Entramos en la sala de los Teatros Luchana y el intérprete nos interpela (más bien el personaje) para que no invadamos la escenografía y tengamos cuidado en nuestro camino a nuestras butacas. La tensión preside la sala incluso antes de comenzar la función, con la impertérrita pose del actor, sentado frente al público con cara de pocos amigos. Menos mal que el mismo destensa la situación con unas palabras previas sobre que pasará si suena algún teléfono. Tenemos que decir que es un método bastante persuasivo, ya que aunque parezca increíble no sonó ningún teléfono a lo largo de la función. Y con esta mezcla de sensaciones comienza este viaje emocional que nos transformará, al igual que le ocurre al protagonista.
La enfermedad, la pérdida, la familia, el amor, la salud mental, todos estos temas son tratados con precisión e ingenio en esta preciosa historia, en la que recorreremos ese camino hacia lo inevitable que es la enfermedad, de la mano de un hijo y su madre, que tras años de una relación tóxica van dejando las diferencias atrás para perdonarse y poder retener en la retina momentos de gran intimidad y belleza juntos, hasta que el cuerpo lo permita. Una obra demoledora, que nos incomoda en un principio y que nos emociona al final, en un recorrido vital doloroso y sanador a partes iguales, tanto para el hijo (que siempre había menospreciado a su madre) como para la madre (que por fin consigue el respeto y el cariño de su hijo).
Esta producción A de Ardilla está basada en la novela homónima de la autora moldava Tatiana Tibuleac publicada en nuestro país por Impedimenta), traducida al español por Marian Ochoa. Uno de los mayores fenómenos literarios de la última década a nivel europeo, que llega ahora a las tablas de los Teatros Luchana tras estrenarse la pasada temporada en la Sala Mirador. Estamos ante una de las óperas primas más deslumbrantes de la narrativa europea contemporánea. Galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea (2019) y el Premio Cálamo Libro del Año, entre otros. Una poderosa novela que entrelaza la vida y la muerte en una apelación al amor y al perdón.
El texto de Miguel Alcantud (que se encarga también de la dirección) es un duro drama, que desde la bravuconería del protagonista nos habla de temas de gran calado, con la pátina de una comedia y la profundidad de una drama. Un texto emocional, en el que vemos como se va cosiendo una relación que parecía rota, la de un hijo con su madre enferma de cáncer. En este viaje sin retorno, los dos personajes aprenderán a perdonar, que amar sin condiciones, a reconciliarse y a dejar atrás todo lo ocurrido a lo largo de una vida de desencuentros, para poder disfrutar, al menos durante un verano, de momentos de paz, ternura y amor. Todo lo que madre e hijo no supieron, o no quisieron hacer en el pasado. La obra propone un viaje íntimo y catártico sobre la memoria, el dolor, la reconciliación y la belleza que puede surgir incluso de las heridas más profundas. Una historia potente y desgarradora, que nos coloca en el medio de esta relación, para que aprendamos lo importante que es cuidar a la gente que tenemos cerca.
Uno de los puntos más atractivos de este montaje es la original dirección de Miguel Alcantud. "Queríamos que el público no solo escuchara la historia, sino que la viera nacer en el escenario, trazo a trazo, como si la emoción se pintara en tiempo real" explica el director. El montaje se sitúa en el taller de Aleksy, un pintor de éxito que rememora aquel verano con su madre desde la palabra, pero también desde la creación pictórica. De este modo, algunos de los momentos más bellos de todo el montaje coinciden con las creaciones del joven pintor para plasmar lo que siente sobre los diferentes pasajes de la obra. Desde su taller, y con la ayuda de su pintura, irá recordando y compartiendo con el público todo lo vivido aquel verano en el que estuvo con su madre en sus últimos días de vida. La idea del director de fusionar el texto con la creación en vivo de las pinturas sobre metacrilatos transparentes es todo un acierto, nos mete mucho más en la historia y conocemos más los delirios artísticos de Aleksy.
La obra gira en torno a Aleksy, un joven y triunfador pintor que desde su estudio nos cuenta como pasó el último verano con su madre, justo antes de que ella falleciese por cáncer. Aquel verano permanece en su memoria, aunque ya han pasado muchos años. Su psiquiatra le recomienda hablar sobre ello para hacer frente al bloqueo artístico que sufre. El joven se sumerge en sus recuerdos, desde que su madre lo recogía en el colegio hasta ese último verano. Las emociones le golpean con fuerza, el regreso a ese pequeño pueblo del sur de Francia le obliga a volver a vivir toda aquella experiencia, que marcó su vida para siempre. Porque vuelven el rencor y la rabia, el odio y la tristeza. La hermana fallecida, la madre que no le cuidó, todos los recuerdos retumban con fuerza, mientras transita aquellos días veraniegos en los que consiguió perdonar a su madre mientras la acompañaba en sus últimos días, deciden firmar la paz ante la llegada del final inevitable.
Una de las decisiones más arriesgadas y a la vez más potentes de este montaje es la creación de los cuadros que va pintando Aleksy a lo largo de la función, simbolizando algunos de los momentos clave de la historia. La artista plástica Bárbara Shunyi ha sido la encargada de diseñar estos cuadros que el protagonista ejecuta en escena. La reinterpretación por parte de la artista nacida en Cádiz de los pensamientos del protagonista son un reflejo de sus fantasmas interiores, de sus recuerdos, de la tortuosa relación con su madre, de su propia lucha interior por su salud mental. La elección de ver en directo como crea cada uno de estos cuadros sobre los lienzos transparentes es un acierto absoluto que nos ayuda a conocer un poco más el mundo interior del joven pintor.
Una de las grandes bazas de esta original propuesta es la fabulosa interpretación de Juan Díaz, dando vida a este trastornado pintor de éxito, que intenta lidiar con los fantasmas que le rondan por la cabeza, mientras transmite sus emociones a través de sus cuadros. Fabulosa la evolución del personaje en las distintas etapas de la vida, desde el despotismo inicial hasta la reconciliación total con su madre enferma. El espectro de actitudes y reacciones del joven pintor va mostrando su propia evolución vital, como tuvo que convivir con una familia desestructurada en la nunca pareció encajar, con una mochila llena de reproches hacia el mundo, de la que se intenta liberar en esta etapa de cuidados de su madre moribunda. Una interpretación fascinante, en la que el actor nos regala sus creaciones pictóricas mientras cuenta diversos pasajes de la obra.
En este montaje tan plástico y visual, cobra una gran importancia la creación del espacio escénico, que nos traslada al estudio del pintor, con metacrilatos colgando a modo de lienzos, y por momentos a la casa francesa en la que Aleksy y su madre pasan su último verano, simbolizado por la cama en la que se va desintegrando poco a poco la madre a causa del cáncer. Magistral el momento final, en el que nos regala su última obra tras el fallecimiento de la madre. Si las elecciones del espacio escénico resultan atractivas y muy originales, el uso de la luz es determinante para acompañar al joven ese mundo interior que se debate entre las luces y las sombras, entre los delirios de grandeza y la ternura por la reconciliación con su madre. Impecable juego de luces para transmitir sus estados de ánimo.
En definitiva, estamos ante un montaje de una estética apabullante. Desde la originalidad de la creación de los cuadros en directo, la obra crece exponencialmente en expresividad y belleza, en poesía y en abstracción. Una historia cruda y dolorosa, que se acaba convirtiendo en una preciosa historia de acompañamiento, de reconciliación, de cerrar las heridas para ayudar a la madre a morir en paz. Una propuesta tan cruda como bella, que consigue atraparnos desde su plasticidad y se nos agarra al alma por la belleza del texto. Una preciosidad que esperemos que se mantenga más allá de los jueves de este mes, que es lo que está por ahora programado en los Teatros Luchana. Vayan a verla y disfruten con todos los sentidos.