Llega al Teatro del Barrio (desgraciadamente por tiempo muy limitado) este demoledor relato nacido de una historia real, la de Ibrahima Balde, que recorrió medio continente africano en busca de su hermano y acabó llegando a España, después de mucho dolor y todas las penurias que se puedan imaginar. Una historia que nos conmueve y nos pone los pelos de punta por su crudeza y su verdad, por el dolor que supone dejar el hogar y por todos los horrores que hay que pasar en un mundo tan despiadado como el continente africano. Una descomunal propuesta que nos ha llegado al alma.
Montajes como el que nos ocupan deberían tener un mayor recorrido, mostrarse en colegios e institutos, para concienciar a los más jóvenes de lo duro que es llegar a nuestro país, y del dolor que supone dejar toda una vida atrás. Este montaje nos muestra con toda la vehemencia que la historia necesita, lo que tuvo que vivir su protagonista para buscar a su hermano, todas las vicisitudes que fueron golpeándole hasta saber el triste desenlace. Una historia real que debería hacernos pensar en lo horrible que es dejar a los tuyos, abandonar el hogar para embarcarse una odisea propia de superhéroes, para muchas veces desfallecer en el intento. Ibrahima Balde acabó alcanzo tierra española y hoy vive entre nosotros. Pero aún en estas tierras, sigue sufriendo la adversidad del racismo y las injusticias de la burocracia. Un relato conmovedor y doloroso, que nos debería hacer reflexionar a todas.
La Plataforma Artedrama ("Nor naizen baneki", "Hondamendia", "Hamlet", "Caballo azul", "Carta al nieto de Franco") ha sido la encargada de versionar y llevar a escena la novela escrita por Ibrahima Balde y Amets Arzallus. Formada por Ander Lipus, Iasone Parada, Irantzu Azpeitia y Mikel Unamuntzaga, Artedrama nació con la vocación de investigar y de crear a través de los distintos lenguajes de la acción, dramático, teatral y artístico. En sus montajes defienden la idea de que el arte es generador de modelos: aquellos que permiten expresar emociones, construir identidad y cuestionar el presente. Su arte —pensado y creado en euskera— los sitúa en el mundo desde la pertenencia a lo local, dirigiéndose a su comunidad sin renunciar a una dimensión universal. En este montaje se mantienen fieles a si mismos y pese a la dificultad del idioma (el tener que leer en todo momento los sobretítulos) la historia transcurre con fluidez y no te pierdes nada, pese a mi desconocimiento absoluto del euskera. Fabulosa decisión que aplaudimos con rotundidad. Sin duda, para mi fue toda una experiencia, y el resultado me pareció brutal.
Cuando vi que el Teatro del Barrio programaba una versión de la novela escrita por Ibrahima Balde y Amets Arzallus la apunté como uno de los imprescindibles del mes de Diciembre. Porque la novela es sobrecogedora, pero también está llena de ternura, es cruda pero destila amor, dolor y nostalgia en cada página. Una de las novelas que más me han impactado en los últimos tiempos, por la historia que nos cuenta, pero sobre todo por la manera en que lo narran, la sencillez con la que vamos viviendo las atrocidades que le pasan a Ibrahima en la búsqueda de su hermano, el dolor por tener que dejar su hogar, las vicisitudes que le empujan a diversas situaciones, cada una más extrema y dolorosa. La adaptación de Timberlake Wertenbaker es fiel a la esencia de la novela, en ella se mantiene ese pulso contra la adversidad pero sin abandonar la humanidad y fragilidad del protagonista.
El montaje lo ha dirigido Ander Lipus (con Philippe Ducou como ayudante de dirección y coreografía) con la colaboración de Manex Fuchs en la dirección actoral. El resultado no puede ser más acertado. Un montaje que navega entre las sombras y la penumbra, con un tono cercano al misterio, en el que las diferentes escenas se solapan con precisión con momentos en los que el protagonista se dirige al público mientras a su espalda se transforma la escena. La solvencia de los intérpretes (deliciosa dirección actoral, en la que todos saben darle las diferentes capas a cada personaje) a la hora de cambiar de registro con cada personaje hace que la obra fluya con naturalidad, con un ritmo que se va acelerando conforme avanza la historia. La escena del cayuco en el que Ibrahima consigue cruzar a España es simplemente impecable, de una crudeza y una angustia que estremecen. El momento culmen de la historia que nos deja a todos con un nudo en la garganta.
Este es el tercer montaje que Lipus dirige en torno al tema de la migración, tras "Etxekoak" y "Atzerrian lurra garratz". Para el director "Las tres son muy diferentes. Las anteriores son historias reales, pero fueron ficcionadas. Evidentemente, en Miñan hay un juego teatral, un imaginario, pero lo vamos a contar tal como es; esa es la apuesta". La participación de Amets Arzalluz en el montaje ha sido una de las piezas claves del montaje. "Está muy implicado y nos está guiando para que esa historia real se refleje de la manera más honesta posible", reconoce el director de la obra.
La obra nos narra la cruda realidad de la migración. Conoceremos a Ibrahima Balde, nacido en Guinea, que un día recibe una llamada de su madre que le obliga a abandonar su casa para emprender una odisea en busca de su hermano pequeño. A lo largo del infierno en el que se convierte su búsqueda tendrá que atravesar el desierto, cruzarse con policías de diferentes países (que solían no verle con buenos ojos), negociar con pasadores, esquivar y sufrir a todo tipo de secuestradores y mafias, todo ello en una huida hacia adelante que le llevará al final más horrible (aunque no del todo inesperado, por desgracia). Una ruta que le llevará hasta Europa pasando todo tipo de penurias. A nuestro país llegará solo, habrá perdido a su hermano y lejos de relajarse su situación seguirá recibiendo duros golpes de la vida.
En el caso de Ibrahima el camino acabó en Irún, donde conoció al escritor y bertsolari Amets Arzallus. Este encuentro, que ya no forma parte de la obra, cambió su vida. La historia conmovió tanto al novelista que decidió contarla en un libro, manteniendo la narración en primera persona del joven guineano. La novela (se publicó primero en euskera y luego fue traducida a varios idiomas) fue un éxito rotundo, con excelentes críticas y una gran acogida por parte del público. El éxito fue tal, que la recomendó hasta el Papa Francisco. Más allá de la repercusión de la novela, lo interesante de esta propuesta es que da visibilidad a uno de los problemas más salvajes de nuestro tiempo. La odisea que tiene que pasar Ibrahima en busca de su hermano lo firmarían los grandes estudios de Hollywood, pero no interesa porque es la cruda realidad a la que no se quiere dar visibilidad, ni mucho menos una solución que evite que el mar Mediterráneo siga siendo un inmenso cementerio.
Uno de los puntos fuertes de este montaje es el trabajo del elenco, encabezado por Sambou Diaby, en la piel del joven guineano que tiene que irse de su casa para vivir todo tipo de aventuras. Le acompañan en escena Ander Lipus, Eihara Fernández de Larrea y Mikel Kaye, interpretando a todos los personajes que van apareciendo en la historia. El director cuenta que "Sambou es de Zumaia, tiene un euskera súper limpio y claro y posee tanto las raíces de África como las vascas. Era la combinación perfecta para encarnar a Ibrahima". La verdad es que no podemos estar más de acuerdo. El actor encarna a la perfección todo lo que quiere transmitir la función, desde la lucha por la supervivencia a la integración en nuestro país. La función se desarrolla en dos planos. Una parte en la que Sambou se dirige al público a modo de narrador, como si nos estuviese contando un cuento. Este tono contrasta con la parte más teatral, en el que se va desarrollando la acción.
Pero este juego no sería posible sin el impecable trabajo del resto de actores, que dan vida al resto de personajes pero también se encargan de manipular la escena en cada cambio de ubicación de la historia. Trabajo portentoso el que realizan al cambiar tantas veces de personaje, dándole a cada uno sus matices y sus personalidades bien diferenciadas. Un trabajo coral portentoso que aumenta aún más la belleza y la complejidad de la obra.
Todo esto sucede en un espacio vacío, en el que solo aparecen una serie de cajas de madera de diferentes tamaños, con las que los actores van componiendo las diferentes escenas. El espacio escénico diseñado por José Pablo Arriaga es sencillo y a la vez rotundo. Los diferentes elementos van modificándose para componer barreras, cárceles, campamentos, con una sencilla composición que transmite la esencia de cada escena. El broche final es la escena del cayuco, simplemente prodigiosa y a la vez desgarradora. Se pone la piel de gallina al verlo. Todo ello se complementa con la minuciosa iluminación de Oier Ituarte que juega con las luces y las sombras con delicadeza, para dar a las escenas el tono misterioso que necesitan. Por último, debemos nombrar la música de Aitor Agiriano (Toro) que nos acompaña durante esta epopeya.
En definitiva, estamos ante una obra que lo único malo que se puede decir de ella es que solo ha estado dos días en el Teatro del Barrio. Una propuesta diferente, arriesgada, valiente, que nos destroza y nos hace zarandear en la butaca. Si el libro ya nos había emocionado, la ovación cerrada (y muy larga) que se vivió al acabar la función da constancia de que el montaje llega con toda la sinceridad y la crudeza de la novela. Brillante trabajo que nos debería hacer reflexionar a todas. Porque detrás de ese "final feliz" del que goza Ibrahima hay miles de historias que no corrieron esa suerte. Bravo por dar visibilidad a un problema que nos golpea con fuerza y que muchos quieren convertir en motivo de panfleto político, cuando la humanidad debería prevalecer por encima de todo. Nadie pasa una odisea como la de Ibrahima si puede quedarse en su país, nadie deja todo atrás y se embarca en esta odisea por gusto.