Rompientes. Teatro de La Abadía

Una casa frente al mar, ese lugar tan idílico que se convierte en un palco para ver en primera fila el horror. Toda la ternura y el amor que encerraban esas paredes se resquebrajan por el azote de las olas, que traen hasta la orilla los cuerpos sin vida de personas que solo buscaban la dignidad de una vida mejor. Un punto de inflexión para cualquier persona que lo vea, un punto de retorno que puede convertirse en una herida que no deje de sangrar, en un abismo por el que asomarse, un golpe de realidad que hace que se derrumben todos nuestros sueños y que lo convierte todo en un deambular sobre el hecho que cambiará para siempre lo que sentimos al ver la inmensidad del mar.


Una pareja acomodada, con su idílica casa frente al mar, al borde la playa, viven enamorados y felices en su pequeña burbuja, en ese entorno seguro que les permite vivir abstraídos de la realidad y centrados exclusivamente en el día a día de sus vidas. Pero todo esto cambia cuando el mar arroja a la orilla de la playa los cuerpos sin vida de personas que intentaban alcanzar nuestro país pero perdieron la vida en el intento. Personas adultas, pero también una pequeña criatura, los restos de un naufragio, las consecuencias de una sociedad que mira para otro lado. El mar, tan idílico cuando lo miramos en su bamboleo constante desde la orilla, se convierte en una fiera descontrolada que engulle a muchas de las embarcaciones que intentan escapar de la guerra, la injusticia y el hambre, en busca de un lugar mejor. El mar convertido en un inmenso cementerio, a veces nos lo recuerda escupiendo cuerpos sin vida a la orilla, para que volvamos a ser conscientes, al menos por unos momentos (lo que dura la noticia en el telediario) de la atrocidad que estamos permitiendo.



Esta producción de Teatro de La Abadía y Lazona nos muestra como un matrimonio naufraga al ver desde su ventana el horror del mundo que les rodea, ese del que querían abstraerse en su burbuja de clase media adinerada. La realidad más cruda del mundo les golpea y hace saltar por los aires su aparente felicidad, sacando a relucir la verdadera personalidad de cada uno de ellos. La polarización de la sociedad sale a relucir en las distintas maneras de reaccionar que tienen al ver lo que pasa frente a sus ojos. El horror de las muertes en el mar por una inmigración que es arrojada al abismo por las mafias de sus países, que dejan miles de víctimas en altamar, de las cuales algunas acaban en nuestras playas. Un mundo que se ahoga ante el grandioso ventanal de su casa, como quien está viendo una película de terror y no reacciona ante las atrocidades. Dos formas de actuar ante el desastre, dos maneras antagónicas de ver la vida.



La obra es un díptico escénico sobre dos de las obras más recientes del autor flamenco Paul Verrept (con traducción de Ronald Brouwer). El espectáculo une las piezas "Pleamar" y "La huida", para hablarnos de la empatía, de cómo nos comportamos ante la amenaza de que algo va a perturbar nuestra felicidad, del impacto que puede tener el mundo sobre nuestra vida privada. Un texto aparentemente hermoso, que esconde una desgarradora historia, detrás de una poética y delicada exposición de la situación. El autor nos habla de una de las mayores lacras que golpean nuestro tiempo, planteándonos el drama de las personas refugiadas que intentan llegar a nuestro país y como en la mayoría de los casos miramos para otro lado. Las crisis humanitarias, de las que ahora no dejamos de hablar y de ver noticias, sacan la esencia misma de cada uno de nosotros. ¿Qué pasa si la persona a la que amas no se comporta como esperamos ante esas crisis?

El proyecto nace, como explica el propio autor, por un encargo de la compañía belga SKaGeN, aunque reconoce que conectaba con asuntos que ocupaban mi cuerpo y mi cabeza en ese momentoPaul Verrept cuenta que "de alguna manera sentí que este texto era un texto bisagra. Escribí el primero de los monólogos como una historia de amor, sobre todo de desamor, pero enseguida se produjo un quiebro, apareció otro tema. Los refugiados aportan una especie de salvación, aportan muchas veces una nueva manera de mirar, una nueva perspectiva, una nueva energía, soluciones y a veces me resuelven el relato. Rompientes puede verse y leerse de dos maneras: como la historia de una pareja en la que el papel de los refugiados produce un cambio o como una historia de unos refugiados que repercute en una pareja".


La dirección corre a cargo de José María Esbec ("Viento fuerte", "Pulmones", "Yo me abraso de amores"), que concibe la pieza como dos monólogos casi independientes, en el que va teniendo ciertos puentes que los unen en determinados momentos. La composición escénica, el lenguaje elegido, la ruptura de la cuarta pared, son elecciones de dirección muy acertadas, que implican al espectador en la trama desde el principio. El director explica que la obra "es un ejercicio muy interesante porque obedece a una doble alteridad, a la que podamos tener con un semejante, como con una pareja, y luego con el otro, que en este caso es con el migrante, que puede ser alguien externo, que puede ser que me dé miedo, es decir, la otredad, y así funciona este engranaje en la pieza". De este modo, nos plantea un montaje poético, muy visual, en el que las imágenes narradas por la pareja protagonista nos llevan a lugares incómodos, que debemos confrontar y no apartar la mirada.

Esbec contaba, en la presentación de la obra en el Abadía, que "la elección del texto no ha sido tanto una decisión como la urgencia que late en él. Es un texto de la carencia o ausencia de nombres, ni él ni ella tienen nombre, ni quienes llegan, que son los migrantes, son nombrados. Es una tentativa para interpelarnos y especular sobre que cualquiera de nosotros podemos ser quienes allí se dicen".



El montaje, como ya hemos comentado, se compone de dos monólogos, las dos visiones de una misma historia, dos caras de la misma moneda, dos realidades que parecen antagónicas para contar un mismo hecho y sus consecuencias dentro de la pareja protagonista. En el primero de ellos escucharemos la versión de ella, en la que el dolor la golpea al ver como la marea escupe del mar los cuerpos sin vida de personas, adultos y niños, que intentaban llegar a nuestro país escapando de la miseria, con la esperanza de encontrar en Europa una oportunidad. Para ella este horror resulta muy doloroso, y la inacción de su pareja genera un abismo entre ellos. Su vida ideal se derrumba por el demoledor golpe de realidad que retumba tras los ventanales de la casa. Ya nada volverá a ser lo mismo tras dentro de esas paredes.




Este fue el primer relato que escribió Paul Verrept, que en un primer momento no fue concebido como el díptico que podemos ver ahora. Fue durante su gira cuando el autor tuvo la necesidad de crear una segunda parte, "La huida", en la que daba voz al marido para que contase su versión de los hechos. El autor explica que, pese a que intentó que no hubiese buenos y malos no lo consiguió, "En las dos historias, el hombre me provoca todavía más rechazo que la mujer", pero lo que sí ha conseguido es dar "un color más positivo al papel del refugiado, que en la segunda parte es alguien que aporta un impulso nuevo e incluso salvación" reconoce. Esta segunda parte resulta mucho más áspera, cruel, tanto por la actitud del hombre como por el discurso que sostiene. El resultado es una visión distorsionada de una realidad de la que no se debe huir, que no se debe banalizar ni demonizar. Dos visiones de un hecho que por la reacción de cada uno nos hace tomar partido claramente por la reacción de ella. 



Esta pareja está interpretada por Rebeca Hernando y Fernando Guallar, que consiguen, desde lugares muy diferentes, defender sus personajes con precisión y delicadeza. A ella le duele lo que ve, pero aún más la reacción de su pareja ante lo que está ocurriendo frente a su casa. El personaje de ella es mucho más visceral, más impulsiva, se deja guiar por el corazón y por sus principios, no entiende que la atrocidad puede dejarse pasar como si tal cosa. El dolor y la rabia se desprenden de la interpretación de Hernando, que desde la mesura y los pequeños detalles crea una personalidad compleja, que se desmorona ante nosotros por el dolor de lo que está viviendo. En el lado contrario se coloca el personaje al que interpreta Fernando. Su altivez y tono chulesco, su arrogancia y pasotismo ante una situación tan dramática, nos deja estupefactos desde el comienzo de su monólogo. Guallar consigue tejer con precisión un personaje que se precipita por sus propios ideales, una cuidada interpretación diseccionada en cada palabra, con convulsos cambios, muy propios de la actitud que demuestra desde el inicio. Dos personajes antagónicos, creados con una fantástica precisión quirúrgica.



Sin duda, uno de los mayores aciertos de este montaje es el ambiente onírico creado desde la escenografía diseñada por Petros Lappas y José María Esbec. Un espacio casi vacío, presidido por una pequeña piscina rectangular y una serie de elementos que se sitúan delimitando el espacio de forma perimetral. Un lugar que ya de antemano nos resulta hipnótico, onírico, queriendo hacer las veces de cobijo y en otras de desierto infinito. Todo ello sustentado con la delicada y precisa iluminación de Bibiana Cabral, que pinta las escenas con tonalidades de azul que convierten en lienzos cada uno de los monólogos. Todo este universo tan particular, en el que se juega entre lo real y lo onírico, no sería posible sin el impecable espacio sonoro creado por Alberto Granados (responsable también de la música). Por último, no queremos olvidarnos del elegante vestuario diseñado por Paola de Diego.


En definitiva, estamos ante una representación de una gran belleza estética, que nos hipnotiza desde su composición y su estilo. El texto nos muestra a las claras esa dualidad que tenemos tan presente a diario en los medios de comunicación, esas realidades enfrentadas por un hecho que debería dejar poco lugar para el debate. La polarización del mundo nos lleva a ver este montaje como un fiel reflejo de la realidad, cuando el horror de la gente que muere en el mar por intentar llegar a nuestras costas debería ser un problema al que todos buscásemos solución de una manera humanitaria. El espectáculo nos habla de empatía y de miedo, del dolor ante la injusticia y de la victimización que algunos hacen de estas personas que huyen de su casa en busca de un lugar donde poder vivir en paz. La función, y quiero suponer que el público, toma claramente partido por una de las posturas, por aquella que elegiría cualquiera con un mínimo de humanidad. Lo triste es que habrá gente que vea en este montaje un motivo para la discusión.
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TeatroTeatro de La AbadíaSala José Luis Alonso.
Dirección: Calle Fernández de los Ríos 42.
FechasDel 5 al 22 de Marzo. De Martes a Sábado a las 20:00. Domingos a las 19:30. 
Encuentro con el público: Miércoles 11 de Marzo.
Duración: 1 hora 30 minutos
EntradasDesde 19€ en TeatroAbadia.



Ficha artística

Texto: Paul Verrept
Traducción: Ronald Brouwer
Dirección: José María Esbec
Ayudante de dirección: Fernando Mercè
Reparto: Fernando Guallar y Rebeca Hernando
Escenografía: Petros Lappas y José María Esbec
Diseño de iluminación: Bibiana Cabral
Ayudante de iluminación: Marina Ovilo
Vestuario: Paola de Diego
Música y espacio sonoro: Alberto Granados
Ayudante de espacio sonoro: Elena G. Verduras
Diseño gráfico de Lazona: Javier Naval
Producción ejecutiva: Laura Iglesias y Elisa Fernández
Dirección técnica: Cristina Otero
Distribución: Julio Municio
Director de producción: Miguel Cuerdo – Lazona
Una producción de Teatro de La Abadía y Lazona

El texto fue escrito por encargo de la compañía belga SKaGeN. El autor y el traductor recibieron apoyo de Flanders Literature.


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