Teatro: Al final de las cosas. Teatro María Guerrero (Sala de la princesa).

 

La sala pequeña del Teatro María Guerrero abre la temporada con Al final de las cosas, una tragicomedia escrita y dirigida por Noemí Rodríguez con la coproducción del CDN y Barco pirata.

  

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Accedemos a una boda nada típica, o sí. Por que se trata de una de las famosas bodas que se celebran en las Vegas. Eso sí rodada en un polígono de Getafe para una empresa del este de Europa.

Pero lo que parecía amor, alegría y felicidad con el paso del tiempo se va tornando en discusiones, peleas y rencor.

Lo que se inicia como una sencilla historia de amor acaba convirtiéndose en el reflejo de una realidad mucho más compleja. La ilusión inicial se va apagando poco a poco hasta desembocar en una relación marcada por las renuncias, los desencuentros y la imposibilidad de cumplir los planes imaginados. A medida que avanza la obra, también se ponen en cuestión ciertas formas tradicionales de entender la vida, las relaciones y el futuro, mostrando cómo algunas estructuras que parecían firmes comienzan a resquebrajarse.


La obra se adentra en ese momento de intensidad y de incertidumbre en el que dos personas deciden poner en juego todo aquello que forma parte de su vida. Conscientes de los riesgos y de las posibles consecuencias, los protagonistas se enfrentan a una elección que puede cambiar su futuro para siempre. No se trata únicamente de una historia de amor, sino también de una reflexión sobre el valor necesario para romper con la rutina, superar los miedos y negar aquellas renuncias que, poco a poco, terminan apagando las ilusiones y los deseos más profundos.

Los personajes se enfrentan a la difícil elección entre permanecer aferrados a aquello que conocen o aceptar que ha llegado el momento de emprender otro camino. Entre la nostalgia por lo vivido y la necesidad de avanzar.


En ese impulso casi irracional, pero profundamente humano, la pareja apuesta por seguir adelante a pesar de las dificultades. Prefieren arriesgarse a perder lo conocido antes que resignarse a una vida marcada por las oportunidades desaprovechadas, los sueños abandonados o la sensación de haber renunciado a aquello que realmente les hacía sentir vivos. La obra convierte así ese instante decisivo en un canto a la valentía de quienes eligen actuar antes que conformarse. Refleja un espacio de transición lleno de dudas, donde las certezas desaparecen y cada decisión implica dejar atrás una parte de uno mismo.

Como cantaba el gran Iván Ferreiro "¿Quién no tiene el valor para marcharse?, ¿Quién prefiere quedarse y aguantar?. Que es lo valiente decir adiós o aferrarse a la relación a pesar de saber que está terminada.


Pero todo este drama no está exento de humor, mucho humor y bueno. A través de situaciones que oscilan entre la ironía y la emoción más contenida, la obra se acerca a experiencias profundamente humanas como la pérdida, la incertidumbre ante el futuro y la dificultad de aceptar los cambios. Con delicadeza, mucho sentimiento y humor, los protagonistas se encuentran en un momento de sus vidas en el que deben enfrentarse a aquello que inevitablemente está llegando a su fin, mientras intentan aferrarse a recuerdos, vínculos y proyectos que han dado sentido a su realidad. De este modo, la historia invita a reflexionar sobre nuestra tendencia a resistirnos a las despedidas y sobre el esfuerzo que supone asumir que algunas etapas, por importantes que hayan sido, no pueden durar para siempre.

La propuesta que nos presenta Noemí Rodríguez se mueve constantemente entre dos fuerzas opuestas: la cercanía, el afecto y la comprensión, frente a la dureza que a veces acompaña a las decisiones más difíciles. En ese equilibrio inestable, los protagonistas atraviesan un proceso de transformación marcado por la pérdida y la incertidumbre. Sin embargo, la obra no se limita a mostrar sus emociones a través de las palabras, sino que las traslada al cuerpo, convirtiendo los gestos, los movimientos y la presencia física en una parte esencial del relato.


Maravillosa la coreografía que interpretan ambos en un baile desarrollado principalmente en el suelo, donde se buscan y se encuentran, se separan y se pierden.

De esta forma, cada etapa del duelo se hace visible sobre el escenario, permitiéndonos percibir de manera directa el desgaste, las dudas y los intentos de seguir adelante que experimentan los enamorados.

Por lo que respecta al equipo artístico, es fundamental resaltar el trabajo coordinado que realizan que consigue dotar a la función de una identidad visual y sensorial muy definida. La escenografía diseñada por Pablo Chaves construye un espacio vivo y evocador, capaz de transformarse constantemente ante la mirada del espectador y de acompañar el desarrollo de la historia sin imponerse a ella. Cada elemento que aparece sobre el escenario parece ocupar el lugar exacto que le corresponde, creando atmósferas que favorecen tanto los momentos de mayor intimidad como aquellos de una intensidad emocional más acusada.


A ello se suma la delicada labor de Paloma Parra en el diseño de iluminación, un aspecto esencial para definir el ritmo y el tono de la representación. La luz no se limita a iluminar la acción, sino que contribuye activamente a la construcción dramática, modelando los espacios, subrayando estados de ánimo y guiando la atención del público hacia aquellos detalles que resultan significativos en cada escena.

El vestuario concebido por Cecilia Molano completa este universo escénico con una propuesta coherente y llena de matices. Lejos de ser un mero elemento decorativo, cada prenda ayuda a perfilar la personalidad de los personajes, reforzando sus conflictos, aspiraciones y contradicciones.


Especial mención merece también el trabajo de Marc Álvarez, responsable del espacio sonoro. Su aportación crea una atmósfera envolvente que acompaña la acción de forma constante, aportando profundidad emocional y enriqueciendo la experiencia del espectador. La música y los distintos recursos sonoros no aparecen como simples apoyos, sino que forman parte activa del discurso escénico, contribuyendo a intensificar sensaciones y emociones.

Por su parte, la coreografía de Amaya Galeote introduce una dimensión física de gran expresividad, dotando al movimiento de un significado dramático propio. Los desplazamientos, gestos y composiciones corporales se integran con naturalidad en la narración, convirtiéndose en una herramienta más para transmitir aquello que, en ocasiones, las palabras no alcanzan a expresar.


Noemí Rodríguez es la responsable del texto y la dirección. Noemí es directora de escena, dramaturga, intérprete y pedagoga. Fue premio Ojo Crítico de Teatro 2019 por su trayectoria en Teatro En Vilo compañía fundada en 2012 junto a Andrea Jiménez.

Tras la separación ha continuado su carrera en solitario con gran éxito de crítica y público. Respecto a esta obra señala que "Es una comedia trágica sobre el desmoronamiento de las promesas que esta pareja se había hecho." Y añade: "Cuando tiene lugar esta situación de resistencia dejas de ser la persona que eras antes para convertirte en otra, lo cual es un proceso de desgarro y de pérdida de identidad fortísimo en el que hay una deformación que es fea, bella, sublime patética y ridícula".

El verdadero corazón de la función descansa sobre el trabajo interpretativo de Noemí Rodríguez y Alejandro Jato, que asumen el enorme desafío de sostener una historia profundamente emocional sin caer en el artificio ni en el exceso. Ambos encarnan a unos personajes marcados por la pérdida, atrapados en ese territorio incierto que se abre cuando una relación se rompe y todo aquello que parecía sólido comienza a desmoronarse. Sus cuerpos, sus silencios y sus palabras se convierten en el vehículo en el que les acompañamos por las distintas etapas del duelo, desde la incredulidad inicial hasta la aceptación de lo inevitable.
La complicidad que existe entre ambos intérpretes resulta palpable desde los primeros compases de la representación. Cada mirada, cada gesto y cada intercambio sobre el escenario revela una "intimidad" construida con precisión y sensibilidad, permitiendo que la relación entre los personajes se perciba auténtica y cercana.




Ayuda a empatizar con una situación que en mayor o menor medida todos hemos vivido en alguna ocasión como es una ruptura sentimental, con sus contradicciones, recuerdos compartidos y emociones difíciles de olvidar.

En definitiva una pequeña joya que podemos disfrutar en la sala de la Princesa del Teatro María Guerrero hasta el 15 de noviembre.

  

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Teatro: Teatro María Guerrero (Sala de la princesa).

Dirección: Calle Tamayo y Baus 4.

Horarios: Del 9 de octubre al 15 de noviembre.

De martes a domingo: 18 horas.

 

Ficha artística

Texto y dirección: Noemi Rodríguez.

Reparto: Alejandro Jato (Novio) y Noemi Rodríguez (Novia).

Escenografía: Pablo Chaves.

Iluminación: Paloma Parra AAIV.

Vestuario: Cecilia Molano.

Espacio sonoro: Marc Álvarez.

Coreografía: Amaya Galeote.

Ayudante de dirección: Noelia Castro.

Ayudante de escenografía y vestuario: Beatriz Gago.

Diseño de cartel: Emilio Lorente.

Fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero.

Realización de escenografía: Beatriz Gago, Cárpatos Decorados, Mambo, Scnik y Tossal.

Realización de vestuario: El Sótano Vestuario.

Producción: Centro Dramático Nacional, Barco Pirata y Noemi Rodríguez.



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