Constelaciones es una obra de teatro contemporánea que explora la relación entre X, una física cuántica, e Y, un apicultor. Su encuentro parece casual, pero se plantea la historia a través de la teoría de los universos paralelos y del concepto del multiverso, mostrando cómo una misma relación puede desarrollarse de formas radicalmente distintas dependiendo de pequeñas elecciones, circunstancias o coincidencias.
La obra comienza con una escena aparentemente sencilla: X e Y se conocen. A partir de ahí, se despliegan múltiples variaciones de esa situación, en las que los mismos diálogos se repiten con matices distintos, generando escenarios donde la relación prospera, fracasa, nunca llega a ocurrir o termina abruptamente. Cada versión es como un reflejo alternativo, una posibilidad en ese “mosaico” de universos que coexisten. Porque te deja con una sensación muy concreta: la de estar repasando tu propia vida a base de “¿y si…?”. ¿Y si aquel día hubieras dicho otra cosa? ¿Y si no hubieras ido? ¿Y si hubieras contestado el mensaje? ¿Y si te hubieras quedado cinco minutos más? La obra convierte ese runrún —tan cotidiano— en teatro.
Nick Payne escribió "Constelaciones" como un artefacto dramático que parece pequeño, pero que se comporta como un universo. El punto de partida es mínimo: dos personas se conocen y vamos asistiendo a distintas versiones de su relación. Pero el texto no se limita a “contar alternativas”; lo hace con un mecanismo casi musical. Las escenas vuelven una y otra vez, se repiten con variaciones diminutas (una palabra, un tono, una pausa), y esos cambios, que en la vida parecen insignificantes, aquí hacen saltar la historia a otro carril. Es como ver un mismo instante desde varios ángulos, como si el tiempo tuviera espejos.
Lo que engancha es que la obra, pese a hablar de física y universos paralelos, no va realmente de ciencia. Va de lo humano. De esa mezcla de deseo y miedo con la que nos acercamos a alguien: querer conectar y a la vez querer protegerse. Y lo cuenta de una manera que te toca porque todos tenemos esa película interior en la cabeza: la versión que vivimos y la versión que imaginamos que pudo haber sido.
"Constelaciones" tiene un ritmo muy particular. No es una obra de escenas largas que se cuecen a fuego lento. Es más bien una sucesión de golpes: frase, réplica, corte; frase, réplica, corte. A veces parece que el teatro está rebobinando y probando otra toma. Esto, cuando está bien ejecutado, es hipnótico: la repetición se vuelve sentido y cada variación abre un matiz nuevo. Cuando no, corre el riesgo de parecer un ejercicio mecánico, una acumulación de “otra vez lo mismo”. Pero el texto está escrito precisamente para moverse en esa frontera: lo repetitivo es parte del juego, y la clave está en que cada retorno tenga una verdad distinta.
Además, la obra construye muy bien el salto de registro. Empieza con el encanto de lo cotidiano: el coqueteo torpe, el humor, el tanteo de dos personas que no saben aún qué va a pasar. Ahí la obra puede ser muy divertida, incluso ligera. Pero poco a poco va dejando caer un peso, y cuando aparece la enfermedad (lo irreversible, lo que no depende de escoger mejor), todo se recoloca. Es el momento en el que "Constelaciones" deja de ser un juguete formal y se vuelve una pieza profundamente trágica, de cuidado, de pérdida y de aceptación.
Los protagonistas son dos y están dibujados con una sencillez muy inteligente. Ella es física: alguien que trabaja con hipótesis, probabilidades y modelos. Él es apicultor: alguien pegado a lo orgánico, al trabajo paciente, a lo que se cuida día a día. En una obra que habla de posibilidades, los oficios funcionan como metáfora de temperamentos: una mente que tiende a explicar y un cuerpo que tiende a sostener. Ella mira el universo como un mapa; él lo mira como algo que se toca.
Y en medio está la relación: el intento —a veces torpe, a veces luminoso— de encontrarse. Lo bonito del texto es que no idealiza. Te enseña cómo se construye una historia a base de aciertos y fallos, de pequeñas cobardías y pequeños corajes. Y al mostrar versiones alternativas, te hace ver que el amor no es una línea recta: es un conjunto de posibilidades que, por algún motivo, colapsan en una sola. En el teatro, eso no se explica: se hace.
Aquí es donde el montaje del Centro Dramático Nacional, dirigido por Sergio Peris-Mencheta, toma una decisión que cambia la experiencia: no se limita a contar universos paralelos, sino que los fabrica cada noche.
En escena hay un elenco ampliado y, antes de empezar, se introduce un elemento de azar con participación del público: mediante sorteo se elige qué pareja interpretará la función esa noche. Los intérpretes que no actúan pasan a sostener el espectáculo desde otra capa: música y presencia en directo, como un tejido vivo alrededor de la historia.
Esto tiene dos efectos muy potentes. El primero es conceptual: el tema deja de ser un discurso y se vuelve una práctica. Si la obra habla de posibilidades, la función es una posibilidad concreta elegida ante tus ojos. El segundo es emocional: no estás viendo “la obra”, estás viendo tu versión de la obra. Una entre muchas. Y eso, aunque parezca un detalle, te coloca en una posición distinta como espectador: más consciente de que lo que ocurre podría haber sido otra cosa.
Pero, como todo lo valiente, esto también tiene su coste. Constelaciones depende muchísimo de la química. Y la química no es intercambiable: cambia con los cuerpos, con los ritmos, con los temperamentos. Al aceptar el sorteo, el montaje acepta que habrá noches con una temperatura afectiva más alta y otras donde se note más la ingeniería. Es un riesgo asumido y, en cierto modo, coherente con el propio material: el azar no garantiza el mejor universo, solo garantiza otro.
Actuar "Constelaciones" no es solo actuar: es hacer malabares sin que se note. Porque no basta con construir a los personajes; hay que reconstruirlos una y otra vez con variaciones mínimas. Hay que repetir escenas sin convertirlas en sketch, variar sin caricaturizar, sostener continuidad emocional, aunque el texto te obligue a saltar de versión en versión.
Es un tipo de trabajo que exige escucha y precisión. Cada micro gesto cuenta. Cada pausa. Cada acento. Si el intérprete no está finísimo, el mecanismo se ve demasiado, como si te enseñaran el truco. Si está finísimo, ocurre lo contrario: el espectador deja de pensar en el dispositivo y empieza a sentir que, efectivamente, está viendo posibilidades reales de una misma vida.
Y aquí la presencia del resto del elenco —cuando no actúa como pareja— aporta algo importante: el espectáculo no descansa solo en dos. Hay una comunidad escénica que acompaña, arropa y, sobre todo, marca ritmo. Eso puede ser un salvavidas en un texto que se fragmenta tanto: la música y la presencia ayudan a coser las transiciones para que no se conviertan en un simple “corta y pega”.
La propuesta espacial refuerza la idea de experimento. El escenario se organiza de forma que el público observa desde distintos puntos, como si lo íntimo estuviera bajo una lupa compartida. Hay un componente de movimiento, de rotación, de “cambio de ángulo” constante que encaja muy bien con el concepto de universos que se reordenan.
Y, sin embargo, aquí aparece una tensión preciosa (y peligrosa): "Constelaciones", por debajo de su aparato, es una obra de intimidad. Dos personas hablando, dudando, acercándose, alejándose. Esa cercanía emocional, esa sensación de estar “a un palmo” de lo que pasa, es fundamental para que el golpe final duela de verdad. Cuando el espacio se abre y se hace más espectacular, el montaje corre el riesgo de que haya demasiado aire entre los cuerpos, de que la historia se vea más que se sienta.
La obra pide fragilidad; la forma propone ingeniería. Y en ese choque está su personalidad. En una obra hecha de cortes, la iluminación no es decoración: es gramática. Es la puntuación que te dice cuándo cambia el universo, cuándo vuelve, cuándo se desplaza el sentido. Los apagones, los encendidos, los saltos rápidos crean esa sensación de estar viajando por versiones.
La música en directo cumple otra función: no solo acompaña, sino que da continuidad emocional. En un texto tan fragmentado, el sonido puede hacer de hilo invisible, el que te permite pasar de una escena a la siguiente sin sentir que todo es una colección de piezas sueltas.
Todo lo anterior —el multiverso, las variaciones, la mecánica— se pone a prueba cuando aparece lo inevitable. Porque hay un momento en que ya no importa si dijiste esto o lo otro. Hay cosas que no se arreglan con una frase mejor. Y ahí la obra se convierte en otra cosa: en un relato sobre el cuidado, el miedo, el amor cuando ya no es promesa sino tarea, y el dolor cuando ya no es una posibilidad sino un presente.
El final es donde el mecanismo se vuelve humano. Donde la teoría se calla y entra el cuerpo. Y donde el espectador deja de mirar el “qué ingenioso” para empezar a sentir el “qué verdad”.
Esta "Constelaciones" del CDN es una propuesta con vocación de acontecimiento. Tiene la ambición de convertir una idea (el multiverso) en una experiencia teatral real, y eso es algo que se agradece en una cartelera donde a veces la forma se queda en envoltorio. Aquí la forma es el tema.
Muy recomendable, sin duda a quien disfrute del teatro que arriesga con la estructura, del espectáculo que se piensa a sí mismo y de las obras que te obligan a participar, aunque sea solo con la cabeza. Y también a quien haya querido a alguien con esa sensación rara de que todo pudo haber sido distinto, pero fue como fue.
Porque al final, por debajo de la física y del sorteo, "Constelaciones" habla de lo de siempre: dos personas intentando no perderse del todo. Y eso —cuando el montaje logra que la ingeniería no tape la fragilidad— es de las cosas más bonitas (y más dolorosas) que puede hacer el teatro.