Teatro: Todos los ángeles alzaron el vuelo. Nave 10 Matadero

Comenzamos el año teatral de Nave 10 Matadero. Volvemos a sumergirnos en el universo de La Zaranda, un lugar oscuro y complejo, donde habitan esos personajes alejados del foco, aquellos que viven al margen de la sociedad, los secundarios de cualquier obra, los furtivos a los que nunca iluminan los focos. Con su nuevo montaje nos vuelven a sorprender y a enamorar a partes iguales, descubriendo la belleza de esos lugares tenebrosos, mostrándonos la delicadeza y fragilidad de la vida en las fronteras. Historia de personajes marginales que intentan escapar del infierno para alcanzar el cielo, aunque el destino sea cruel en la mayoría de los casos y los finales felices no abunden en estos relatos.



 La compañía en activo más longeva del panorama nacional (48 años de singular e impecable trayectoria) nos hace volar en su último trabajo, de la mano de unos ángeles que surgen de las tinieblas para arrebatarnos el corazón. Un delicioso acto escénico, como nos tiene acostumbrados la compañía jerezana, en el que los despojos de la sociedad de nuestros tiempos nos mostrarán todo lo que no queremos ver en nuestro día a día. Yonkis, proxenetas, prostitutas y seres que bordean lo mitológico, todos ellos se embarcan en un descenso a los infiernos que les llevará por descampados, moteles, callejones o tugurios, buscando una luz que les saque de sus vidas oscuras. 

Estrenada el pasado año en el Teatro Rojas de Toledo, llega ahora a Madrid esta obra dedicada a la memoria de Laura Gómez-Lacueva, actriz que iba a protagonizar la obra y que falleció en 2023. Por ello, la obra estuvo en barbecho dos años (la compañía reconoce que no querían hacerla), hasta que la temporada pasada la retomaron en su honor. El espectáculo se convierte en un gesto de memoria, de agradecimiento, de homenaje a una de las personas más importantes en la historia de la compañía.



Esta nueva producción de La Zaranda, Teatro Inestable de Ninguna Parte, en colaboración con el Teatro Rojas y el Teatre Romea, nos vuelve a atravesar, a emocionar y a descolocar. Un montaje más accesible que algunos anteriores, pero igual de bello e intenso, de poético y delicado, de bello y conmovedor. Porque el teatro de La Zaranda es todo eso y mucho más, es un modo de existir, de relacionarse con el mundo, de buscar la belleza en los lugares más profundos del alma humana. La compañía vuelve a poner el foco en lo más hostil, en los márgenes de la sociedad, pero siempre desde la tradición picaresca, desde un lugar que nos conmueve, con unos personajes que nos enternecen pese a su futuro desolador. Con un brutal trasfondo social, la obra mezcla de forma elegante la realidad y la ficción, a modo casi de realismo mágico, para conjugar esos outsiders con una poética delicada, que hace de cada escena un monumento al teatro y a la vida.



El texto de Eusebio Calonge destila belleza en cada frase, pero con la aspereza de quien habla de los olvidados, con la delicadeza y la belleza que caracterizan siempre sus textos, pero con la crudeza y la verdad de mostrar el lado oscuro de la vida, ese al que no queremos mirar, ese que nos hace desviar la mirada al cruzarnos con esas personas por la calle. Mordaz e incisivo, el relato que nos muestra la obra transita entre lo real y lo ficticio, entre la cotidianeidad y la ensoñación, mostrando la periferia de ese añorado estado del bienestar, en el que creemos vivir, cuando quizás estemos más cerca de las personas que transitan por esta deliciosa pieza. Con ese humor tan áspero y desgarrador que siempre ha marcado los montajes de la compañía, la historia nos resulta tierna y conmovedora pese a la crudeza de lo que nos cuenta. Un humor que lejos de edulcorar la realidad, nos la muestra en toda su desnudez, para que nos hiera y nos zarandee. El autor comenta que "el ser humano se ríe para defenderse de lo trágico. Es un acto de resistencia y dignidad frente a lo inevitable", para dar una de las claves de la ética de la compañía.




En esta pieza nos rodearemos de personajes que intentan buscar su propia libertad en las drogas, personajes dependientes de una sociedad que los empuja al abismo, vidas que sucumben ante un mundo que les da la espalda, que los margina y los deja de lado. "El teatro siempre es espejo y lógicamente no hay que quedarse en esos personajes, sino trascenderlos con nuestra propia persona", afirma Calonge, que nos deja en esta historia una reflexión sobre la áspera realidad que nos ha tocado, sobre los márgenes del mundo, sobre la búsqueda incansable de una luz, por tenue que sea, que nos ayude a seguir luchando por la vida, en la continua búsqueda de la felicidad que muchas veces se nos disfraza de caminos que nos llevan a la perdición. "Creo que son los personajes los que siempre me han elegido a mí. Parto de lo que me duele, y lo que a mí me duele son estos personajes que se han quedado acorralados dentro de la sociedad, pero no hago un retrato social para estimular la pena, sino para mostrar verdaderamente el desconcierto y el expolio absoluto de humanidad a que estos personajes son sometidos" reconoce el dramaturgo.





Como es habitual, la dirección de Paco de La Zaranda es un trabajo artesanal, que nos deja unas composiciones escénicas pintorescas, unas creaciones de personajes asombrosas, una forma de trabajar desde el cuerpo de los intérpretes que potencia la historia e hipnotiza al espectador con los movimientos de los personajes en escena. Tengo que reconocer que me he quedado absorto por momentos, fijándome en los movimientos de alguno de los personajes en concreto. Para el director, esta obra es "una nueva liturgia, como todos los trabajos nuestros, pero en este caso acudimos al extrarradio. A mí me gusta decir que es un viaje poético a la periferia de la vida, a ese lugar donde viven los olvidados, donde la gente está más deshumanizada en una soledad tremenda, pero allí encontramos una ranurita de luz, en esos personajes que se nos antoja decir que son ángeles, aunque sea con las alas rotas y sucias, ángeles por las esquinas más sombrías de la vida".

La Zaranda busca la belleza en lo marginal, en lo olvidado, ponen el foco en esos lugares que para el resto pasan desapercibidos o incluso resulta incómodo mirar. Tras casi medio siglo de historia, la compañía ha creado un lenguaje escénico propio, inconfundible, que impregna a todos sus montajes de un magnetismo especial, de una poética y un humor muy singulares. Lejos de las modas, los jerezanos han conseguido un público fiel, que nos emocionamos con un teatro nada complaciente, que obliga al público a involucrarse, que nos lleva por lugares tangenciales del mundo, por aquellos espacios que no nos suele interesar transitar. En este montaje nos muestran a una serie de perdedores que transitan en una espiral de autodestrucción en la búsqueda de una mínima esperanza que los libre de su propio destino. Paco explica que "no se juega en un sentido literal y realista, sino que todo tiene una trascendencia y una metáfora porque en esa noche oscura que están viviendo es donde ellos pueden encontrar la luz que necesitamos para poder alzar el vuelo".



En esta historia conoceremos a dos prostitutas, un proxeneta, un exconvicto y un demente con aura mitológica (el loco que resulta ser, desde su inocencia, el más cuerdo de todos los personajes), ángeles que se arrastran por la delgada línea que separa la vida de la muerte, el cielo del infierno, la realidad de la ficción. Una serie de personajes marginales, unos pícaros contemporáneos que viven en una continua espiral de desgracias y despropósitos, que saben que tienen su destino escrito pero aún así buscan sus pequeños paraísos artificiales que les ayuden a escapar del infierno que son sus vidas. Viven en una lucha continua, la de seguir vivos en un mundo que no los quiere. La pieza se convierte en un viaje por la periferia de la vida, a ese lugar que siempre se quiere ocultar. La obra es, al mismo tiempo, elegía y celebración. Una pieza que se enfrenta a su tiempo y al tiempo mismo, consciente de la fatalidad que atraviesa a sus personajes, pero abierta aún a la posibilidad del amor y a una esperanza que no se proclama, sino que se insinúa.



Estos personajes son interpretados de manera fascinante por los habituales de la compañía Gaspar Campuzano (atracador y camello recién salido de la trena), Francisco Sánchez (Ramonet, un delicioso demente, un idiota entrañable y una de las creaciones más memorables de la obra) y Enrique Bustos (Paco Cadena, camello y proxeneta), a los que se unen las actrices Ingrid Magrinyá y Natalia Martínez, que dan vida a las dos prostitutas, Micaela (yonki de origen rumano) y La Alacrana. Todo lo que podamos decir sobre el trabajo que realizan los intérpretes en escena se queda corto. El trabajo es descomunal, desde que nos acompañan mientras que tomamos asiento hasta la última escena. La corporalidad, el juego, el dominio del espacio, todo ello realizado desde un lugar muy particular, que solo La Zaranda sabe exprimir para conseguir unos resultados tan fabulosos. Cada uno de los personajes merecería una obra, ya que la minuciosidad de la creación de cada uno de ellos es portentosa. Una obra de arte cada uno de ellos, poco más se puede decir.




Estos fabulosos personajes transitan por un espacio escénico vacío, ideado por el propio Paco de La Zaranda, que ellos mismos van complementando con elementos puntuales, una serie de trastos y objetos que parecen proceder de la basura, como el viejo somier de muelles, una caja de cervezas, unas mantas, unos libros viejos, unos cuantos zapatos rojos y la silla que desliza por escena el personaje de Ramonet. Una composición escénica sencilla pero muy efectiva, como ocurre siempre en los montajes de La Zaranda, que utilizan objetos cotidianos para crear diferentes realidades y situaciones. Cada elemento cobra vida para crear imágenes cargadas de belleza y simbolismo. El espacio se completa con la fabulosa iluminación de Peggy Bruzual, uno de los elementos clave del montaje. Con un fascinante juego de luces y sombras, la poética de la luz amplia la concepción de cada escena, potenciando los detalles, jugando con las tonalidades, impregnándolo todo de un misticismo fantástico y a la vez fantasmagórico. No podemos dejar de hablar del vestuario creado por Encarnación Sancho, que reúne toda la gama de colores del mejor Barroco, contrarrestando los colores vivos de algunos de los personajes con tonalidades más apagadas en otros, en un ingenioso juego colorista que contrasta con el ambiente lúgubre del montaje.



En definitiva, cada nuevo espectáculo de La Zaranda es una experiencia teatral sublime, que nos lleva a lugares pocas veces visitados. La humanidad con la que moldean sus personajes, la poética con la que nos hablan de la vida, la sencillez de las cosas más cercanas, que los jerezanos consiguen encumbrar hasta el olimpo. El juego, la belleza, la lealtad a una forma de hacer las cosas, a unas ideas, a una forma de vida. Cada uno de los personajes que componen este montaje es una joya en si mismo. Todo lo que vimos, en poco más de una hora, es la esencia misma del teatro y de la existencia. Cada uno de esos personajes condenados merecería un montaje propio, un indagar en su historia, un análisis profundo de cada una de esas personalidades, que los intérpretes consiguen llevar a lo más alto. Tendría que ir a ver la obra unas cuantas veces más para poder quedarme con todos los pliegos que tiene la obra, con todos los matices, con la profundidad de cada línea de texto. La compañía más longeva de nuestro teatro sigue sorprendiéndonos como el primer día. Larga vida a La Zaranda!!!!

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Teatro: Nave 10 Matadero.
Dirección: Paseo de la Chopera 14.
Fechas: Del 8 al 25 de Enero. De Martes a Domingo a las 19:30. 
Duración: 90 minutos.
Función accesible: Viernes 16 de Enero.
Entradas: Desde 15,75€ en Nave 10. Martes día del espectador.


Ficha artística

Texto 

Eusebio Calonge

Diseño de vestuario

Encarnación Sancho

Dirección

Paco de La Zaranda

Ayudantía dirección

Andrea Delicado

CON

Ingrid Magrinyá, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos

Producción 

La Zaranda, Teatro Inestable de Ninguna Parte

Diseño de espacio escénico

Paco de La Zaranda

Con la colaboración de

Teatro de Rojas y Teatre Romea

Diseño de iluminación

Peggy Bruzual

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