Salimos a la fría noche madrileña conmocionados y emocionados por lo que acabamos de ver. Una dolorosa historia contada de una forma extremadamente bella y cruda a la vez. Al salir, agradecemos el aire fresco en la cara, para comenzar a procesar todo lo que hemos visto, todo lo que hemos sentido, la cantidad de emociones que nos han recorrido el alma en las últimas dos horas y media. Es difícil llegar a explicar como de una historia tan desoladora puedes crear algo tan bello, una obra que no se regocija en el dolor, sino que lo transita como un elemento más del proceso de la enfermedad, pero dejando en todo momento lugar para la belleza, para el amor, para la rabia, para la desesperación. Una magistral propuesta que nos da un vuelco al corazón, pero que nos deja con una inmensa sonrisa. Como dice la protagonista al comienzo de la obra: "teatro hecho por los muertos para dar fuerza a los vivos".
En este mes de Febrero han coincidido en la cartelera tres interesantes propuestas en torno a la muerte, enfocadas desde tres prismas muy diferentes, pero con algunos puntos de encuentro. Tras ver "Tres noches en Ítaca" y "Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán", este pasado sábado nos acercamos al Teatro María Guerrero a descubrir otro viaje doloroso y bello, lleno de ternura y emoción. "La última noche con mi hermano" aborda el tema desde la lucha contra un cáncer y todo lo que ello conlleva, tanto en la persona enferma como en todo el entorno que le rodea. El poder del cuidado y el acompañamiento es un pilar fundamental de esta obra, algo que también ocurría en la pieza de María Goiricelaya que vimos en el Teatro de La Abadía. Otro de los temas claves que abordan las tres obras es la familia, ese universo que tiene sus propias leyes y que muchas veces deja heridas que no se sabe bien como curar y van distanciando de forma casi inexplicable a las personas.
Esta producción del Centro Dramático Nacional y el Teatre Nacional de Catalunya es ante todo una obra impecable, que trata un tema muy doloroso con una elegancia sublime, sin entrar en lo escabroso del dolor (aunque se muestre de manera tangencial) y dando luz a una lucha en la que poco hay que ganar. Una preciosa reflexión sobre la fraternidad, desde las diferentes relaciones que se establecen en las familias protagonistas, que consiguen tejer entre todas una delicada red de cuidados y apoyos que hacen de este viaje una lección de vida (y de muerte). Una historia que nos habla del espinoso camino de lucha contra el cáncer, pero que se enfoca desde la empatía y la ternura, desde un lugar de apoyo mutuo en el que todo se hace por el amor hacia la persona enferma, para hacer un poco más llevadero este doloroso camino hacia la muerte.
El gran Alfredo Sanzol ("El bar que se tragó a todos los españoles", "Fundamentalmente fantasías para la resistencia", "Ensimismada", por nombrar solo los montajes desde que es director del Centro Dramático Nacional) ha escrito y dirigido este montaje que "nace de una conversación que tuve con una amiga que había perdido a su hermano en diciembre de 2024. Hablando con ella, me contó cómo había sido la última noche que había pasado con su hermano y se me ocurrió este título". Un texto delicioso, que desde la empatía y la comedia consigue emocionarnos y llevarnos a compartir la crudeza del viaje sin retorno de estas familias. Sanzol traza con maestría esta historia sobre el acompañamiento de un hermano en la despedida dolorosa y cruda de su hermana, con un universo propio maravilloso que deja varias historias satélite que giran por la obra y que van dándole mucho más matices. El texto traza con maestría, y con mucha delicadeza, ese camino doloroso por el que transitan los personajes. Pero lejos de ser una tragedia (que lo es, por el desenlace final) esta historia destila empatía, cariño, compañerismo, lo que nos lleva a un resultado delicioso, que desde el buen rollo nos lleva a lugares dolorosos sin que nos traumatice, y que todo se nos pase en un suspiro (pese a las más de dos horas que dura el montaje).
Una historia que parte del desgarro de una noticia que hace saltar todo por los aires, para ir reconstruyendo las relaciones de los personajes, ir tendiendo puentes para ayudarse y acompañarse unos a otros. La precisa y meticulosa dirección de Sanzol va entrelazando los diferentes conflictos que van asomando por la historia, para que vayamos conociendo a cada uno de los personajes, cada una de las posturas en este viaje, con el relato central de la lucha de la protagonista contra el cáncer y la lucha conjunta de toda la familia por acompañarla. En esta situación, sale lo mejor de cada uno de ellos, pero también hay momentos de tensión. Reproches por heridas del pasado, agobios de la propia enferma porque se siente sobreprotegida, relaciones que se van erosionando en esta lucha contra el destino.
Un montaje que tiene como temas centrales la enfermedad y la muerte, pero que nos acaba hablando de acompañamiento y de empatía, de amor y de familia. Pese a la crudeza del tema central, es una obra luminosa y llena de belleza, comedia y hasta de cierto optimismo. La grandeza de Sanzol consiste en esto, conseguir convertir este viaje a los infiernos en una deliciosa historia de hermandad. El propio dramaturgo explica como "en las conversaciones preguntaba cómo se había usado el humor para poder sobrellevar el dolor, la enfermedad, la gestión de la esperanza. Y había bastantes coincidencias en que era esencial. Cada persona me contaba situaciones diferentes causadas por los nervios, por la pena o por el contexto, que habían desembocado en un momento absurdo, en algo que había provocado la risa. Dentro de la función, todos los momentos que hacen reír están basados en hechos reales. Porque me preocupaba mucho incluir gags, elementos propios que resultasen artificiales. No quería forzar lo cómico en una historia tan sensible, tan delicada, tan frágil".
Pero vayamos a la historia propiamente dicha. Desde el primer momento Sanzol nos pone las cartas boca arriba. Nagore comienza explicando al público la escena inicial, en la que va a decirle a su familia que le han diagnosticado un cáncer. Este recurso de romper la cuarta pared, hace que el espectador se acerque aún más a la historia. Toda la obra transcurre, desde ese preciso instante, como un gran flashback en el que vamos conociendo el proceso de lucha de Nagore y su familia hacia el terrible desenlace de la muerte. Pero volvamos a la escena inicial. En esa cena está Alberto, el hermano, acompañado de su pareja Ainhoa y los hijos de cada uno de ellos, Nahia y Oier. El único personaje que no aparece en este comienzo de la historia en Claudio, hermano de Ainhoa, con la que no se habla desde hace años. De este modo, la historia gira en torno a estas tres parejas de hermanos y las diferentes relaciones que tienen cada una de ellas. Los seis se acompañan y se ayudan en este doloroso viaje. Todos arroparán a Nagore en esta lucha, todos la cuidarán y la intentarán proteger de lo inevitable. Uno de los mayores aciertos de la obra son estas relaciones de hermandad que vemos en la obra, tan diferentes y tan viscerales que el separarse de la otra parte es como si te arrancasen una parte de ti.
La historia gira en torno a la figura de Nagore y las relaciones que teje con el resto de personajes, pero como ya hemos dicho, también las relaciones tangenciales que vamos conociendo entre el resto de personajes configuran un interesante ejemplo de lo diferentes que pueden ser las relaciones entre hermanos. Pero comencemos por Alberto. Nagore y él están muy unidos y la noticia le deja en shock. Tras un comienzo en el que ejerce de hermano mayor, protegiéndola hasta el punto de agobiarla, le empiezan a entrar los miedos en las diferentes fases de la enfermedad. Un proceso complejo en el que en muchos momentos pierde el control (supongo que nos pasaría a todos), se agarra a un clavo ardiendo buscando una buena noticia, hasta colapsar de pánico en el tramo final. Un doloroso proceso de acompañamiento en el que la realidad sobrepasa los límites de las buenas intenciones, y en donde el amor es el único aliciente para seguir. Es muy paradójico como es el personaje de Nagore el que en muchos momentos tiene que animar a su hermano.
En el lado opuesto encontramos la relación de Ainhoa con Claudio. La noticia de la enfermedad de Nagore obliga a Ainhoa a llamar a su hermano, un prestigioso oncólogo, para que la trate. Una relación enquistada hace años, que puede encauzarse por este acontecimiento, y cerrar heridas del pasado que no se supieron cerrar. Esta relación nos abre una ventana al entorno sociopolítico que se vivió en Euskadi en las pasadas décadas entre hermanos políticamente enfrentados. Una subtrama que se va consolidando a lo largo de la historia, y que da un poco de respiro a la trama principal (aunque no sea tampoco plato de buen gusto el conflicto entre ellos). Por último tenemos a Nahia, hija de Alberto, y Oier, hijo de Ainhoa, hermanastros que tienen una relación más de amistad que de hermandad. La escena clave de esta relación gira en torno a la "herencia" que Nagore deja a Nahia, momento en el que la amistad se convierte en hermandad.
El elenco es uno de los mayores aciertos de este montaje. Sanzol ha llegado a decir que este es un proyecto que ha nacido del deseo de trabajar de nuevo junto a Nuria Mencía y de la necesidad de tratar duelos que marcan nuestras biografías. Una vez más, tenemos que aplaudir su decisión, ya que la interpretación que hace de Nagore es maravillosa. Un papel complejo que Nuria Mencía convierte en una delicia, la tía enrollada a la que todos queríamos contar nuestros secretos. La actriz consigue, desde la comedia y la ternura, crear una Nagore delicada y luchadora, frágil y valiente, tierna y divertida. La evolución a lo largo de enfermedad es increíble, desde el pañuelo en la cabeza hasta el deterioro físico, todo sencillo y liviano, sin exageraciones, para que veamos ante nuestros ojos como se va apagando el torbellino vital que conocemos al comienzo de la obra.
Junto a ella tenemos a Jesús Noguero en el papel de Alberto, en una soberbia interpretación cargada de vitalidad, angustia, visceralidad y mucho miedo. La evolución de este personaje es maravillosa. Como va rumiando el dolor en un comienzo hasta explotar y enloquecer ante las malas noticias. Fabulosa la relación que se crea entre ambos, con dos interpretaciones para el recuerdo. El resto del elenco no se queda atrás. Elisabet Gelabert da vida a una comprensiva Ainhoa, que vive su propio duelo por la relación con su hermano, y que parece en todo momento estar escapando de su propio pasado. Cristóbal Suárez está impecable en el papel de Claudio. Prepotente y altivo cuando se relaciona con la familia, pero dulce y tierno cuando baja la guardia y se acerca a Nagore y Oier. Por último, los jóvenes Ariadna Llobet y Biel Montoro desprenden vitalidad y buen rollo, cada uno desde una posición muy alejada. Ella, una joven soñadora que prioriza la familia y el cuidado de su tía por encima de todo. Él, un extraño en esa familia, encuentra en Claudio alguien afín, que le comprende y con el que comparte la misma visión de la vida.
Todo esto sucede en la maravillosa escenografía diseñada por Blanca Añón, que nos traslada a la casa de Nagore, atravesada por una gran grieta que nos permite ver un bosque al otro lado. El propio Sanzol cuenta que "es una casa que tiene un elemento simbólico, que es ese gran boquete, pero que a la vez sirve para evocar el resto de espacios por los que transita la función". Un lugar que se transforma en hospital, finca de campo, coche, la casa de campo o la casa de Alberto de Ainhoa. Todos estos escenarios caben dentro de la casa de Nagore, el refugio desde el que viajar a todos esos lugares. Sin necesidad de grandes cambios en la escenografía (la historia no lo pide) viajamos por la historia sin movernos de ese espacio, con esa gran grieta que nos observa y a la que Nagore pretende asomarse (quizás la huida a la naturaleza, quizás el infinito de la eternidad).
La transformación de este lugar en las diferentes localizaciones por las que transcurre la vida de estas tres parejas de hermanos se apoya en la impecable iluminación de Pedro Yagüe, que consigue llevarnos de un sitio a otro con sutileza, elegancia y precisión, moldeando la escena a su gusto. Fundamental también para la creación de este universo, el cuidado sonido de Sandra Vicente y la precisa música de Fernando Velázquez (buscando siempre el tono adecuado a cada situación). Por último, no podemos dejar de hablar del delicioso diseño de vestuario de Vanessa Actif, la soberbia caracterización de Chema Noci y la precisa coreografía de Amaya Galeote.
En definitiva, estamos ante uno de los grandes montajes de la temporada. Una obra mayúscula, en la que todo aporta para crear un organismo escénico que nos emociona y nos duele, que nos hace reír y llorar. Un texto impecable, en el que cada una de las tramas está tratada con delicadeza y mimo, para que golpee sin doler, para que asistamos atónitos a este doloroso viaje como si fuese el de nuestras propias vidas. Cada uno de los personajes está configurado con una precisión que nos encantaría saber más de ellos, como han llegado a este lugar, a este momento vital. Las tramas que se abordan de forma más secundaria (el tema de Euskadi, la relación de la madre con el hijo, los hermanos peleados, la amistad de los hermanastros) lejos de dispersarnos aporta mucho al conjunto de la historia. Y por si todo esto fuera poco, tenemos un elenco en estado de gracia, acompañando a una descomunal Nuria Mencía en este viaje final. Jesús Noguero, Cristóbal Suárez y Elisabet Gelabert llevan en volandas a Nuria, tres descomunales intérpretes que vuelven a demostrarlo. Ariadna Llobet y Biel Montoro, no se dejan amilanar y nos regalan unos grandes personajes. Gracias Sanzol (y a todo el equipo) por tanta belleza desde un lugar tan complicado. Una preciosidad de obra que todos deberíamos ver.