La conjuración de Venecia. Un retrato de Quevedo. Clásicos de Alcalá

Una costrada previa a la función. La Plaza de Cervantes como decorado. Buena compañía. Rostros conocidos compartiendo café y dulces. Parece que la tarde alcalaína nos es propicia para un viaje en el tiempo, en ese maravilloso y renacido corral de comedias de Alcalá. Uno de los grandes. En su vigésima edición del Festival Iberoamericano del Siglo de oro y Escenas de Verano




Con nuestra máscara como galán fantasmal que sumerge entre canales y campanas. “Alcé los ojos y vi a la muerte en su trono , y a los lados muchas muertes”. Así nos recibe esta fantasía musical tejida a partir de la intriga, de los tejemanejes políticos. Se nos presenta al Quevedo de 1618 a través de su obra y de la música barroca de ese Siglo, de Oro, donde Quevedo , a través de sonetos, cartas y otros escritos, nos transmitirá su visión de la muerte, el paso del tiempo, la decadencia del imperio y la del propio Quevedo en un escenario sin igual : la Venecia de la época. Literatura y música de la mano unidas van. Unidas nos presentan la función. Que empiece ya, voto a Dios


En la primavera de 1618, en pleno comienzo de la decadencia del Imperio Español, los canales de Venecia amanecen llenos de cuerpos sin vida. Ahorcamientos y agresiones se suceden en La Serenísima como reacción a un supuesto plan del rey español Felipe III para desestabilizar a la República. Según la leyenda, el gran Francisco de Quevedo, secretario entonces del Duque de Osuna y presente en Venecia formando parte del complot, logra escapar disfrazado de mendigo gracias a su conocimiento del dialecto local. Quevedo niega los hechos... Vamos con un poquito de Historia




Abramos esa puerta de nuestro particular Ministerio del Tiempo y dejémonos llevar. Estamos ya en los canales, sin góndolas. Cargados de sangre. Según las fuentes venecianas, el origen de esta particular conjura sería un complot de las autoridades de los dominios españoles en Italia: el virrey de Nápoles (el Duque de Osuna, asistido por Francisco de Quevedo), el gobernador de Milán (Marqués de Villafranca), junto con el embajador español ante la República (Marqués de Bedmar), que habrían manipulado a un grupo de mercenarios franceses asentados en Venecia (algunos de ellos hugonotes, de religión protestante) para provocar una situación que permitiera la intervención militar de la flota española presente en el Adriático


El hecho fue objeto de gran tratamiento propagandístico y literario, incluyéndose entre los temas de la llamada leyenda negra española. Las fuentes españolas desplazan la responsabilidad de la manipulación a las autoridades venecianas, que querrían de este modo comprometerlas. De hecho, tras el escándalo, que incluyó un intento de asalto popular a la embajada española y la novelesca huida de Quevedo disfrazado de mendigo -que se libró de la muerte gracias a su dominio del dialecto veneciano-, se produjo la destitución de esos cargos, que los venecianos consideraban hostiles. 



Parece que nuestro personaje andaba metido en todos los “fregados“ de la época. Así era Don Francisco. ¿Fue Quevedo un agente secreto? una frase de su primera biografía puso en valor una historia que desde entonces ha quedado asociada a la imagen popular del poeta: su viaje secreto a Venecia para tramar la Conjuración de 1618 y su huida disfrazado de mendigo. 

Actualmente los historiadores tienden a descartar que este lance tuviera lugar , aunque se ha formulado una hipótesis alternativa que explicaría la inquina particular que los venecianos manifestaron al poeta. Según el primer biógrafo de Quevedo, Pablo Antonio de Tarsia, el escritor español fue a Venecia acompañado de un francés, Jacques Pierre, "y otro caballero español [...] a hacer una diligencia de gran riesgo". Allí le sorprendió la Conjuración y el poeta "tuvo la dicha de poderse retirar sin daño de su persona; en hábito de pobre, todo andrajoso, se escapó de dos hombres que le siguieron para matarle". 



En la propia Venecia se quemaron monigotes de Osuna y Quevedo, y el embajador veneciano en Madrid señaló a ambos como responsables, lo que hizo que el Consejo de Estado llamara a declarar a Quevedo, quien negó, sin embargo, tener noticia de "ese levantamiento". Los historiadores modernos han tratado de reconstruir el itinerario de Quevedo a lo largo de 1618 y han comprobado que desde su retorno a Madrid en julio de 1617 parece que no se movió de la capital hasta su marcha a Nápoles en diciembre de 1618. De hecho, el 31 de mayo de ese año firmó un poder notarial en la capital española, lo que hace casi imposible que participara en los hechos que se produjeron en Venecia ese mismo mes.

Un investigador ha propuesto, no obstante, una hipótesis alternativa. Según Antonio López Ruiz, Quevedo podría haber realizado un viaje de espionaje a Venecia no en 1618 sino el año anterior, en su retorno de Nápoles a España. Sería entonces cuando se habría producido el incidente de la huida y la persecución, lo que explicaría que los venecianos persistieran en acusarlo de haber tramado la conjura. 


Y con toda esta materia, nos centramos en las tablas y en la voz, en la música y en el canto, en la luz y en la oscuridad, en la muerte. Quevedo ante la muerte, ante el amor, ante la decadencia de España, ante la justicia y la verdad, ante el paso del tiempo, ante sí mismo. Ante el dolor. Así se nos muestra la figura de uno de nuestros escritores más universales, más “gamberros” y más carismáticos de este nuestro país. Tan lejos y tan cerca del de Quevedo. Así nos lo trae Pedro Casablanc, con presencia, con fuerza, con energía, con delicadeza, con miedo, con honor. “De gritar solamente quiero hartarme. Sepa de mí, a lo menos, esta fiera que he podido morir, y no mudarme”. 

El paso del tiempo nos lo brinda Pedro Casablanc en boca de Quevedo, con expresividad, con armonía, con tristeza de ver como su cuerpo se va consumiendo, de cómo ha enterrado ya a varias etapas de su vida a los 52 años, cercano a esa vejez que le aterra, que le atormenta y que Casablanc nos perfila con matices, con silencios. Con aplomo Para bajar a los infiernos y quedarse a vivir allí. Y entre tanto, Lucía Martín Cartón, con su voz, nos lleva también a esos recovecos del literato, a ese interior atormentado, a ese juglar encorsetado por el paso, por el tiempo, por la vida que se le escapaNotas barrocas tras una delicada voz que nos surte el alma, el corazón. 



Acompañados de una orquesta espectacular formada por Emmanuel Resche (Violín I), Víctor Martínez (Violín II), Ramiro Morales (Guitarra barroca y tiorba), María Martínez (Violoncello), Ismael Campanero (Violone), David Mayoral (Percusión) e Ignacio Prego (Clave, órgano y dirección artística) que nos mecen cual gondoleros en un atardecer inquieto que se pierde en sus canales. Y a los mandos, Ignacio Prego, remando entre las notas, entre los textos, entre cantos melodiosos para conjugar la obra




Si bien es cierto que quizá le falte algún elemento más terrenal que no nos haga evadirnos de vez en cuando, Prego consigue un montaje diferente, conciliador, y barroco, muy barroco. “Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuesen recuerdo de la muerte”. Y hallé maravilla en este festival, en sus gentes, en sus feudos, en su enclave, en su historia, en su pasado, presente y futuro. Vengan a Alcalá. Vengan al Corral. Quevedo les espera cual mendigo, cual príncipe, cual juglar para cantarles el alma. Vivan el teatro. Vivan la cultura. Seguro y segura.

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Teatro: Teatro Abadía
Dirección: Plaza de Cervantes, 15.
Fechas: 4 de Julio. Domingo a las 20:30.
Entradas: Desde 12€ en clasicosenalcala.



Ficha artística

Dirección de producción: Ignacio Prego.

Producción ejecutiva: Ignacio Prego.

Escenografía: Pedro Casablanc & Ignacio Prego.

Diseño de iluminación: Beatriz Toledano.


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