Llega a Nave 10 Matadero uno de los montajes más esperados de la temporada (al menos para el que suscribe estas líneas). Alberto Conejero nos presenta su nuevo texto, en esta ocasión dirigida por la talentosa María Goiricelaya, una historia sobre la pérdida, la familia y la búsqueda de la identidad. Una pieza colosal, en la que conoceremos a una familia que intenta encajar las piezas de su propia existencia tras la muerte de una madre que huyó a Ítaca hace demasiado tiempo. Es el momento de que sus hijas busquen su lugar en el mundo, lo que les llevó a distanciarse de ella y las empujó a unas vidas no deseadas. Una soberbia propuesta que entrelaza con maestría la comedia y el drama. Una pareja, la de estos dos creadores, que ha conseguido un complejo artefacto escénico desde la sencillez de la verdad y la honestidad.
Salimos de la sala con los ojos aún vidriosos, emocionados por la sacudida que acabamos de recibir. Escuché al gran Alberto Conejero, autor de este precioso texto, que le gustaría que los espectadores salieran de la función con ganas de llamar a sus madres para saber de ellas, decirles lo importantes que son para nosotros, o simplemente para escuchar su voz. Es inevitable que no te asalte ese pensamiento al salir de la Nave 10 de Matadero, al ver esta fabulosa propuesta en la que se ensalza la figura de la madre al mismo tiempo que se reivindica el valor de querer ser libre, de escapar de las ataduras para poder disfrutar de la vida que cada una haya elegido, sin mirar atrás, aunque los recuerdos no de abandonen en ningún momento. Como era de esperar, llame a mi madre al salir de la función.
Esta producción de Nave 10 Matadero y Octubre Producciones es una de las obras más brillantes que hemos visto últimamente. Todo en ella encaja a la perfección, cada una de sus piezas roza la excelencia, todo emociona y duele. Una prodigiosa pieza escénica llena de humor y de dolor, en el que cada detalle está cuidado con mimo, en que cada elemento suma para construir un monumento a la figura de la madre (la de ellas o la de cada uno de los espectadores) y recordarnos lo importante que es tener ese pilar de nuestras vidas, sin el que nos sentimos perdidos y abandonados. El tándem formado por Alberto Coenejero y Maria Goiricelaya funciona a la perfección, da la sensación de ser una pareja que hubiese trabajado unida siempre. Los dos saben tocar la fibra y hacer de cada escena todo un monumento al teatro, a la emoción, a la vida. Creo que no me equivoco al decir que este debe ser el comienzo de una larga amistad que les lleve a realizar muchos proyectos juntos.
Hablar de Alberto Conejero son palabras mayores. Es un virtuoso de las palabras y lo demuestra en cada nuevo texto que nos regala. Tras emocionarnos esta misma temporada con su deliciosa y desgarradora "Leonora", el autor de obras tan redondas como "En mitad de tanto fuego", "La geometría del trigo", "El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca", "Todas las noches de un día" o "La piedra oscura", nos regala ahora esta "tragicomedia íntima que transita entre el duelo y la risa inesperada, entre la memoria y la posibilidad de renacer, y que propone una mirada humana sobre los vínculos familiares". Un texto que se desliza con sutileza entre el humor y la drama, que transita lugares de profundo dolor con otros de impecable dulzura, para componer una historia llena de matices, de aristas, de interrogantes por resolver, todo ello con la figura de la madre ausente, presente en todo momento e hilo conductor de toda la trama.
El propio Conejero define la obra como "una oportunidad de nombrar los silencios que atraviesan nuestra vida. El silencio es elocuente y todos arrastramos cicatrices de silencio, pero también creo que siempre estamos a tiempo de nombrar”, esos silencios que pesan a lo largo de la función, esas miradas entre las actrices que lo dicen todo, esas pausas que son como losas llenas de culpa. Todo esto lo tiene este texto que nos va desnudando una situación familiar compleja, en la que precisamente son las cosas que no se han dicho, las que marcan las relaciones. Una historia en la que la figura de la madre ausente es capaz de curar heridas y de cambiar el rumbo de las vidas de sus hijas. "Ítaca aparece, así, como símbolo de la propia vida: punto de partida y de llegada, puerto y travesía, un lugar que nos pregunta qué hemos hecho con nuestro viaje" cuenta el dramaturgo.
Durante este mes de Febrero, el nombre de Maria Goiricelaya está de rabiosa actualidad, ya que en cuestión de días ha estrenado este impecable montaje y "Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán" en el Teatro de La Abadía, junto a su compañía La Dramática Errante, que ha recibido una gran acogida en su gira nacional. La directora de obras tan interesantes como "Altsasu", "Yerma", "Festén", "Nevenka" o "Dysphoria" (estas dos últimas aún sin estrenar en Madrid), nos sorprende con un montaje intimista, con un juego metateatral muy ingenioso, en el que se involucra a los espectadores desde el primer momento. Las actrices entran y salen de la escena, ejercen de narradores y nos dan incluso ciertas acotaciones propias de la dirección, para guiarnos por esta preciosa historia de búsqueda de la identidad desde el dolor de la pérdida.
María se ha convertido en una de las directoras más singulares de su generación, con una mirada llena de ternura y una visión muy global de lo que tiene que ser el montaje teatral. Con una sensibilidad especial, sabe guiar a las actrices para que exploren cada arista del personaje, y consigan transitar un amplio espectro de emociones hasta llegar a lo más hondo del personaje. La directora cuenta que "la obra propone una mirada bondadosa hacia quienes nos precedieron, una invitación a reconocer a madres y padres como personas completas, con deseos, contradicciones y sueños". Y es ese camino hacia el descubrimiento de la madre el que deben transitar las tres hijas, despojándose de los prejuicios y con la sensación de todas las cosas que se han dejado por hacer.
Con estos mimbres, autor y directora crean una preciosa historia llena de dolor, de anhelos, de incertidumbre ante una vida sin el referente de la madre. Una propuesta que nos habla de memoria, tanto colectiva como individual, del delicado equilibrio entre el dolor de la pérdida y la incertidumbre del futuro, entre el vacío por la muerte y la sensación de que el abismo de la vida nos empuja un poco más a tener que enfrentarnos a todos esos fantasmas que se han ido guardando en lo más profundo del alma. La isla de Ítaca convertida en el símbolo del descanso, del final del camino, ese lugar apartado del mundo en el que poder resetear y dejar atrás una vida no deseada para despojarte de las imposiciones y ser tu mismo. En este lugar, aparentemente vacío, encontrarán la paz para escucharse, detenerse a paladear las olas del mar, disfrutar de placeres como un cielo estrellado, frenar para poder volver a ser uno mismo. Las tres hermanas tendrán que recomponer su mapa vital desde el duelo por la pérdida de la pieza más importante, la madre, pero que se había convertida en un elemento distorsionador de la realidad familiar.
La obra, como ya hemos dicho, nos lleva hasta esta paradisíaca isla griega, donde las tres hermanas deben hacer frente a la muerte de su madre, Alicia, una profesora de griego clásico que las abandonó en Madrid hace veinte años para vivir su propia vida apartada de todo y en busca de sus sueños. Ariadna, Penélope y Elena, tres mujeres entre los 40 y los 50 años, llegan a la solitaria casa frente al mar que fue cobijo de su madre estos años. Lo que comienza como un encuentro marcado por la pérdida, la ausencia y los reproches, se va transformando en un espacio sanador, un lugar en el que revisar el pasado, donde decir todas esas cosas que no se dijeron a tiempo, donde buscar el camino de vuelta a la vida, esa que buscó su madre en Ítaca. Ahora que el muro que nos sostiene se ha cae, toca preguntarse como seguir adelante cuando ya no hay respuestas. Estas Tres noches en Ítaca les dará la oportunidad de descubrir quién fue su madre y descubrirse a ellas mismas.
Estas tres hermanas son las maravillosas Cecilia Freire, Marta Nieto y Amaia Lizarralde, tres actrices que hacen un trabajo portentoso, que nos dinamitan el corazón con su dolor, que nos impulsan con su energía, que nos sorprenden cuando poco a poco se van desnudando ante nosotros, para mostrarse con todas sus debilidades y sus miedos. A ellas hay que sumar la colaboración de la gran Julieta Serrano, como la voz de la madre ausente. Las tres nos muestran personalidades casi antagónicas, como suele ocurrir en muchas familias. Penélope, fabulosa la energía que le impregna Amaia Lizarralde, es la hermana mayor, una mujer empujada al borde del abismo de su propia vida, pero que intenta aparentar que todo va bien. En todo momento intenta ejercer de hermana mayor, haciendo de puente entre sus hermanas.
Marta Nieto está descomunal en el personaje de Ariadna, quizás el personaje con más aristas. Una mujer triunfadora, que trabaja en Estados Unidos y que vive muy alejada de la familia, aunque intenta mantener el contacto telefónico con Penélope. Su vida ha quedado marcada por la huida de su madre, a la que le reprocha todo lo malo que les ocurrió, sin pasarse a intentar comprender los motivos que la llevaron a cambiar de vida. Una interpretación fascinante, con momentos sublimes que nos cortan la respiración, y una evolución del personaje que nos encoje el alma. Por último tenemos a Cecilia Freire, que convierte al personaje de Elena en todo un volcán, lleno de emociones, miedos, angustias e inseguridades. Lo que hace en escena con este personaje es maravilloso, nos duele su mala vida, nos entristece su mala cabeza y nos enorgullece cada una de sus buenas decisiones. La vulnerabilidad con la que se muestra es una de las interpretaciones más bellas que he visto este año (otra sería la que la misma actriz hacía en "Violencia", otra obra maestra).
Y todo esto, sucede es un espacio escénico precioso, creado por el siempre original Pablo Chaves (responsable también del vestuario), un lugar mágico en el que nos junta la esencia de esta búsqueda en el que se convierte la obra. El escenario se divide en tres, con especial relevancia a la parte central, en la que se encuentra la casa. Todo el lugar está impregnado de magia, desde el color blanco que lo inunda todo hasta el misterio que envuelve a la casa. Una elegante e impactante propuesta escénica que funciona y sorprende al público (muchos fuimos los que la fotografiamos antes de empezar). A esto hay que sumarle la impecable iluminación diseñada por el David Alcorta, capaces de darle a cada escena la tonalidad precisa para que cada una se disfrute como un lienzo. Sobre esa pulcritud escénica se proyectan los audiovisuales creados por Estudio Gheada. No podemos terminar este apartado sin nombrar la emotiva música original de Luis Miguel Cobo, responsable de todo el espacio sonoro.
En definitiva, estamos ante uno de los montajes del año. Las palabras de Alberto Conejero siempre llegan al alma, es imposible no emocionarse ante la belleza de esta historia en la que tres almas perdidas buscan su redención, el regreso a Ítaca como símbolo del renacer, del inicio de un nuevo camino. Si hablamos del texto en estos términos, que decir de la elegante y cuidada dirección de María Goiricelaya, que con cada nuevo montaje vuelve a consagrarse como una de las creadoras con mayor sensibilidad de la escena nacional. Y a todo eso hay que sumar a las tres actrices, que nos regalan unas interpretaciones para enmarcar. Como dije al principio de esta reseña, todo esta obra encaja a la perfección y suma para conseguir un artefacto escénico emotivo y delicioso. Con todo agotado desde poco después del estreno, esperemos que vuelvan pronto, para que se pueda seguir disfrutando de este gran viaje.