Hay historias que te hacen mirar desde fuera y otras que consiguen colocarte en un lugar bastante más incómodo: el de quien intenta comprender algo que, en principio, parece imposible de comprender. Eso me pasó con "No mires. A partir de la historia de Verónica y Camila Estay", en el Teatro de La Abadía. Una propuesta que parte de una historia familiar atravesada por la dictadura chilena, pero que termina abriendo preguntas mucho más amplias sobre los vínculos, la culpa, la memoria y nuestra capacidad para convivir con las contradicciones de quienes queremos.
Lo que más me llamó la atención fue la perspectiva desde la que se aborda el conflicto. Hay algo profundamente psicológico en la manera en que la obra te coloca en el lugar de la hija, obligándote a mirar una realidad que no has elegido y con la que, sin embargo, tienes que aprender a convivir. ¿Cómo te relacionas con tu familia cuando descubres que forma parte de una historia que te resulta difícil asumir? ¿Cómo encajas el cariño, los recuerdos y la identidad familiar con unos hechos que te generan rechazo? La obra no resuelve estas preguntas, pero consigue que te las hagas desde dentro.
Y creo que ahí está uno de sus mayores aciertos. No se limita a señalar a los personajes desde fuera, sino que te acerca a sus contradicciones. Te hace pensar en lo complejo que puede resultar querer a alguien y, al mismo tiempo, tener que enfrentarte a aquello que representa. No es una cuestión de justificar, sino de intentar comprender cómo conviven afectos, silencios y responsabilidades dentro de una misma historia.
La puesta en escena me pareció especialmente interesante por la manera en que utiliza el espacio. El escenario está en constante transformación: se despliega el suelo, entran y salen muebles, se modifica la pared y los elementos se recolocan para construir nuevos lugares. Todo sucede a la vista del público y eso hace que los cambios de espacio formen parte del propio lenguaje de la obra. No se trata simplemente de cambiar de decorado, sino de mostrar cómo se va reconstruyendo una historia a partir de diferentes perspectivas.
Hay mucho simbolismo en estas transformaciones. Los objetos y los espacios no están ahí únicamente para situarnos, sino que van adquiriendo significado según lo que ocurre. Me gusta cuando una propuesta escénica consigue que un elemento cotidiano termine contando algo más de lo que parece a simple vista, y aquí esa transformación está muy presente.
También destacaría cómo se incorporan las imágenes proyectadas y los testimonios reales. La obra utiliza vídeos de entrevistas y material documental, mostrando los rostros y las voces de las personas vinculadas a la historia, mientras las actrices y los actores continúan el relato desde la escena. Ese diálogo entre las imágenes reales y su representación teatral genera una relación muy particular entre documento y ficción. Hay momentos en los que la interpretación parece prolongar lo que acabamos de escuchar y otros en los que la imagen documental nos devuelve a la realidad de los hechos.
Me parece un recurso especialmente potente porque permite acercarse a las personas reales sin perder de vista que estamos ante una construcción escénica. No se trata de reproducir la realidad de manera literal, sino de encontrar una forma de trasladarla al teatro y abrir nuevas preguntas a partir de ella.
Una de las escenas que más me llamó la atención es la del fútbol, acompañada por música techno. La combinación de ambos elementos genera una imagen escénica muy particular: algo tan cotidiano y reconocible como el fútbol se transforma en una representación del peso del apellido y de la herencia familiar. La música, el movimiento y la acción se van sumando hasta construir una escena cargada de simbolismo, donde el juego deja de ser únicamente un juego para hablar de identidad, pertenencia y de aquello que recibimos de nuestra familia, incluso cuando no hemos elegido cargar con ello.
También me pareció significativo el tratamiento de la infancia de Oriol. La obra introduce el canto gregoriano y la presencia de la religión, y más adelante incorpora un vídeo de su infancia en Turquía que permite volver sobre esos elementos desde otra perspectiva. Es una manera de aportar contexto sin recurrir únicamente a la explicación verbal, dejando que las imágenes y los sonidos vayan construyendo relaciones entre las distintas etapas de una vida.
Y luego está la escena final del ajedrez, que me resultó especialmente simbólica. La comparación entre el tablero y las posiciones que cada persona ocupa dentro de un conflicto familiar abre una lectura sobre las decisiones, las estrategias y los lugares desde los que nos relacionamos. Cuando el padre o el tío de la víctima expone su posicionamiento ante la hija, el ajedrez deja de ser un simple juego para convertirse en una imagen de las relaciones de poder y de las distintas maneras de interpretar lo ocurrido.
El ritmo de la obra se sostiene a través de esa combinación de escenas, testimonios, música, vídeo y transformaciones espaciales. No es una propuesta que dependa únicamente del texto, sino que construye su relato desde la suma de todos esos elementos. Y eso hace que la experiencia tenga distintas capas: puedes seguir la historia familiar, pero también detenerte en las imágenes, en los silencios y en las asociaciones que van apareciendo.
No mires habla de la dictadura chilena y de sus consecuencias, pero también de algo que trasciende ese contexto histórico: la dificultad de mirar de frente aquello que preferiríamos mantener separado de nuestra vida cotidiana. Porque a veces resulta más sencillo colocar a determinadas personas en una categoría y dejar de preguntarnos cómo han llegado a ocupar ese lugar. La obra, sin embargo, insiste en la incomodidad de las zonas grises, sin convertir la comprensión en una excusa ni la condena en una respuesta suficiente para entender una historia familiar.
Salí con la sensación de haber asistido a una propuesta que utiliza muy bien los recursos teatrales para acercarse a un conflicto real desde diferentes perspectivas. La escenografía en transformación, los vídeos, las entrevistas, la música y el simbolismo de determinadas escenas no son adornos, sino herramientas que ayudan a construir el relato.
Y, sobre todo, me quedé pensando en esa posición de la hija: en cómo se reconstruye una identidad cuando el pasado familiar te obliga a revisar todo lo que creías saber. Porque hay historias que no heredamos por haberlas vivido, sino por tener que aprender a convivir con sus consecuencias.
Quizá por eso el título resulta tan sugerente. No mires parece una orden, una invitación a apartar los ojos de aquello que duele. Pero el teatro hace precisamente lo contrario: nos coloca delante de esa realidad y nos obliga a permanecer ahí un poco más.
Dramaturgia: Cultura i Conflicte Dirección: Joan Arqué Reparto: Pep Cruz, Erol Ileri, Marta Marco, Gemma Martínez Asesoría dramaturgia: Marc Angelet Audiovisuales y creación musical: Erol Ileri Dirección de arte: Magda Puig Torres Dirección de producción: Oscar Balcells y Judit Codina Serra Investigación y guion: Teresa Turiera-Puigbò Investigación, documentación y audiovisuales: Cultura i Conflicte Diseño de luces: Toni Ubach Escenografía: Víctor Peralta Vestuario: Nídia Tusal Diseño sonoro: Marc Jodar y Erol Ileri Ayudante de producción y arte: Mariona Signes Voz de periodista Mónica González: Valentina Lazo Jefe técnico: Jordi Domènech Distribución: Marta Riera Pi
Una producción de Cultura i Conflicte y Teatre de l’Aurora En coproducción con El Canal, Centre d’arts Escèniques, Salt-Girona y Grec 2026 Festival de Barcelona
No mires. A partir de la historia de Verónica y Camila Estay. Teatro de La Abadía
Reviewed by Fernando Muñoz Jaen
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martes, octubre 27, 2026
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