Teatro: Tribus. Teatro Valle-Inclán

La sociedad en la que vivimos peca en muchas ocasiones de gritar mucho y escuchar poco. No somos capaces de ver más allá de nuestras propias ideas, nos cuesta empatizar con el prójimo y mucho más si ello conlleva algún tipo de esfuerzo por nuestra parte. Nos encanta mirarnos al ombligo, mirar a nuestra pequeña tribu como algo ejemplar y criticar agresivamente todo aquello que no pertenece a nuestro grupo. Si a todo esto añadimos una diversidad funcional, el aislamiento al que estas personas son sometidas se multiplica, ya sea por desconocimiento o por la sobreprotección. Todo esto nos lleva a relacionarnos en pequeños organismos vivos que alientan la unión de los miembros mientras atacan ferozmente al diferente.




Interesante propuesta que nos plantea un tema tan actual como la falta de comunicación. La obra pone el foco en el personaje de un chico sordo, pero ya desde el comienzo de la obra vemos que todos los personajes viven en su mundo y son incapaces de escuchar a sus familiares. La secuencia inicial deja bien claro el propósito de la obra, con una caótica reunión familiar en la que todos hablan y nadie se escucha. La paradoja es que es el chico sordo el que más atento está en intentar saber lo que dice el resto, mientras los demás sólo se escuchan a si mismos y hacen caso omiso al resto. Ambientado en el ámbito familiar, la obra es un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos, donde estamos muy pendientes de lo que decimos pero no nos importa lo que dice el de al lado, y no digamos nada de la posibilidad de intentar escucharle con atención para entender lo que tiene que decirnos.


Esta producción del Centro Dramático Nacional con la colaboración de Octubre Producciones, toca temas fundamentales de nuestro día a día, pero además pone el foco en las dificultades de las personas con diversidad funcional para adaptarse o incorporarse a la sociedad en la que viven. La obra refleja a la perfección como los "diferentes" acaban convirtiéndose en una pequeña tribu que sólo se relaciona entre sus propios miembros, ya sea porque comparten esa singularidad o por aislamiento por parte del resto. El contundente texto de Nina Raine (en la que es su segunda "aparición" en el CDN tras la aclamada "Consentimiento" que versionó Magüi Mira en 2018) ha sido adaptado para esta ocasión por Jorge Muriel. La propuesta nació en el marco de la convocatoria "¡Proyéctame!", dentro del festival "Una mirada diferente- Reto 2019".



Este intenso relato lo dirige Julián Fuentes Reta ("Cuando deje de llover", "Las cosas que se que son verdad", "Los hijos de las nubes") en el que consigue transmitir desde el primer momento ese mundo caótico en el que vivimos, en el que hablamos mucho y escuchamos poco. Para él, la oba "habla sobre el lenguaje, sobre los signos, sobre la comunicación. Tribus trata sobre una familia y sobre el concepto mismo de grupo, de clan, y lo que nos hace pertenecer a uno, y quizás obligatoriamente, nos separa del resto". El director pone el foco en el lenguaje como "un instrumento de comunicación o de barrera infranqueable, dependiendo de la voluntad de aquellos que lo usan". Fuentes Reza transmite la importancia del lenguaje como herramienta de comunicación, pero también como arma de doble filo en el caso de su mala utilización. Con esta pieza, pretende que seamos capaces de "revisar muchas cosas que damos por sentadas acerca de la comunicación, y de la pretendida identidad que surge de dominar un aspecto".



La historia que nos plantea el texto de nos sitúa en el seno de una familia aparentemente normal, pero en la que cada uno tiene sus propios miedos y fobias. Esta aparente normalidad chirría en el momento en que se detecta (desde la primera escena) la falta de comunicación entre ellos. Todos hablan, explican sus posiciones, pero en ningún momento se paran a escuchar a sus familiares. En una caótica primera escena, vemos como son los distintos perfiles de los personajes, todos ellos muy marcados, y las rencillas que existen entre los distintos miembros de la familia. Sólo parecen ponerse de acuerdo en la (sobre)protección del miembro (aparentemente) más débil y vulnerable, el hijo pequeño que es sordo de nacimiento. En un intento de que no vea su diversidad funcional como algo que lo aísle (o más bien lo introduzca dentro de lo que ellos consideran una secta) no le han enseñado el lenguaje de signos pero hicieron grandes esfuerzos para que aprendiese a leer los labios. Una decisión que ha marcado su vida y que, lejos de incorporarle a la sociedad, le ha aislado aún más dentro del castillo en el que le tienen recluido. 


Una familia sumida en el caos, en el que todos creen tener la razón pero ninguno es capaz de interesarse mínimamente por los problemas del otro. En este caos endémico, el hijo sordo parece ser el que más se comunica con el resto y al único que intentan escuchar. Pero él no quiere esa sobreprotección que les ha convertido en una tribu, sino que necesita salir al mundo y conocer la vida lejos del cobijo de sus familiares. Todo esto se produce cuando conoce a una chica que está quedándose sorda y que le introduce en la vida real y en el mundo de la gente con la que comparte esa diversidad funcional. Una demoledora historia que nos abre los ojos sobre las dificultades de comunicación que tenemos la sociedad en general y la gente con alguna diversidad en particular. El ruido constante del mundo que nos rodea no nos deja escuchar con detenimiento, no nos deja tiempo para sentarnos a intentar entablar vías de acercamiento con nuestros semejantes. Los ejemplos en la vida cotidiana los podemos ver en cualquier lugar, en el que todos miran a su ombligo sin importarle lo que piense el de enfrente.



Esta insólita familia (o quizás más parecida de lo que pensamos a la nuestra) está interpretada por Enric Benavent y Ascen López en los papeles de los padres, y Jorge Muriel y Laura Toledo dando vida a los hermanos de Marcos Pereira, que nos presenta al hijo sordo que decide huir para poder vivir su propia vida. Los padres son la antítesis el uno del otro, con el único punto en común de su obsesión por proteger al hijo menor. Enric Benavent nos presenta a un padre egocéntrico, déspota, cascarrabias (al que odias desde la primera escena), que desde y prepotente altanería critica a todo y a todos, sin importar el daño que pueda causar o lo poco que sepa del tema que critica. Por contra, el papel de la madre que interpreta Ascen López es la corrección que le falta al marido, intenta en todo momento apaciguar las aguas que este agita y tener a toda la familia bajo control.

Si tremendos son los padres, los papeles de los hijos no se quedan atrás. Jorge Muriel y Laura Toledo han tenido que volver a casa por diferentes motivos, y están sumidos en un pozo del que no saben muy bien como salir. Ella es una cantante que busca desesperadamente el amor mientras malvive dando pequeños conciertos que parece que no le van a solucionar la vida. Sigue soñando con que llegará su gran momento, mientras esquiva los continuos ataques de su padre y su hermano. El hermano que también ha vuelto a casa, en este caso por la ruptura con su pareja. Es el personaje más ambiguo, el que más aristas tiene. Angustiado por todo lo que le rodea, la salida de la casa de su hermano pequeño lo hunde en una profunda crisis.



Pero los verdaderos protagonistas de la obra son Ángela Ibáñez y Marcos Pereira, los dos actores sordos que nos muestran la dificultad de la comunicación desde su diversidad y protagonizan los momentos más tiernos y conmovedores de la obra. El trabajo que realizan ambos es exquisito, sin dramatismos y con la ternura necesaria para que el público entre de lleno en las dificultades diarias que tienen para comunicarse y lo abocados que están a quedar desplazados. Una pareja que funciona a la perfección, tanto en las escenas conjuntas como con el resto de los personajes. Las escena más imponente de la obra, al menos para alguien que lo ve desde el desconocimiento de sus limitaciones, son aquellas en las que nos hablan de su vida, de sus miedos y de sus necesidades. En términos generales acaban adueñándose del ritmo y del contenido de la obra, pasando el tema de la incomunicación a un segundo plano. La generosidad con la que exponen, y en cierto modo se exponen, todas las dificultades de sus personajes nos conmueve y asombra en todo momento.


Toda la obra transcurre en un espacio escénico (diseñado por Elisa Sanz) aparentemente reducido como es el salón de la casa, que se va desdoblando y haciéndose más permeable a espacios colindantes. Para completar la escenografía, en determinados momentos aparecen inquietantes videoescenas, creadas por Álvaro Luna. Fundamental en un espacio tan delimitado el cuidado uso de la iluminación, con la que Felipe Ramos consigue dar el tono perfecto a cada escena. Poderoso el espacio sonoro creado por Iñaki Rubio y que envuelve toda la obra, llegando a convertirse en un personaje más dentro de la caótica vida familiar. El cuidado vestuario, que marca desde el inicio la personalidad de cada uno de los personajes, es obra de Sofía Nieto (Carmen 17).


Estamos ante una obra necesaria, que nos debería llevar a una profunda reflexión sobre lo que somos y la manera en la que nos relacionamos con el mundo. El texto de Raine nos muestra la importancia del lenguaje (tanto el oral como el de signos) pero también nos muestra como no deja de ser una herramienta, que mal utilizada no sirve para nada. Montajes como este son muy necesarios para "desnudarnos" como sociedad, pero desde mi punto de vista lo son mucho más por mostrar las dificultades de la gente con algún tipo de diversidad funcional, que pasa desapercibido ante nuestros ojos y que sufren de un gran aislamiento por parte de la sociedad. Obra necesaria y que nos deja un enorme poso sobre el que conversar y recapacitar al salir de la sala. VOLVAMOS AL TEATRO. LA CULTURA ES SEGURA.
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Teatro: Teatro Valle-Inclán
Dirección: Plaza de Lavapies. Calle de Valencia 1.
Fechas: Del 6 al 27 de Noviembre. De Martes a Domingo 20:00.
Entradas: Desde 10€ en entradasinaem


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