LUCES DE BOHEMIA DE RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLAN. Teatro Español.


Estamos de enhorabuena porque vuelve Don Max (Ginés García Millán) a visitarnos al “Español” justo ahí por donde fueron sus andanzas mortuorias, en su mismo barrio desesperado de hace un siglo. No es habitual verle ya por estos lares, comprendan lo complicado del montaje, pero triunfó de tal manera nuestro ilustre “cesante” que repite. Ya estuvo el año pasado. Paradójicamente el éxito es su derrota y su alzamiento su derrumbe, amago de suicidio colectivo incluido, sin serlo, porque hasta para hacerse daño había que pedir permiso a las autoridades y él buscaba compañeros para compartir su ocaso. Le convencieron de lo contrario. Los jóvenes sólo deben morir por romanticismo.

¡Viva Don Máximo Estrella y toda su prole!

 ¡Ya están de vuelta!

            Desde el comienzo de la escena parece la muerte llamar a su puerta. Estén atentos.

Bienvenidos.



No deja títere con cabeza este drama fundamental de Valle-Inclán. Absolutamente de actualidad, como lo hubiera estado en el siglo de oro o en tiempos de Viriato. Roma no paga a traidores. Y traidores somos todos. Guiños, puyazos de una historia de España que no ha cambiado mucho, traje y mobiliario quizá... pero no en el fondo. Una España que le duele a Max en lo más hondo, como a nosotros, presa de la mezquindad y de sus tópicos, pero preñada de ingenio a pesar de tanto y de tanto necio. También quedaba hueco, en medio de aquellos antros, para la compasión o la fiesta y una pizca de talento. Que grande Valle, un derroche de palabras bien dichas, “plantás” como una zarzuela. Y es la palabra sublimemente tratada en este texto lirico por excelencia, cumbre de la literatura, donde nada podría decirse mejor. Sobran los elogios, se recita a sí misma sola la soberbia calidad del dramaturgo. Eso es la lírica. Y me queda a penas por darle un pase torero, tirarle flores a los pies y cantarle un réquiem. Pero un réquiem resucitante. No hay más, no puede superarse. 



Repasa Valle al género humano, al español y al vecino, desde Shakespeare a los franchutes, al de arriba y al de abajo, al régimen corrupto y agotado de la Restauración, a las calles hirviendo por luchas obreras e intestinas regándose de sangre aquí y en África; a la represión y la censura, al rencor, al caldo de cultivo de una guerra fratricida que ya estaba en remojo, a un “noventa y ocho” dolorido y triste, perdedor y perplejo; al orgullo de una patria que devoraba siempre a sus hijos enamorados.

Maldita política. Y maldita la muerte. Fíjense, no se despisten.



Luces de Bohemia es una parada máx del Vía Crucis de España que no se entiende si no es mirándose en los espejos del callejón del gato. Ni la primera, ni la última. Los tienen aquí al lado. Repasa también a los modernistas, los modernos artistas  de moda del modernismo, el estilo por excelencia de aquellos años: Max y Rubén Darío paseando juntos y cogiéndose del brazo. Goya inventando el esperpento, Latino de Hispalis medrando, lazarillo cruel ya mayorcito, el perro porte de su compañía que no llega ni a Sancho Panza, aunque aparente. Y este toque chulapón viniendo a menos. Cuanta miseria erudita por los “madriles”. Recordarla me sabe a consomé de pobre. Con un jerez.



Es verdad que el argumento es desolador, pero consuela ese homenaje permanente a la palabra y a la cultura de una tierra que se las ha arreglado para convertirlo todo en arte, a pesar de no haber dejado nunca de desangrarse. Hasta hace un rato parecía que habíamos parado, otro espejismo del callejón del gato. Ojalá no empecemos mañana con el mismo baile, pero se nota que nos tira la sangre. La muerte está presente en todo momento en la trama, ya se lo he dicho. Fíjense en el niño muerto en brazos de su madre. Todo está ahí metido en esta obra monumental, que pareciera un cuadro gigante repleto de marionetas parlantes, o un retrato goyesco tan de familia como los de Velázquez. Así de cruel lo muestra este libreto. Igual la corte que su corrala.

Poco más sin repetirme digo. Ya lo han dicho todo ellos, yo sólo puedo postrarme y extender mi capa.

Max y Latino, rapsodas privilegiados, dejándose caer. Esa es la historia, nada más. Me he creído su llanto y su rabia, me he reído con ellos y de ellos; de Latino de Hispalis (Antonio Molero) el cuento, la picaresca y su crápula mentira con ansias de proxeneta. Grandiosos los actores principales. Ahí queda eso. Los demás y siendo tantos alcanzan una altura muy difícil en una obra colosal y tan coral como esta, por momentos locura e inspiración absoluta. Que gusto. Muchos detalles geniales en sus gestos, frases, poses y miradas... no me caben aquí todos. Han llenado el espacio y el tiempo. Olé. Y un director (Eduardo vasco) con su equipo (búsquelos todos abajo) que los ha sabido mirar, colocar, mover e inspirar maravillosamente. Al que dirige no se le ve, pero se le nota. Ya no quedan entradas y no han empezado todavía las funciones de este bis requerido con tanta ansia. Por algo será. Es cierto que Valle les da mucho a sus personajes, pero exige lo mismo que te regala. Un ten con ten. Maneja el diccionario como un bailarín. Hay que estar a la altura o perderlo todo. Y no se quedan cortos. Ni unos ni otros.

No sobra la música ambiente y en directo, aunque me temí que pudiera pasar en algún trance. La luz lúgubre, de ese Madrid miserias que vive arrastrándose, con claroscuros recuerdos de pinturas negras: Maravillosa, dibujada. Madrid es otro personaje. Oigo palmas flamencas para acariciarme... El trajeado fiel, cuidado, creíble y en su sitio; de su época (Lorenzo Caprile). Y esa capa española, tan española que acabará matando de frío y de pena a su héroe incomparable porque la dejó sola; empeñándola en un lance... de tabernas. Casi como la túnica del nazareno. La obra es un descenso lento a los infiernos, pero sin retorno posible. Rueda Max cuesta abajo por una España que le acompaña al hoyo pero que después se marcha al bollo tranquilamente. Carrozas y cementerios, vivos y muertos, todos convidan. Brindis por “carlos” y “felipes”… segundos. Viva la muerte. Muera la vida. Salud y República.



Malditas las guerras. Y maldita la miseria que conduce a ellas. Aprieto los dientes como Max Estrella. El mundo está lleno de sepultureros…no se les olvide. Y así, de capa caída, se fue marchando a su casa el poeta más grande de España…

Muriendo a los pies de su puerta, cerrando un círculo vicioso. Ahí se quedó sin ser profeta en su tierra hasta muy tarde. Pero no morirá solo... todas las que lo quieren se morirán esperándole. No cuento más.

La construcción de la escena resulta ágil, rápida, lo mismo un bar, que un camposanto o un ministerio, igual en casa que en la calle, en un burdel o en una cárcel como antesala del paseíllo. Un velatorio puede ser el comienzo de otra juerga. Lo mismo un vaso de vino... que uno de sangre. No hay que olvidar lo difícil de levantar este monumento con tantos mástiles, amores de pega, banderas, copas, desfiles y donaires...

Es el esperpento. El esperpento es todo. El patetismo elevado a la categoría de arte. Una religión nueva con su nuevo Jesucristo, con su crucificado... la inteligencia,  la ironía de la impostura, la exageración, la burla y su disfraz, la mirada fina, la risa, la palabra mejor dicha, la rebeldía ...una forma de vengarse. Eso es la belleza.

Un privilegio.

El esperpento es todo y nos sirve para reírnos de la muerte. Resucitará cada día Max Estrella para nosotros durante un mes. Ya llegan tarde.

Mejorando lo presente, no pasa todos los meses que venga a vernos tan ilustre personaje. Y en tan buena compañía. ¿Serán todos a la vez el mismo Valle, Alejandro Sawa, o Máximo Estrella...? Qué más da, eso no importa: ¡Es el mayor poeta de esta España cerrada! 

…Y a continuación vienen con él su corte de aduladores, aprovechaos, turbas, guardias, perros, gatos y un loro. No falta nadie.

Habrá que hacerle, agradecidos, los honores que se merece por su aniversario. Una vez más.

Cráneo privilegiado. 



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Teatro: Teatro Español. Sala principal.
DirecciónPlaza de Santa Ana. Calle Príncipe 25.
Fechas: Del 23 de Enero al 7 de Marzo. De Martes a Domingos a las 19:00.
Función accesible: Viernes 27 de Febrero.
Duración120 minutos.
EntradasDesde 6€ en Teatro Español. Programa de mano.




Ficha artística

Autor: Ramón del Valle-Inclán

Versión y dirección: Eduardo Vasco

 

Reparto:

Max Estrella: Ginés García Millán

Latino de Hispalis: Antonio Molero

Claudinita: Ana Veganzones

Zaratustra/ Sereno: Ángel Solo

El marqués de Bradomín/ Guardia: David Luque

Madame Collet/ Madre del niño: Elena Rayos

Rubén Darío/ Guardia: Ernesto Arias

El chico de la taberna/ Piano: Iván López-Ortega

Don Gay/ Sepulturero: Jesús Barranco

Preso/ El Pollo: José Luis Alcobendas/ Agus Ruíz

Capitán Pitito/ Sepulturero: José Luis Martínez 

Gálvez/ Contrabajo/ Guitarra: José Ramón Arredondo

Serafín el Bonito/ Camarero: Juan Carlos Talavera

Clarinito/ El Joven: Juan de Vera

La Lunares/ La Chica: Lara Grube

La Pisabien: María Isasi

El Ministro/ El Cochero: Mariano Llorente

El Rey de Portugal/ Dieguito: Mario Portillo

Dorio de Gádex: Pablo Gómez Pando

Pérez/ Guitarra/ Percusión: Pablo Salinero

La Portera/ La Periodista: Puchi Lagarde/ Lucía Bravo

Basilio Soulinake/ Viejo que escribe: Rafael Ortiz

Don Filiberto/ Borracho: Raúl Ferrando

Vieja pintada/ La vecina: Silvia de Pé

Pica Lagartos/ Ujier: Toni Misó

 

Escenografía y atrezzo: Carolina González 

Iluminación: Miguel Ángel Camacho

Vestuario: Lorenzo Caprile

Música y ambiente sonoro:  Eduardo Vasco

Ayudante de dirección: Laura Garmo

Ayudante de escenografía: Lucía Ríos

Ayudante de vestuario: Lucía de Ramón-Laca/Ricardo Segarra

Residente de ayudantía de dirección: Giulia De Crescenzo

Asistente artístico: Paul Alcaide

 

Agradecimientos: RESAD

Producción: Teatro Español

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