Hay algo profundamente inquietante en el planteamiento inicial de “El dios de la juventud” de Alma Vidal. No tanto por la crudeza de su premisa: una artista decide suicidarse tras haber escrito su obra más perfecta. Sino por el modo en que esta muerte es asumida, no como tragedia, sino como consecuencia lógica. Esta es una obra que no teme mirar de frente al abismo que se abre cuando se acaba la promesa de ser joven y solo queda el mundo adulto por delante.
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