Nos encontramos en las islas, las británicas, y allí en el 83, que ya ha llovido, Roald Dahl revisa su último libro, que va a ser publicado en breve. En estas, que ha manifestado también este señor, gigante, su opinión abiertamente antisemita, cosa que no ha sentado nada bien. Y en su casa, y en esa tarde, El señor Dahl tendrá que tomar un camino, o pedir disculpas por lo que piensa o seguir pensando lo mismo sin pedirlas. Conflicto en todo lo alto, conflicto también gigante.
Y en este salón, y en esta mesa de esta casa en obras, comienza el enredo, el eterno dilema entre el querer y el deber, las opiniones, las posturas, las excentricidades, las reputaciones, las consecuencias, la prensa, las conciencias, las verdades a medias, las mentiras disfrazadas, el parecer de unos y otras, de otros y unas, en este artículo de opinión sobre un tema que estuvo, está y estará en boca de todos nosotros, seamos cercanos o lejanos al conflicto, o como dicen en la obra, de manera diría yo que poética, “la cosa más indigna que se haya escrito jamás en lengua inglesa”.

José María Pou, gigante, animal , inmenso , encarna a este escritor a vueltas de todo, con sus ideas, con su superioridad moral ante los que le rodean, un buen tipo con ese humor tan especial que no todo el mundo entiende, y que sí entienden en sus obras, mágicas, misteriosas, infantiles, deliciosas. Esa fábrica de chocolate y su Charlie, excéntrico también, esas brujas, esa pobre Matilda en aquel terrible orfanato… obras que han adornado estanterías y mesillas de tantas generaciones…”A ver, que no eres de esos gigantes”.
Pou nos gana una vez más , nos demuestra su maestría en estos lares teatrales, que bueno es, que grande, que bestia, que animal de las palabras, como las maneja, como las acentúa, como las lanza y nos lleva a exaspéranos, a reírnos, a indignarnos, a quejarnos, a identificarnos, a quererle, a odiarle, a mimarle. A admirarle. Gigante entre los gigantes, que va apareciendo, va creciendo, con esa voz, ese cuerpo, esos gestos, esas miradas, esa presencia que engrandece y llena por completo el escenario, que nos seduce, que nos atrapa, que nos retrae y atrae a partes iguales en ese Roald que nunca fue Sir, pero si elegido como uno de los mejores contadores de historias en Inglaterra. “Yo necesito lápices para escribir, sino hay lápices no hay libros”.

Y el conflicto se va agigantando también, el mismo, el de tantas y tantas veces, el difuso en sus orígenes y claro en su desarrollo, Israel y Palestina, judíos y cristianos, nazis y derechos. Privilegios y poder. Como bien dicen, cuanto mayor sea el conocimiento, mejor será el mensaje. Y se arma la obra, y se van desarrollando las situaciones, los personajes, todos y todas maravillosas, el elenco. Aparece Liccy Crosland, la pareja de Roald, que le quiere y le aconseja, que le guía y le soporta, que le reprende, que le elogia. Aparece Victoria Pagès como contrapunto de José María, aparece Victoria también gigante. También inmensa.
.webp)
Pep Planas es Tom Maschler, el editor de Roald, judío, tranquilo, a la sombra del escritor, que no se mete en líos, que no quiere opinar por no confrontar, por seguir en ese plano que le da seguridad, donde cree controlar al gigante. Pep va creciendo en el escenario y también se hace inmenso, gigante, también nos gana con su seguridad en el escenario, con su dicción, con su presencia y elegancia. A esta familia inglesa tan peculiar la visita Jessi Stone (Claudia Benito), directora de ventas en las colecciones infantiles , también judía, que es la que prende la mecha, la que no tiene miedo al gigante, la que se enfrenta con él, con fuerza, de tú a tú. Su némesis en escena. Hace gigante al gigante, y se agiganta ella también, porque “Israel tiene derecho a existir. Nos han reducido a estereotipos”. LA GRAN POLÉMICA ANTISEMITA.

No estaría completa esta curiosa familia sin Hallie (Aida Llop) , criada para todo, atenta, divertida, coqueta, que sabe más de lo que parece, y que tampoco se quiere enfrentar a Roald, ella le gana con la comida. Con su simpatía, profesionalidad y buen hacer sobre el escenario, encarna al pueblo al que Roald se quiere acercar, y le pide consejo, y le pide opinión, le suplica que le guíe. También lo hace con Wally, el capataz de la villa, (Jep Barceló), sin pelos en la lengua, la voz de la conciencia de Roald. Es el personaje que le dice lo que quiere oír, sin tapujos, sin retóricas, sin prejuicios. La opinión tal y como es, sin otras florituras ni interpretaciones que lo que el sentido común le dicta.

Todos ellos componen el fantástico elenco, el gigantesco elenco de Gigante. Todos lo bordan , todos se gustan, todos nos relatan esa diversidad de puntos de vista, todos dirigidos con tanto acierto por Josep María Mestres, inspirada en hechos reales, ojo, basados en la obra de Mark Rosenblatt, donde quizá se recrea demasiado en el conflicto, que a veces se nos hace bola, pero no por la interpretación. El propio texto redunda y redunda y a veces encalla en las idas y vueltas, único pero que pondría al montaje.
Esta lucha de personajes sin vencedores y vencidos nos proporcionan una tensión en escena y una reflexión en mentes y almas que hacen que los ciento cincuenta minutos de duración vuelen, que queramos más de ellos, que sigamos cuestionando opiniones propias y diversas, contrarias y afines. Sin tregua. “No piense más joder, no piense más”.
Y llegamos al final, que no a la caída. Gigante es gigante en todos los sentidos, en lo gestual, en lo actoral, en lo corporal, en la verdad, en el conflicto, en los duelos, en la reflexión, en el interés, en la actualidad, en la escucha, en la rabia, en el reclamo, en la denuncia... Gigante es gigante.
Vengan a verla y no dejen que “la puta lluvia les fastidie el partido”. Giganteen en el Bellas Artes.
---------------------------------------------------------------------------------------