Juana la loca. Teatros Luchana

 En medio de este verano caluroso de Mundial de fútbol regresa una de las piezas más impactantes y emocionantes que ha recorrido la cartelera madrileña en los últimos ocho años, algo que pocas obras pueden decir. Regresa esta Juana con ganas de reivindicarse y contarnos sus desgracias y sus penurias, pero sobre todo con la fuerza y la energía que ha desplegado desde que el gran Nicolás Pérez Costa le da vida. Y como era de esperar, en su regreso la sala está llena, pese a ser un viernes de Julio, y la ovación final vuelve a ser unánime. Pocos planes mejores para pasar un viernes de verano en Madrid.






Huele a rojo en los Teatros Luchana. Rojo, muy rojo. Sabe a rojo. Silos en rojo con sus cantos. Mucha mierda fuera, con el sol radiante, ese que duele. Dentro también. Más rojo. Esta sala de los Teatros Luchana se acalora, se engalana, se tiñe de ese misticismo necesario para la figura que nos va a presentar. Todo preparado para comenzar el ritual, con su trono y sus telas rojas que nos avisan al entrar sobre la solemnidad de lo que vamos a ver. Un tenso silencio. Un padre nuestro. Y Juana. No hay marcha atrás. Empieza el viaje, una montaña rusa de emociones, de secretos desvelados que desgarran, de hechos históricos que marcaron el devenir de nuestro país, una reina castigada por su propio reino.





Esta producción de El Tío Caracoles ("El secuestro", "¿Dónde está Radojka?", "Ricardo III", "Dos tronos, dos reinas", estos dos últimos protagonizados por Nicolás Pérez Costa) se ha convertido en uno de los títulos más aclamados de la cartelera madrileña, y tras asistir a la representación entendemos sobradamente las razones. La historia de Juana se nos viene encima, como aluvión, como torbellino, como huracán en una noche de verano que amenaza con sus altas temperaturas. Una figura de la que tanto se ha hablado, de la que tanto se ha escrito y a la vez tan desconocida, tan extraña en esta nuestra historia. Juana en el escenario, la doña. La más grande. La heredera de un imperio que se iba fraguando, del que solo recibió miseria y dolor. Soledad y culpa. Esa es Juana. Ese es Nicolás




Todo lo que hemos vivido en este desgarrador montaje no sería posible sin el prodigioso texto de Pepe Cibrián con una mirada que ha enfocado a esa Juana mujer, esposa, hija y madre, que nos hace viajar a los infiernos en busca de luz, en busca de miradas y de una comprensión de su vida. Maravillosa dramaturgia de Cibrián, intensa, marcada, sufrida, vivida, emocionada. Todo un trabajo de cariño y pasión hacia un personaje enigmático. El dramaturgo y director consigue un retrato íntimo de uno de los personajes más icónicos de nuestra historia, representado en numerosas ocasiones en cine, teatro o televisión, pero siempre desde un plano más general. Cibrián consigue adentrarse en sus miedos y en sus demonios, en todo aquello que la perturbó y la fue consumiendo a lo largo de su vida. Una visión alejada de la locura, o más bien intentando entender que la llevó a esa desesperación vital. Un texto que nos habla de la locura del amor no correspondido, de las brutales pasiones del poder y la magia del deseo fabricado.




Pepe Cibrián crea un artefacto escénico preciso y potente, impactante y desgarrador, que desde una aparente sencillez escénica compone una compleja puesta en escena que se va desplegando ante nuestros ojos con la precisión de un ingeniero que une con precisión cada frase con su correspondiente movimiento, cada grito con una luz bien definida, cada gesto con una composición escénica que lo potencia todo. Una meticulosa dirección, casi una pieza de artesanía al servicio de un texto fabuloso y con un actor que se deja llevar por las precisas indicaciones de Cibrián para conseguir el clímax necesario en cada momento, para disfrutar y sufrir con esta Juana poliédrica que nos va mostrando todas sus capas y las circunstancias que la llevaron a donde está.




Se me pasa el tiempo y sigo…” ¿Locura o traición? Tras los muros de Tordesillas, Juana bucea en su locura “Que yo estoy loca, dicen…La Juana que se nos muestra se hace mujer, desea, quiere, provoca, goza. Nos lo muestra con descaro, impropio de una reina, propio de una mujer. Faceta erótica que nos conmueve, presente a lo largo de la obra (posiblemente cancelada en el futuro por algunas mentes rígidas mal llamadas verdes, color impropio del oscurantismo) incitada por un Felipe, hermoso y cruel, destino obligado de Juana. Un flamenco sin arte. Sin corazón. “Es tan bello que a pesar de no quererlo, yo ya siento que lo amo”.  Intensa vida de Juana. Repudiada, endemoniada, loca, enferma, sola, triste, incomprendida, recluida. Casi medio siglo en esos muros castellanos de Tordesillas, sin toro y sin luz. Despedazada. 




Dejemos su vida para las tablas. Centrémonos en Nicolás, el maestro. Dice la sinopsis del Luchana que Nicolás Pérez Costa interpreta siete personajes con un vértigo y precisión tal que hace que esta pieza sea un tornado, un alud de poética y belleza. Yo añadiría la pasión, el talento, la fuerza, el corazón. Nicolás hace esta pieza suya, con personajes creados para Juana, que giran en torno a su figura, y que con un ligero movimiento de cuello, o una erguida postura, nos lleva a otro escenario donde Juana, siempre Juana, brilla, oscurece, revive y muere varias veces a lo largo de estos sesenta minutos de teatro puro, sin respiro, sin pausa. Sin discusión. Teatro. 




Y como nos invita Nicolás, como nos muestra a esa mujer desagarrada y desgarradora, humana y terrenal. Sincera y atormentada. Bella en su interior. Como nos hace sentir, como nos llena. Con esos cambios de altura, de registro, de tonos, de luz, de pasiones, de fuerza, siempre intenso, de poder, de pasión, de humildad sobre un escenario. De trabajo y amor por el oficio. Y ya nada nos impide mirar hacia otro lado. Nicolás, Juana, te hechizan, como Felipe, como Isabel, como Luisa, siempre a su lado, como Carlos, como Felipe, como Fernando, como todos esos personajes que nos brindan el conocimiento de esa mujer, con esa poesía que no nos deja indiferentes. Con ese ritmo, con esa cadencia, con esa puesta en escena donde la luz es otro personaje más, que ayuda, que destaca sobremanera. Donde el ropaje juega y baila con nosotros para hacernos sentir, sufrir, gozar. Extrañar, gobernar soledades. “Ni Catalina, ni Juan madre. Soy Juana, Juana de Castilla”. 




No podemos terminar esta reseña sin hacer hincapié en la parte técnica. Es difícil de explicar como un montaje aparentemente tan sencillo esconde una asombrosa complejidad de movimientos, luces y sombras, juego con la tela roja, un asombroso despliegue técnico que engrandece exponencialmente la interpretación de Nicolás Pérez Costa. El juego de luces es prodigioso, impecable, preciso, meticuloso, para convertirse en parte esencial de la obra, dando a cada momento la intimidad o la grandiosidad necesarias. Como hemos comentado antes, la iluminación se acaba convirtiendo en un personaje más de la obra, el fiel acompañante de Juana, que engrandece cada escena. A todo esto hay que sumar el fabuloso vestuario de Alfredo Miranda, que viste a la reina con unos ropajes que según el momento parecen majestuosos o decadentes, una auténtica maravilla.




Poco más. Y nada menos. Teatro en estado puro en los Luchana. Una reflexión para acabar. Con la vida que le dieron, es de sorprender la longevidad de Juana y su estado. ¿No seremos locos los demás? Y agradecer a los Luchana que dan cabida a todo tipo de montajes que nos hacen amar el teatro. Vengan a verlo, les removerá, les emocionará, les hará sentir y pensar. Vengan por lo que pueda pasar. No calles Juana, tú nunca calles. Refúgiense del calor en el teatro, en la cultura, en la vida de esta reina que seguirá contando su historia todo el verano.

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Teatro: Teatros Luchana. Sala 4
Dirección: Calle Luchana 38.
Fechas: Del 17 de Julio al 28 de Agosto. Viernes a las 20:00. 
Duración: 60 minutos
Entradas: Desde 15,42 € en Teatros Luchana



FICHA ARTÍSTICA

  • Dramaturgia y Dirección: Pepe Cibrián
  • Reparto: Nicolás Pérez Costa
  • Vestuario: Alfredo Miranda
  • Coordinación artística: Juani Ge
  • Producción: El Tío Caracoles

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