Comienza el año en el Teatro Español con esta desgarradora propuesta que nos recuerda lo que era nuestro país hace poco más de un siglo. Una sociedad sumida en la pobreza, que solo se guiaba por lo que le dictaba la Iglesia y por sus creencias. En este caso veremos a una familia sufrir por la obcecación de un padre que lejos de proteger a sus hijas las ha maltratado durante toda su vida. Un apabullante montaje que nos deja helados, con unas maravillosas interpretaciones que nos mostrarán un país machista y patriarcal, en la que las mujeres eran simples objetos que los hombres utilizaban a su antojo. Desolador pensar que haya gente que eche de menos esta época...
Estamos ante una propuesta demoledora, por su crudeza y por la honestidad que desprende. Pero también debemos plantearnos lo cerca que nos encontramos como sociedad en algunos de los postulados que vertebran la función. La historia nos muestra con crudeza y sin edulcorantes los efectos dañinos del fanatismo religioso, del patriarcado, del machismo estructural, de la violencia de unas élites sobre los más indefensos. Todo esto, que vemos con la distancia, permanece en alarmante crecimiento en nuestra sociedad. Manteniendo las distancias, es una historia que debe hacernos reflexionar sobre lo que éramos hace más de un siglo y lo poco que (algunos) han evolucionado. Otro de los elementos clave de la obra es el maltrato sistémico al que se somete a la mujer, desde el seno de la familia hasta sus "presuntos" confesores, todos las quieren utilizar y someter, reduciéndolas a sirvientas, ya sea en el ámbito sexual o en las tareas domésticas. Una violencia silenciosa que las convertía en simples observadoras de la vida (en el mejor de los casos) o las abocaba a la prostitución o el chantaje.
Una coproducción del Teatro Español y Micomicón Teatro que nos cuenta una historia desgarradora de una forma portentosa. Todo en este montaje está cuidado al detalle. A las soberbias interpretaciones hay que sumar una lúgubre y muy efectiva puesta en escena, en la que todo nos conduce a un lugar oscuro, en el que el sufrimiento y el dolor se apoderan de todo. Una historia que no por desoladora debemos pensar lejana. La sociedad que nos muestra la obra no dista mucho de la que tenemos hoy en día. El dolor por las heridas no cerradas, los secretos que van erosionando las familias, los abusos de ciertos estamentos de poder, una familia golpeada por su tiempo pero también por sus propias ideas.
Mariano Llorente ("Nuestros Muertos", "Una humilde propuesta", "El Triángulo Azul") ha sido el encargado de adaptar y dirigir esta obra basada en la novela homónima de Alejandro Sawa. Una obra descarnada, que desnuda las violencias ocultas de la sociedad del siglo XIX (muchas de ellas presentes aún en nuestros días), con gran crudeza e impactante naturalidad. Como es habitual, esta violencia se ceba en las mujeres, oprimidas por sus maridos, sus padres o sus confesores, personas que se creían con el poder de mandar sobre ellas. Pero la obra también hace una contundente crítica al fanatismo religioso, pieza angular sobre la que pivota la vida de la familia protagonista. En definitiva, el texto es una prodigiosa radiografía de su época, con una feroz crítica a las élite y a una ética cada vez más decadente, en la que priman las apariencias por encima de todo, les suena? Pese al paso de los años, muchas de las principales lacras de la sociedad permaneces vigentes.
Llorente habla de este texto como "una novela febril que produce desasosiego y asfixia, retrato envenenado de la condición humana, radiografía implacable de las tinieblas morales de toda una familia que sufre y paga muy caro su viaje por esa oscuridad, en la que algunos son más culpables que otros y finalmente todos víctimas. Más víctimas las mujeres, desde luego, presentadas casi como animales aterrados en su condición de siervas sexuales y domésticas del varón, teniendo como única vía de escape de ese su destino cierto la prostitución, el adulterio o la alcahuetería". Alejandro Sawa, un autor desconocido para el gran público (al menos para el que escribe estas líneas) se convierte en todo un descubrimiento, por lo brutal de su narrativa, por lo afilado de su pluma, por lo demoledor de su discurso, por la vehemencia con la que retrata la realidad de su época. Con este texto, nos cuenta el director, vamos a emprender un viaje hacia zonas durísimas del ser humano, con la esperanza, eso sí, de que lo que mostramos permita la entrada de algún rayo de luz.
Vayamos al texto de Alejandro Sawa, que como ya dije antes ha sido todo un descubrimiento para mi. Escrito a finales del siglo XIX, fue una obra clave en su época para entender el naturalismo español, con una mordaz y demoledora crítica al catolicismo y todo lo que ello conlleva en aquello época, tanto en la piel de los curas como lo mucho que marcaba la vida de las familias. Un texto que atraviesa a la sociedad de la época, para hablarnos de la ética corrompida, basada en las apariencias y donde la religión era el paraguas bajo el que esconder todo tipo de abusos y crueldades. En este contexto de decadencia, Sawa nos muestra nos crudeza los efectos demoledores del fanatismo religioso en una familia golpeada por la miseria y señalada por las normas sociales. Tras ver la obra y conocer la demoledora forma con la que escribía, nos enteramos también de que Valle-Inclán se basó en él para generar a su universal Max Estrella. Es curioso que su nombre no resuene con la misma fuerza que otros contemporáneos de su época.
La función nos mete de lleno en la vida de la familia de Don Francisco, el autoritario padre de familia que rige todas sus decisiones por sus creencias religiosas. Un hombre autoritario, profundamente religioso, que maltrata a las mujeres de su familia bajo su obsesión por la fe y los designios religiosos. La familia se ha desintegrado por su fanatismo, sus hijos varones han huido y una de sus hijas fue expulsada por tener una vida que no concordaba con sus ideales. La única hija que permanece en la casa, Paquita, acaba de enfermar. En ese momento será cuando Francisco se dará cuenta de que toda su familia le odia, que de tanto obsesionarse por ser estricto en lo religioso ha conseguido llevar a la ruina a su propia familia.
Uno de los puntos fuertes del montaje, sin duda alguna, es el fabuloso elenco formado por Alberto Jiménez, Àstrid Janer y Roser Pujol, a los que acompaña Jorge Varandela en las proyecciones, dando vida a Paquito, uno de los hijos. Alberto Jiménez está descomunal interpretando a dos personajes tan odiosos y maquiavélicos como bien construidos. El actor da vida a Don Francisco, el padre de la familia, un hombre lastrado por sus creencias que no sabe ver más allá. Su periplo en busca del dinero para salvar a su hija es tan conmovedor como sórdida la historia previa de su comportamiento con sus hijas. También da vida a Don Gregorio, un personaje aún más sórdido y tenebroso. El duelo interpretativo está servido con el contrapunto de los personajes que interpreta Àstrid Janer, las hijas vulnerables e indefensas ante el poder de los hombres. Janer interpreta a una enferma Paquita que solo quiere sincerarse con sus padres antes de morir, contarles todo eso que le lleva golpeando toda la vida. También da vida a Lolita, la hija desheredada por su modo de vida que sufrió violencias de todo tipo que su familia no quiso ver. Como mediador de este "duelo" entre el padre y la hija, tenemos a Roser Pujol interpretando de manera impecable a Doña Dolores (también es la voz de la narradora), la sufridora madre que ha callado todas las atrocidades que han sufrido sus hijas.
El otro gran acierto de este montaje viene del lado más técnico. El ambiente lúgubre y tenebroso es perfecto para la historia. La elección, por parte de Arturo Martín Burgos, de una escenografía sencilla (apenas la cama y la mesilla) que va mutando y desplazándose por el espacio es todo un acierto para transmitir ese vacío existencial que tiene la familia, abandonados por todos sus hijos y maltratados por una sociedad que los tiene señalados desde hace tiempo. Para crear este sórdido ambiente que impregna toda la obra hay que destacar la fabulosa videoescena creada por Emilio Valenzuela, una hipnótica sucesión de imágenes que complementan el espacio y nos mete de lleno en esa España del XIX, oscura y sucia, decadente y triste. Todo esto se completa con una cuidada iluminación diseñada por Ion Aníbal, una primorosa composición musical de Mariano Marín y un abrumador espacio Sonoro de David Roldán. No podemos terminar este apartado sin hablar del fantástico vestuario de Almudena Rodríguez Huertas, que nos muestra a los personajes de forma explícita, con una simple imagen entendemos como son.
En definitiva, estamos ante un montaje impecable, contundente, arrollador. La historia es desgarradora, la dirección es detallista y precisa, las interpretaciones simplemente fantásticas. Una obra necesaria para hacernos recapacitar sobre lo que era la sociedad del XIX y lo poco que hemos avanzado en muchos de los temas principales que aborda el texto. Una precisa radiografía de un tiempo al que nos quieren devolver, ese en el que los hombres se creían con la potestad de mandar sobre las mujeres, a las que consideraban como pertenencias que podían utilizar a su antojo. Un texto fundamental para que pensemos lo que se ha avanzado en los derechos de las mujeres y para que sepamos a donde nos quieren empujar de nuevo. Un ejercicio fabuloso que nos invita a sumergirnos en las mentes de estos hombres que seguían sus creencias y sus instintos sin importarles el daño que ocasionasen, sobre todo en las mujeres, a las que maltrataban de forma sistemática. Vayan a verla, es una obra emocionante y desgarradora, desoladora y cruel, como la vida en aquella época oscura.