pieza, surge de la necesidad de cuestionar cómo la sociedad occidental construye sus narrativas en torno a la salud, la identidad y la diferencia.
Zaida Alonso se ha encargado de la dramaturgia de este interesante collage en el que se abordan diferentes realidades, todas ellas para hacernos ver todo eso que no ocurre en nuestra cotidianeidad pero que lastra las vidas de muchas personas, la estigmatización de la enfermedad. La obra se aproxima de manera holística al concepto del estigma, cuestionando la normalidad construida en nuestra sociedad occidental y reivindicando los márgenes. La dramaturga (que también dirige la obra) explica que "todas las realidades que ponemos en el punto de mira comparten una misma grieta: la que separa la identidad real y la identidad socialmente aceptada. El hambre imposible nace de ahí. Del hambre de ser reconocida cuando el sistema solo sabe etiquetar".
La dirección a cargo de Zaida Alonso entrelaza con soltura la autoficción y la performance, lo real con lo onírico, escenas de brutal crudeza testimonial con otras mucho más poéticas. El resultado es una pieza que emociona y conmueve, que golpea y pone la piel de gallina, que sorprende y te deja un buen puñado de realidades (hasta ahora desconocidas para la mayoría) sobre las que recapacitar. El germen de la obra nace de la experiencia vital de Zaida, diagnosticada de cáncer de mama en 2013, algo que cambió su vida para siempre y le hizo reflexionar sobre cómo la sociedad se relaciona con la enfermedad. La dramaturga, directora e intérprete de la obra explica que "El hambre imposible es una investigación en torno al estigma que llevaba años rondando en mi cabeza a raíz de mi condición de paciente oncológica. Un intento de comprender la fragilidad de los cuerpos frente a las narrativas sociales que los rodean, que he querido trasladar a escena acompañada de personas que también se apartan de la normatividad reinante".
El montaje se cimienta sobre la frase "Hay que extirpar lo extraordinario porque perturba lo cómodamente ordinario" que dice Fernando Mercè en un momento de la obra, mientras extrae la "piedra de la locura" (en una reinterpretación de una de las pinturas más emblemáticas de El Bosco). Las historias reales van configurando las experiencias de los protagonistas en una sociedad que los aísla, que los señala, que resquebraja una vida ya de por si golpeada por el dolor y el miedo a la enfermedad. Esa extirpación de la que se habla es la grieta que separa lo corriente de lo diferente, vidas marcadas por la imposibilidad de encajar con los cánones establecidos. Una interesante propuesta para analizar lo que es el estigma, en contraste con lo normativo, para intentar ver desde la transversalidad como es posible que se expulse de lo "socialmente aceptable" a personas por circunstancias médicas (cáncer, VIH, intentos de suicidio, diagnósticos psiquiátricos…).
Después de toda la investigación y trabajo realizado por la compañía, el resultado es poderoso, contundente, emotivo, demoledor. El montaje sabe jugar con las emociones, convirtiendo la función en una montaña rusa de emociones, llena de momentos de preciosa intimidad con otros de una crudeza espeluznante. Y en esa dualidad reside parte del interés del montaje, en todas las aristas que podemos ver en cada uno de los casos, en la dificultad de cada nuevo paso, en la alegría por cada prueba superada, en el continuo avance superando pruebas, en una vida que transcurre permanentemente en el alambre de la incertidumbre. Para los que no hemos padecido ninguna de estas historias (al menos a mi me pasó cuando vi la obra), la valentía de cada uno de ellos en su día a día parece digna de mención. Son verdaderos héroes que van ganando medallas día a día, aunque la respuesta social sea darles la espalda y mirar para otro lado. La valentía, la honestidad, la verdad, la sinceridad de cada uno de ellos para desnudarse ante nosotros y contarnos lo que les pasa y como lo están viviendo. Todo esto merece un aplauso infinito y el agradecimiento (nunca será suficiente) por la posibilidad de abrirnos los ojos para poder reflexionar sobre todo lo que nos cuentan.
Estos valientes que forman el elenco son Javier Zarapico, Júlia Solé, Fernando Mercè y Zaida Alonso, acompañados en escena por el músico Jesús Irimia. Cada mirada, cada gesto, cada frase, todo destila verdad y compromiso ante el reto mayúsculo de exponerse de esa manera, contarnos sus problemas, sus miedos, pero sobre todo lo que sienten ante una sociedad que los considera ciudadanos de segunda. La belleza de cada escena, que es complicado plasmar en palabras, convierte la crudeza de lo que están contando en preciosas composiciones formales que nos atrapan y nos hacen el relato mucho más "asequible". Todos ellos tienen una experiencia vital que les hace estar aislados, no ser normativos, y cada uno nos ofrece sus vivencias, su punto de vista de como se vive al otro lado, al de los defenestrados, el lado de los que no cumplen con los cánones establecidos. Y todo lo hacen fácil, desde la naturalidad más absoluta, con una valentía enorme y con una firmeza digna de elogio (no me cansaré de decirlo), para zarandear a esta sociedad enferma, que no cuida, sino que estigmatiza.
Para conseguir todo esto, Zaida Alonso y Bibiana Cabral han imaginado una escenografía sencilla, con elementos que los intérpretes mueven para componer las diferentes escenas. Una bañera, una mesa, una puerta, algunos elementos de atrezzo, no se necesita más cuando lo realmente importante es el contenido. Las escenas de esbozan desde la sencillez más absoluta, para que todo transcurra con la fluidez y naturalidad necesarias. Todas las escenas están impregnadas por un halo de misterio, de abstracción, de metáfora. Todo ello está perfectamente complementado con un exquisito y cuidado diseño de iluminación a cargo de Bibiana Cabral y Belén Abarza, que acentúan lo onírico y bucólico del montaje. No podemos terminar esta parte técnica sin hablar del potente, contundente, brutal espacio sonoro con el que nos deleita en vivo Jesús Irimia (responsable también de la videoescena), que entrelaza las canciones con los relatos con maestría.
En definitiva, estamos ante una obra necesaria por todo lo que nos deja en la retina, pero también por el grito de protesta que quiere darnos. Una sociedad que no cuida a los que son diferentes, sea por una enfermedad o por otro motivo, debe hacérselo mirar. Cada uno de nosotros, como entes individuales, podemos arrimar el hombro, no favorecer ese aislamiento, o al menos concienciar de que eso no debe ocurrir. Por eso, que en programas como "La Revuelta" se de voz a personas con enfermedades raras es de agradecer, porque toda ayuda es necesaria para poder conseguir los avances necesarios. No puedo terminar sin volver a rendirme a los pies de estos maravillosos intérpretes, valientes y fantásticos, que se atreven a contarnos su realidad para abrirnos los ojos. Agradecimiento infinito. Ojalá esta función de Septiembre sea la primera de muchas de esta nueva temporada. Vayan a verla, saldrán conmocionados pero con mucho aprendizaje.
Dramaturgia y dirección:Zaida Alonso Interpretación y colaboración en la creación: Javier Zarapico, Júlia Solé, Fernando Mercè, Zaida Alonso y Jesús Irimia (músico en directo)
Ayudantía de dirección: Javier Pardo Diseño de iluminación: Bibiana Cabral y Belén Abarza Espacio sonoro, música original y videoescena: Jesús Irimia Diseño de escenografía:Zaida Alonso y Bibiana Cabral Técnica audiovisual: Ana López Fotografía: Jessica Burgos Comunicación y prensa:Javier González (Adiria) Diseño gráfico: Fernando Mercè Mirada externa:Juan Pedro Enrile y José María Esbec