Los años maravillosos: Archive, Image and Collapse. El umbral de Primavera

 

"Los años maravillosos" llega a la maravillosa y acogedora sala El Umbral de Primavera después de su paso por el Off West End londinense y el Festival Fringe de Edimburgo. Diego Beares construye una pieza íntima y fragmentaria a partir de una entrevista realizada a su madre en 1971. Un montaje sobre la memoria, las imágenes que dejamos atrás y la distancia que se abre entre la persona que soñamos ser y aquella en la que finalmente nos convertimos.

Una modelo uruguaya. Diana Spencer. The Doors. Montevideo.
El futuro como anhelo.
El colapso como destino inevitable.
«Come on, baby, light my fire».



El futuro como promesa. La memoria como herida.

Todo comienza en Uruguay, en 1971. Lilian Beares tiene veinticinco años, trabaja como modelo y responde a una entrevista periodística con optimismo, seguridad y una confianza casi luminosa en el futuro. Todavía no sabe qué ocurrirá con sus sueños. No conoce a la mujer que llegará a ser ni puede imaginar la distancia que terminará separándola de aquella joven fotografiada. Un abismo

Décadas después, su hijo, el dramaturgo y director Diego Beares, regresa a esa entrevista y al archivo familiar. No lo hace para reconstruir una biografía completa ni para levantar un monumento sentimental a su madre. Su intención es más compleja: observar los restos de una vida y preguntarse cuánto de una persona puede sobrevivir en una fotografía, en un recorte de periódico o en una voz conservada por la memoria. Y un hilo conductor que es Lady Di (como atrezzo aparece una taza del típico souvenir)

La obra avanza mediante fragmentos. No existe una narración lineal ni una sucesión ordenada de acontecimientos. Las imágenes aparecen, se superponen y desaparecen como sucede con los recuerdos. Una mesa, una silla, una pantalla y unos pocos objetos bastan para crear un espacio situado entre una sala de entrevistas, una habitación familiar y el interior de una memoria que empieza a resquebrajarse.



Alba Campayo aparece con rulos en el pelo, camiseta blanca, vaqueros y los pies descalzos. La vemos antes de que la modelo esté preparada para convertirse en imagen. Hay algo cotidiano y vulnerable en esa mujer que todavía no ha terminado de arreglarse, pero que ya está siendo observada, interrogada y colocada bajo la mirada de los demás.

Una voz procedente de otro lugar le pregunta por el matrimonio, la música, la maternidad y el futuro. Lo que en principio parece una entrevista convencional va transformándose en una conversación imposible entre dos tiempos. Desde el presente, alguien intenta alcanzar a aquella joven de 1971. Pero el archivo permite mirar, no tocar. Conserva una superficie y, al mismo tiempo, confirma todo lo que se ha perdido.

Y nos cuenta de soslayo sus tres matrimonios, la adolescencia difícil de su segunda hija, la pubertad de su hijo y la muerte de su hija mayor por mala praxis unos días después de su nacimiento. Pero sin dar detalles, dejando al espectador que construya su propia historia a través de esos fragmentos.

Campayo realiza un trabajo físico exigente y profundamente contenido. No intenta imitar a Lilian Beares ni construir un personaje desde el parecido externo. Le presta temporalmente su cuerpo. A través de sus movimientos aparecen la ligereza de la juventud, el dolor del parto, el desconcierto ante la maternidad y el cansancio de una vida doméstica que se repite de manera casi mecánica.



La escena del parto es uno de los momentos más intensos del montaje. El cuerpo de la actriz ocupa el lugar de cualquier escenografía y expresa el miedo, el dolor y la transformación de una mujer empujada repentinamente hacia una identidad para la que nadie puede prepararla. Dar a luz la convierte en madre de manera inmediata, aunque el proceso emocional necesite mucho más tiempo.

Después llega la rutina. Las cajas de alimentos, los recipientes y el plástico se convierten en símbolos de una vida que trata de ordenarse y conservarse. La joven modelo que hablaba con entusiasmo sobre el porvenir continúa existiendo, pero permanece escondida bajo las obligaciones, las pérdidas y las decisiones tomadas.

Mientras Lilian desarrolla esas tareas domésticas, la televisión anuncia la muerte de Diana de Gales. El archivo privado se encuentra entonces con la memoria colectiva. Por un lado, una mujer uruguaya conservada en fotografías familiares; por otro, una mujer convertida por los medios de comunicación en una imagen conocida en todo el mundo.

Diana Spencer funciona como reflejo y contrapunto. Las dos mujeres fueron observadas, fotografiadas y encerradas dentro de relatos construidos desde fuera. Una quedó fijada en la intimidad de una familia; la otra, en la memoria de millones de personas. Sin embargo, ninguna de esas imágenes permite conocerlas por completo.

La relación entre ambas posee una gran fuerza conceptual, aunque en algunos momentos se percibe más como una asociación intelectual que como una verdadera unión emocional. La presencia de Diana abre nuevas lecturas sobre la identidad femenina y la exposición pública, pero también compite con el relato más íntimo de Lilian. Esa distancia puede dejar al espectador en la superficie de algunas emociones.



Quizá esa imposibilidad sea también uno de los sentidos más honestos de la obra. Todo el mundo es lo que soñó ser y no fue.

Los años maravillosos no pretende resolver el pasado ni rellenar todos sus huecos, pero reconoce que un archivo nunca devuelve una vida entera. Las fotografías demuestran que alguien estuvo allí, pero no explican lo que sintió cuando dejó de ser la persona que imaginaba. Cuando la menopausia, por ejemplo, cambió su persona.

La dramaturgia y dirección de Diego Beares se apoyan en la fragmentación, el silencio y la repetición. El montaje confía en la inteligencia del público y evita explicar cada una de sus imágenes. En sus mejores momentos, consigue que un gesto o una pausa tengan más peso que cualquier discurso.

El trabajo en la escenografía, el vestuario, la iluminación y el espacio sonoro crea una atmósfera austera y melancólica. Las proyecciones no se utilizan para demostrar que los hechos ocurrieron, sino para señalar los límites de aquello que puede conservarse. La música, con la presencia de The Doors, introduce el deseo, la juventud y la promesa de un fuego que también puede extinguirse.





Alba Campayo sostiene la función con sensibilidad, precisión y una notable capacidad para transitar entre edades y estados emocionales. Su interpretación huye del exceso y encuentra la emoción en la fragilidad y la contención. Un trabajo actoral impresionante. No representa únicamente a una mujer concreta sino a la misma mujer con mil caras diferentes.

Los años maravillosos es una propuesta pequeña en sus dimensiones, pero ambiciosa en las preguntas que plantea. Habla de una madre, de una princesa, de Montevideo, de Londres  y de una canción, pero, sobre todo, habla del paso del tiempo. De aquellas personas que fuimos y de todas las vidas que imaginamos vivir.

Lo verdaderamente conmovedor no es descubrir quién fue Lilian Beares, sino reconocer en aquella joven que miraba el futuro con confianza una parte de nosotros mismos.



RESEÑA ESCRITA POR GEMA COLADO

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Teatro: El umbral de Primavera.
Dirección: Calle Primavera 11.
Fechas: Jueves 17 y Viernes 18 de Septiembre a las 20:30.  
Entradas: Desde 15€ en El Umbral de Primavera



Una creación de Bearesteatro
Dramaturgia y dirección: Diego Beares
Elenco: Alba Campayo
Escenografía y vestuario / Diseño iluminación y sonido / Cartelería: Andrés Montibeller
Fotos prensa: Jorge Benéitez

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