En esta mañana de calor abrasador, nos resguardamos en el Gran Teatro Pavón para ver una de las obras de la temporada, galardonada hace unas semanas con el Premio Godot del público. Una alegría que una obra como esta, que habla de memoria y de las barbaridades ocurridas en los primeros años de la posguerra tenga esta gran acogida. Porque más allá del valor del montaje, del que ahora hablaremos, es necesario seguir hablando de las atrocidades cometidas, para que sus nombres permanezcan en la historia. Por las trece rosas que fueron fusiladas, por la número catorce que consiguió sobrevivir, y por todas las personas que siguen abandonadas en las cunetas y fosas comunes de nuestro país.
El silencio es desgarrador, se nota la emoción de la platea al acabar el espectáculo. La cerrada ovación deja al descubierto las caras de emoción de la mayor parte del público. Algunos nos secamos las lágrimas mientras otros aplauden conmovidos. Esta reacción confirma lo desgarrador del relato que acabamos de ver, pero también el reconocimiento a un montaje brillante, a un elenco fabuloso, a una dirección impecable, a unas coreografías poderosas. Todo en esta función destila compromiso y verdad.
Este montaje de Evita Produce es un montaje que se estructura como el retrato de lo que fue la vida en la cárcel de Ventas en los años posteriores a la guerra, con tintes dramáticos suavizados con momentos musicales y otros de gran ternura. Un relato que nos enseña como eran las atrocidades de esa penitenciaria, basándose en las famosas trece jóvenes, bautizadas para la posteridad como las trece rosas, y de una compañera suya (la protagonista de la obra) que consiguió sobrevivir. Una historia de que emociona de principio a fin, y que nos deja muchas cosas sobre las que reflexionar al salir de la sala. Porque muchas de las cosas que llevaron a esa situación infame es lo que buscan los radicales de extrema derecha que campan a sus anchas por nuestro país en estos días.
La joven Gaia Doblasha escrito este desgarrador relato, que también protagoniza. Un montaje que se construye en torno al monólogo dramático en el que la rosa catorce cuenta su relación con sus amigas de la cárcel, contando su terrible final y el juicio por el que ella no fue condenada a muerte. Pero dentro de este monólogo la autora deja hueco para escenas en las que comparte protagonismo con las otras trece protagonistas, incluso hay hueco para imponentes coreografías y números musicales. Un texto demoledor que se inspira en hechos reales, en los últimos días de vida de aquellas jóvenes, muchas de ellas menores de edad, que fueron fusiladas en la tapia del cementerio del Este. Un precioso ejercicio de memoria y de recuerdo, de reivindicación y de reconocimiento.
La impecable dirección de Eva Manjón crea desde el primer momento un ambiente tenso, con tintes misteriosos en un primer momento, que nos atrapa desde la primera escena. La directora involucra al público con la ruptura de la cuarta pared, con lo que nos sentimos más involucrados con lo que vemos, somos cómplices de los trapicheos de esas jóvenes en los primeros años de la dictadura, esos en los que cualquiera podía señalarte y acababas en la cárcel. Este comienzo, tan contundente como ingenioso, nos mete de lleno en la historia a la vez que se nos empieza a hacer un nudo en la garganta al conocer los detalles de la historia. Manjón nos ha agarrado con fuerza y ya no nos soltará. La historia transcurre con un ritmo delicado, pausado, para que podamos digerir cada uno de los episodios que nos cuenta Carmen, la rosa catorce. La directora va intercalando escenas de gran peso dramático con otras más emotivas, en los que vemos la relación de las jóvenes en la cárcel. Los números musicales y las coreografías marcan un montaje meticulosamente creado, en el que cada gesto y cada movimiento está perfectamente medido. Todo se mueve al ritmo que marca la protagonista, con una deliciosa soltura, con la que el resto del elenco parecen moverse al unísono, por momentos como un solo ser. Cada escena es una belleza plástica admirable.
La obra se convierte en todo un homenaje a ese grupo de jóvenes que fueron fusiladas, pero también a todas las otras mujeres que sufrieron dentro de las paredes de la cárcel de mujeres de Ventas. Una de ellas, Carmen, es la protagonista de la obra, y cuenta delante del juez lo que fueron esos meses encarceladas. Ella tuvo la suerte de no ser condenada a muerte, pero lo que vivió en ese lugar le hizo estar aún más convencida de sus ideales, que no abandonaría durante toda su vida. Una historia llena de amor, de pasión, de la energía que acompañó a todas esas jóvenes en sus días en prisión. Un relato para evitar que sus nombres se pierdan en el olvido, para que sus nombres permanezcan en la historia con la importancia de las que lucharon por la libertad y que lo hicieron con la vitalidad y el convencimiento de que hacían lo correcto. Mujeres que, como suele ser habitual, quedan fuera del foco de la versión oficial. El trabajo de este descomunal montaje es el de dar a conocer a esas luchadoras, por las que murieron y por las que consiguieron sobrevivir.
La obra comienza cuando Carmen despierta en la cárcel de Ventas con la noticia de que tiene que ir al juzgado. Al llegar frente al juez (voz en off de José Manuel Seda), recuerda lo que les prometió a sus amigas la última vez que las vio (antes de que las llevasen para fusilarlas). Una misión que Carmen no puede dejar pasar: "Que nuestros nombres no se borren de la historia". Con este prólogo comienza el relato de la rosa catorce, que cuenta como acabaron todas ellas encarceladas y los vínculos que se crearon entre ellas una vez allí. Su relato se convierte en el grito de aquellas trece rosas fusiladas, esas jóvenes que una madrugada fueron arrancadas de su amiga para no volver nunca. Con estos mimbres, comienza un relato emocionante y desgarrador, en el que las veremos reír y llorar, amarse y protegerse, gritar y luchar por sus vidas, aferrarse a la esperanza de sobrevivir como fuerza conjunta para no desfallecer. Porque, como le dijeron sus compañeras antes de partir, "la vida es muy bonita y por todos los medios hay que conservarla".
Una maravillosa Gaia Doblas encabeza un reparto en el que la acompañan en escena Ana Pro, Blanca Lozano, Sara Menea, Gisela del Pino, Nikole Olabarrie, Marta Navarrete, Irene Pulido, Ana Celeiro, Paula Arguimbau, Almudena Escoriza, María Mérida, Luiza Saviello y Adriana Cura(en las últimas semanas se unieron al elenco Clara Romeu y Teresa Lepe, las dos presentes en la representación a la que asistimos), un fabuloso elenco que funciona a la perfección, con un trabajo coral impecable. Nos quedamos hipnotizados con la precisión con la que ejecutan cada movimiento, con la fuerza que transmiten en sus coreografías, con la alegría de los números musicales, la verdad que las desgarra en los momentos más duros. Un trabajo prodigioso de un joven grupo de excelentes actrices.
En un escenario vacío, ellas son las que crean los lugares por los que trascurre la historia, componen el espacio, se mueven como una precisión que ellas solas forman una impecable escenografía en la que todo lo que no sea ellas mismas, nos sobra. Les acompaña un impecable diseño de luces creado por Nacho Arjona y Edgar Calot, que nos regalan un prodigioso juego de luces y sombras que nos mete de lleno en esa lúgubre cárcel de Ventas. La otra pieza fundamental de este montaje es la música de Juanjo Molina, maravillosa, y el diseño sonoro de Groucho Studios, por momentos desgarrador. Por último, no podemos dejar de nombrar el acertado vestuario creado por Clara Bilbao.
En definitiva, estamos ante una obra necesaria, para que estas mujeres no dejen de ser reconocidas. Un homenaje a la memoria colectiva, al recuerdo de los que lucharon por la libertad, por la democracia, contra el fascismo. Pero además de por todo esto, que ya es razón más que suficiente para aplaudir este montaje, estamos ante una obra deliciosa, brillante, con un texto muy bien trabajado, con una dirección impecable y con un joven grupo de actrices que nos regalan un trabajazo descomunal.
Carmen Cuesta Rodríguez fue la rosa catorce, la que consiguió sobrevivir. La que quiso que el mundo conociese a las trece rosas. Ellas eran Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. Que sus nombres no desaparezcan nunca de nuestra memoria colectiva. Volverán en Septiembre para que sigamos acordándonos de ellas.