Llega
al Espacio Zafra, dirigida por Victor Heranz, Las Troyanas, la tragedia clásica
de Eurípides que nos cuenta la desolación y el sufrimiento de las mujeres
troyanas tras la caída de la ciudad a manos de los griegos.
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Ha
sido la primera vez que he acudido a Espacio Zafra, había oído hablar mucho de
él, pero al final uno acaba teniendo por costumbre ir a los mismos teatros. Esta
vez no he tenido excusa para ir atraído fundamentalmente por la obra Las
Troyanas.
Eurípides
escribió Las troyanas en el siglo V a. C., y su tragedia se mantiene muy
vigente. El texto no se limita a retratar un episodio del pasado, sino que se
levanta como una denuncia contra la lógica implacable de la conquista y sus
consecuencias invisibles. Eurípides dirige su mirada a un tipo de sufrimiento
que rara vez entra en los relatos heroicos: el dolor silencioso, el que no
genera hazañas, el que queda fuera de la épica porque pertenece a quienes han
perdido todo. En esta obra, el dramaturgo griego cuestiona la narrativa oficial
de la victoria y nos recuerda que la historia también se escribe desde los
cuerpos heridos y las voces que nadie escucha.
La
historia pone el centro en el después. Que sucedió una vez que la guerra entre
griegos y troyanos ha finalizado. La ciudad de Troya ha sido derrotada. Sus
murallas han caído y los griegos, tras diez años de asedio, se preparan para
regresar a sus hogares cargados con el botín conseguido. En la orilla, muy
cerca de las naves que pronto zarparán, solo quedan las mujeres troyanas: las
supervivientes de una ciudad arrasada.
Ellas
representan lo que queda de Troya. Ya no tienen control sobre su futuro; ahora
dependen completamente de las decisiones de los vencedores. Entre estas mujeres
están algunas de las figuras más importantes de la familia real.
Hécuba,
la antigua reina, ha perdido a su esposo, a casi todos sus hijos y su posición.
Aun así, intenta mantenerse firme para sostener al resto. Su dolor es profundo,
pero también es el símbolo de una ciudad que se niega a desaparecer del todo.
A
su lado está Cassandra, que será hecha esclava por el rey Agamenón, condenada a
ver el futuro sin que nadie crea sus advertencias. Aunque sabe qué destino la
espera, su capacidad para evitarlo es nula. Vive atrapada entre su visión y la
indiferencia de los demás.
Andrómaca,
viuda de Héctor, sufre por su hijo pequeño, Astianacte. Ella conoce
perfectamente el miedo de los griegos: temen que el niño crezca y quiera vengar
a su padre. Por eso el futuro del niño es incierto, y la angustia de Andrómaca
aumenta con cada instante que pasa.
También
está Helena, cuya presencia divide a todos. Algunos la acusan de haber sido la
causa de la guerra; otros la ven como una víctima arrastrada por fuerzas más
grandes que ella. Su destino, como el de todas, depende de las decisiones de
los griegos.
En
este contexto, las mujeres esperan a ser adjudicadas como esclavas o
concubinas. No pueden elegir, no pueden negociar. Lo único que les queda es
relatar lo que han vivido, expresar su dolor y tratar de sostener algún tipo de
dignidad en medio de la derrota.
Lo
que Las Troyanas muestra es la parte de la historia que casi nunca se
cuenta: la de las mujeres que sobreviven a la guerra cuando todos los hombres
han muerto. Habla de la pérdida, la impotencia, la violencia y la vida que
continúa incluso en las condiciones más terribles. Es un recordatorio de que,
en medio de las grandes gestas heroicas, siempre hay quienes cargan con las
consecuencias sin haber empuñado una sola arma.
Cuando
parece que ya todo está dicho, vemos que todavía queda una historia por contar:
la que empieza cuando los narradores oficiales ya no miran. La historia de
quienes perdieron todo, de las capturadas, de las convertidas en esclavas. De
aquellas que siguen respirando tras haber soportado horrores indescriptibles en
nombre del triunfo.
Esta
versión escénica conserva la esencia del relato clásico y transforma el dolor
de las mujeres de Troya en una reflexión profunda sobre quienes sufren las
consecuencias de la derrota. Eurípides no centra su mirada en héroes ni gestas
gloriosas; su interés está en quienes han sido aplastadas por la guerra. En
lugar de exaltar el triunfo, muestra de forma cruda la violencia, la
degradación y la pérdida de humanidad que deja cualquier conflicto.
La
Inquieta Compañía retoma este mensaje ancestral y lo traslada al presente sin
desvirtuarlo. Apuesta por un lenguaje escénico actual, directo y claro, donde
el protagonismo recae tanto en la presencia física de las intérpretes como en
la fuerza de sus palabras.
La
dramaturgia de esta versión pone en el centro a Hécuba que se erige como el eje
central del montaje y es a través de su voz como vamos entendiendo el desastre
que sigue a la caída de Troya. A partir de su relato, la obra nos va
introduciendo en el destino de cada integrante de su familia. Durante este
recorrido, el espectáculo emplea una serie de transiciones muy marcadas por el
movimiento, el color y pequeñas presentaciones que ayudan a identificar a cada
intérprete y situarlo en su contexto: de dónde viene, en qué punto se encuentra
y qué le espera a continuación. Este patrón narrativo se repite a lo largo de
toda la función.
Como decía en la introducción, el texto de Eurípides está de plena actualidad.
El drama clásico no habla de héroes ni de victorias; denuncia la
deshumanización que acompaña cada conflicto. Y ese mensaje encuentra eco
directo en la actualidad. Tal y como pasa en Las troyanas, en todos los
conflictos que se están produciendo en la actualidad, las consecuencias recaen
sobre quienes menos poder tienen y cuya experiencia rara vez ocupa el centro
del relato histórico.
Por
eso el texto de Eurípides no solo se mantiene vivo: se vuelve urgente. En un
tiempo donde las guerras se desarrollan simultáneamente en Ucrania, Gaza, Sudán,
Yemen o Irán, la obra nos recuerda que la devastación humana es la parte del
conflicto que se olvida primero y la que más debería interpelarnos. Su vigencia
radica en que nos obliga a mirar no el combate, sino lo que queda cuando las
armas callan: los cuerpos agotados, las familias rotas, los supervivientes a
quienes nadie escucha.
Las
troyanas continúa hablándonos porque el mundo sigue
repitiendo los mismos ciclos de violencia. Y, como entonces, seguimos
necesitando voces que recuerden que en toda guerra hay víctimas que, como las
mujeres de Troya, cargan con un dolor que rara vez se nombra pero que define la
verdadera dimensión de cualquier conflicto.
La dirección de esta versión corre a cargo de Victor Heranz, actor,
director y profesor del Estudio Corazza. Forma junto a Manu Imízcoz y Cristina
Basallote la Inquieta Compañía.
En
el plano técnico, la producción presenta un trabajo sólido y coherente entre
los distintos elementos escénicos. La escenografía diseñada por
Alejandro Moreno ofrece un espacio funcional que se adapta bien a las
necesidades del montaje. La iluminación de Manuel Tejera complementa
eficazmente este diseño. Su propuesta lumínica se basa en transiciones suaves y
en un uso expresivo del contraste, lo que ayuda a subrayar los momentos de
mayor intensidad emocional y a guiar la atención del público. En cuanto al vestuario
creado por Candela Ivañez, la propuesta se presenta coherente con la
estética general de la obra. Por último, el espacio sonoro de Martín Fuentes
aporta una capa adicional de significado al conjunto de la representación.
En
cuanto al elenco formado por Cristina Basallote, Alessia Cartoni, Raúl de la
Torre, Nicolás Gutiérrez, Laura Ledesma y Leticia Rúa Santafé, sostiene
buena parte del peso dramático de la propuesta. El reparto muestra una
implicación notable y un entendimiento común del tono que requiere la obra.
Cada intérprete aporta una energía propia que, sin eclipsar al conjunto,
permite distinguir con claridad las diferentes capas emocionales por las que
transitan los personajes.
La
actuación colectiva destaca por su cohesión. Hay una escucha escénica constante
que favorece que las transiciones entre escenas fluyan con naturalidad.
Por último me gustaría destacar un par de cosas, por un lado la originalidad de la puesta en escena del diálogo entre las ratas que aparecen en escena, muy original y muy bien desarrollado. Por otro lado me gustó mucho la elección del títere que hacía las veces del hijo de Andrómaca, impecable el trabajo de Alessia Cartoni.
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Teatro: Espacio Zafra Teatro.
Dirección: Paseo del Marqués de Zafra,
35.
Fechas: Hasta el 29 de marzo.
Viernes y sábado. 20 horas.
Domingo: 19:30 horas.
Entrada general: 19,50 €.
Ficha
artística
Dirección:
Victor Heranz.
Elenco:
Cristina Basallote, Alessia Cartoni, Raúl de la Torre, Nicolás Gutiérrez, Laura
Ledesma, Leticia Rúa Santafé.
Ayudantía de dirección: Flor Maldjian.
Escenografía:
Alejandro Moreno.
Iluminación:
Manuel Tejera.
Vestuario:
Candela Ivañez.
Creación y movimiento de títeres: Alessia Cartoni.
Cartel y diseño:
Rafael Martínez.
Espacio sonoro:
Martín Fuentes.
Diseño de producción:
Raúl de la Torre.
Producción:
La inquieta compañía.
Fotografía:
Rafael Martínez.
Comunicación y distribución: Alberto Vandenbroucke.