Cuando el teatro decide cruzar la puerta del aula
El Teatro María Guerrero acoge
Grito, boda y sangre, un espectáculo que no se limita a revisitar el universo
de Bodas de sangre, sino que se atreve a algo más ambicioso: pensar el teatro
como un espacio verdaderamente compartido. No como un lugar al que “se accede”
con adaptaciones puntuales, sino como un territorio común donde todas las
personas —sordas y oyentes— pueden encontrarse en igualdad de condiciones.
La propuesta parte de una
situación tan sencilla como reveladora. Dos adolescentes sordas se quedan solas
en un aula mientras el resto de su clase asiste a una función no accesible. Esa
exclusión, asumida muchas veces como algo inevitable o incluso normal, se
convierte aquí en el motor de una reflexión escénica profunda sobre el derecho
a la cultura y sobre todo aquello que queda fuera cuando el teatro no se piensa
desde la diversidad.
Este punto de partida,
reconocible y de fuerte carga simbólica, activa de inmediato una pregunta
incómoda: ¿Quiénes quedan fuera del teatro y por qué seguimos aceptándolo? Sin
embargo, lejos de instalarse en el realismo social o en la denuncia frontal,
Grito, boda y sangre elige un camino mucho más fértil: el de la imaginación
como acto de resistencia. “Si no podemos ir al teatro, que el teatro venga a
nosotras” no funciona solo como consigna narrativa, sino como principio
estructural del montaje.
La juventud truncada que retrató
Federico García Lorca encuentra aquí un eco contemporáneo y dolorosamente
actual. Las protagonistas encarnan una doble fragilidad: la propia de la
adolescencia y la derivada de una sociedad que no ha sido pensada para ellas.
El acierto del espectáculo reside en no convertirlas en víctimas pasivas, sino
en sujetos activos que crean, juegan, imaginan y se rebelan.
Ese gesto inicial —improvisar
escenas, probar textos, inventar situaciones— da lugar a una poética de la
resistencia que atraviesa toda la función. La obra rehúye el discurso
explicativo y apuesta por el juego, la poesía y la transformación del espacio.
El aula se convierte en un territorio onírico donde los límites entre realidad
y ficción se diluyen: la pizarra se llena de imágenes, los objetos escolares
cambian de significado y la escena se puebla de símbolos que remiten al deseo,
la pérdida y la muerte prematura de la juventud.
La escenografía, construida a
partir de pupitres, sillas y mochilas, refuerza esa idea de transformación
constante. El aula, inicialmente asociada a la espera y al encierro, se
convierte progresivamente en un espacio de libertad creativa. La sencillez del
dispositivo escénico permite que los cuerpos de las actrices y la lengua de
signos ocupen el centro, desplazando la palabra hablada como eje exclusivo de
la narración.
Aquí, el teatro no se sostiene
solo en lo que se dice, sino en cómo se mira, cómo se mueve el cuerpo y cómo se
construye el sentido desde lo visual y lo corporal. Esta elección no es solo
estética, sino profundamente política.
Uno de los aspectos más relevantes
de "Grito, boda y sangre" es su apuesta decidida por un teatro verdaderamente
integrador para las personas sordas. A diferencia de otras propuestas que
incorporan la lengua de signos como añadido o traducción, este espectáculo está
concebido desde su origen en lengua de signos y desde la cultura sorda.
Esta decisión transforma por
completo el lenguaje escénico. El ritmo, la composición espacial y la relación
entre los cuerpos responden a una lógica visual y corporal que amplía —y
cuestiona— las convenciones teatrales habituales. La lengua de signos no
funciona aquí como recurso auxiliar, sino como lengua dramática plena, con toda
su potencia expresiva.
Junto a ella, la música en
directo, la danza signada, las máscaras y los títeres construyen una experiencia
sensorial compartida. Personas sordas y oyentes pueden emocionarse desde
códigos distintos, pero en igualdad de condiciones, sin jerarquías ni
traducciones condescendientes.
En este sentido, el montaje
propone una reflexión más amplia sobre el propio concepto de accesibilidad.
Lejos de entenderla como una concesión puntual, Grito, boda y sangre la plantea
como una oportunidad creativa. Al situar el cuerpo y la lengua de signos en el
centro, la obra no solo amplía el acceso al teatro para la comunidad sorda,
sino que enriquece la experiencia teatral para todo el público.
La libertad aparece entonces como
celebración de la diferencia. El espectáculo no busca integrar a la comunidad
sorda en un modelo teatral preexistente, sino transformar ese modelo desde
dentro. El resultado es un teatro más inclusivo, sí, pero también más complejo,
más rico y más honesto.
El diálogo con Bodas de sangre
refuerza esta lectura. Lorca, autor marcado por el silencio impuesto y la
represión del deseo, se convierte aquí en símbolo de quienes han quedado
históricamente al margen. El texto aparece como materia viva que las
protagonistas manipulan y resignifican para hablar de una tragedia
contemporánea: la muerte de los sueños cuando se crece sin referentes ni
espacios donde imaginar un futuro.
La nota de la directora aporta
claves esenciales para comprender la profundidad del proyecto. Definir la
dirección de Grito, boda y sangre como un acto de reivindicación, memoria y
libertad no es una declaración retórica: es algo que se percibe en cada
decisión artística, desde la dramaturgia hasta el uso del espacio y del cuerpo.
Diversas reseñas y encuentros con
la prensa han subrayado el carácter pionero y necesario de la propuesta,
destacando su capacidad para emocionar a públicos diversos sin caer en el
didactismo. Coinciden en señalar que el espectáculo logra algo poco frecuente:
que personas sordas y oyentes compartan una experiencia estética común, cada
cual, desde su código, pero unidos por una emoción compartida. Esta reseña se
suma a esa valoración positiva, poniendo el acento en la profunda coherencia
entre forma y contenido.
El trabajo actoral es inmenso, y
las dos protagonistas están magníficas. Junto a los dos músicos crean un
espacio delicioso y magnético que te impide apartar la mirada durante la hora y
media que dura la obra.
En definitiva, Grito, boda y
sangre es mucho más que un homenaje a Lorca o una propuesta de teatro
accesible. Es una reflexión sobre el derecho a imaginar, a desear y a soñar
desde los márgenes. Es un recordatorio de que el teatro, cuando se abre a otras
lenguas y otras miradas, recupera su potencia transformadora. Y es, sobre todo,
un acto de justicia poética: llevar el teatro allí donde históricamente ha
faltado y demostrar que, cuando eso ocurre, todos —escena y público— salimos
ganando
No se la pierdan porque van a quedar gratamente sorprendidos.
RESEÑA ESCRITA POR GEMA COLADO
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Visitas táctiles: con tu entrada a la función puedes disfrutar de una visita táctil los días 31 de enero y 15 de febrero a las 17:00 y 24 de febrero a las 11:00. Se trata de una visita preferentememente dirigida a personas con discapacidad visual. Puedes solicitar plaza aquí.
EQUIPO
Basada en la obra de
Federico García Lorca
Dramaturgia
Iker Azkoitia
Dirección
Ángela Ibáñez Castaño
Dirección asociada
Julián Fuentes Reta
Reparto
Mari López y Emma Vallejo
Música en directo
Diego Illán y Josete Ordóñez
Voz flamenca
Noemí Humanes
Escenografía
Laura Ordás y José Luis Raymond
Iluminación
Nuria Henríquez Navarro
Vestuario
Marta Muñoz Sigüenza
Composición y dirección musical
Josete Ordóñez
Vídeo
Berta Frigola Solé
Coreografía
Lucile Préat
Ayudante de dirección
Enrique Cervantes
Ayudante de escenografía y vestuario
Rosa Rocha
Asistencia en la animación y manipulación de objetos
Julieta y Putxa de Zero en conducta
Audiodescripción
Esmeralda Azkarate-Gaztelu (asesoría, guion, voz narradora) e Iker Azkoitia (guion, voz visual vernacular)
Equipo de interpretación de lengua de signos española
SIGNAR (Elena Abadía Gil, Ana Díaz-Cardiel y Lidia Díaz-Cardiel)
Accesibilidad
Fundación ONCE y Plena Inclusión
Diseño de cartel
Emilio Lorente
Tráiler y fotografía
Bárbara Sánchez Palomero
Realización de escenografía
Readest
Taller de confección
Carmen 17
Producción
Centro Dramático Nacional









