Verborrea. Nave 10 Matadero

Entramos a la Nave 10 de Matadero con gran expectativa por descubrir el nuevo montaje de Pablo Remón, uno de los creadores más interesantes de la escena nacional. Con todo agotado desde antes de su estreno, la obra promete. El dramaturgo vuelve ha tratar algunos de sus temas más recurrentes, como son la transición, la España profunda o la familia. En este nuevo proyecto se vuelve a rodear de algunos de sus intérpretes de confianza, para crear una corrosiva comedia sobre dos hermanos, sobre una banda de punk, sobre la evolución de nuestro país en los últimos cincuenta años, sobre las cicatrices que dejan los padres en los hijos.



Esta aventura sobre dos hermanos nos recuerda a otros trabajos previos de Remón en los que indagaba en la España más periférica, más rural. En esta ocasión nos vamos hasta un poblado al lado del Valle de los Caídos (construido para los empleados de Patrimonio) en los años de la transición (la obra arranca con la muerte del dictador). Desde ese lugar, conoceremos a dos hermanos, hijos de un funcionario franquista, que fundan un grupo de punk a finales de los 80. A través de los miembros del grupo iremos conociendo las aventuras y desventuras del grupo, el auge a principios de los 90 y su pronta desaparición cuando parecían que estaban a un paso de convertirse en un grupo de culto. Una historia rocambolesca y por momentos bastante surrealista (sobre todo el tramo final) que nos llevará por garitos, pueblos, grandes festivales y alguna que otra remota carretera, como le ocurría a cualquier grupo de aquella época. 




Esta producción de Nave 10 Matadero y Buxman Producciones, con el apoyo de Crea SGR, es una irreverente mirada a lo que somos, a nuestra historia reciente, a esos adolescentes de finales de los ochenta y principios de los noventa, que querían luchar contra todo, comerse el mundo a bocados, ir en contra de todo lo que les habían dicho sus padres y conseguir todo aquello que ellos ni habían imaginado. Ya en los primeros minutos del montaje nos queda claro la belleza de la propuesta, el tono de comedia gamberra muy típica del cine de aquellos años, una puesta en escena que nos engancha desde el primer momento, con un planteamiento inicial que pone sobre la mesa todas las cartas sobre lo que vamos a ver, y la apuesta nos encanta. Este inicio (con un Javier Cámara descomunal) marca el listón de una obra que va encajando las piezas de la historia con los monólogos de sus protagonistas.



Pablo Remón, autor y director de la obra, escribe de nuevo sobre los coletazos de una dictadura que llegan hasta nuestros días, sobre la vida en los pueblos, sobre todo lo que construye este país fuera de los grandes focos. Este nuevo texto nos recuerda a algunos de sus primeros trabajos, como "40 años de paz" o "Los mariachis", piezas que también tenían esa apariencia decadente, esa comedia negra, esa crítica a lo que somos y a lo que podíamos haber sido. Un texto con toda la esencia de Remón, con ese humor tan característico y mordaz, con unos personajes perfectamente estructurados (siempre me pasa que me encantaría saber más de cada uno de ellos, su propio biopic), con una atmósfera que nos recuerda a películas de los hermanos Coen, con un ritmo que no decae en toda la función. Un texto redondo, con guiños inesperados al gran Robe o a alguna folclórica a la que no nombran. Rotundo en el mensaje, eficaz en la forma, vertiginoso en el ritmo, impecable el resultado.

El autor vuelve a contar con los protagonistas de su anterior trabajo en Nave 10 Matadero, "Vania x Vania", y explica que "Vania fue un viaje muy especial para nosotros; ha sido un placer volver a juntarse en un proyecto tan distinto". A estas alturas, Remón suele escribir pensando en repartos definidos, porque "tengo el privilegio de escribir casi siempre para unos actores y actrices concretos, así que sus voces y sus energías están desde el comienzo". Una familia la que ha creado, que le sigue a donde les proponga, al igual que la gran comunidad de seguidores que agotamos las entradas de cada uno de sus montajes.



Algunas de las elecciones más acertadas de la obra se sustentan en decisiones de dirección que hacen que la obra adquiera un empaque mucho mayor. La primera de ellas es la composición de la obra a través de los monólogos de los protagonistas. Esto deja algunas perlas por las que ya vale la pena el resto de la función. El monólogo inicial de Javier Cámara quedará en el recuerdo de todos los que vayan a ver la obra. Pero también la presencia de los actores en escena casi de forma permanente, como quien escucha el relato del otro, ofrece una composición grupal de todo lo que pasa en escena. Y la tercera decisión que hay que aplaudir, esta más conceptual, es que la obra se estructure como una vieja cinta de casete con su cara A y su cara B. Dos momentos vitales que se narran desde diferentes lugares, con un momento clave que lo cambia todo, momento que les impulsa a la carrera musical.




Remón es único a la hora de crear universos singulares en los que el espectador se siente cómodo desde el principio. Sin llegar al minimalismo de "Bárbaros, etcétera" o a la grandilocuencia de "Los farsantes" o la reciente "El entusiasmo", pero más cerca de la primera, en esta ocasión apuesta por un espacio prácticamente vacío, pero lleno de simbolismo. Una autocaravana, que se convierte en el centro de la historia, en donde empieza y termina todo, ese lugar que fue cobijo en la niñez y es refugio cuando todo se derrumba. Un director que tiene claro lo que quiere contar y el modo más efectivo para que le llegue al espectador. Desde la presencia inicial del padre de espaldas al público (al menos a la grada frontal) para mirar a su hijo hablar de él, todo vuelve a girar en torno a lo que somos, a las heridas que nos dejan nuestros padres, a los sueños que se nos fueron quedando por el camino. Como si de una fábula se tratase, la historia de este grupo de punk se va construyendo ante nuestros ojos, con las versiones (un poco diferentes) de cada uno de sus protagonistas. Fantástica esa composición de la historia a través de los personajes. Porque ese grupo del que nos habla Remón, tendrá miles de caras, y será la historia de muchas de las bandas que han tenido sus años de gloria en nuestra música, para luego desaparecer de los focos.




La historia, como ya hemos comentado, se estructura en dos partes, como si de las caras de una cinta de casete se tratase. A lo largo del montaje nos adentraremos en la vida de dos hermanos, y de la banda de punk que formaron a finales de los ochenta y que estuvo en activo hasta principios de los noventa. En la cara A, Kike (el hermano mayor, el más social de los dos), el manager del grupo nos contará como fue su infancia en ese poblado al lado del Valle de los Caídos, junto a su hermano Segis (el cantante del grupo, introspectivo y oscuro, como todos los punkis), un chaval rebelde y con ganas de comerse el mundo, que se rebela contra la vida que le ha tocado, desde su padre hasta su entorno. El punk, la anarquía y el nihilismo como tabla de salvación de una realidad gris. 

Pero un hecho catastrófico cambiará y sus vidas y desde ese lugar comenzará la cara B de esta particular cinta de casete, en la que los miembros del grupo nos irán contando toda la historia de la banda, desde sus inicios por pequeños pueblos y salas de limitado aforo, hasta su debacle cuando parecía que iban a despegar de manera definitiva. En esta historia, el Segis pasará a ser Segismundo Tóxico, nombre de guerra del que se convirtió en alma de la banda. Una figura amada y odiada (por los fans y por el grupo), sobre su espalda descargan todos sus sueños, pero también sus frustraciones. Todo se convierte en un relato coral, un puzle que van componiendo los diferentes miembros de la banda, un conjunto de versiones de una realidad que se configura como un documental musical, la historia de una banda que lo pudo ser todo y se quedó a las puertas del cielo.
 


Como ocurre en todos los montajes de Remón, la elección de los intérpretes y sus creaciones de los personajes es de lo mejor de la obra. Si a todo esto le sumamos la complicidad que el director tiene con Javier Cámara, Marta Nieto, Emilio Tomé e Israel Elejalde, la combinación es explosiva. Cuatro intérpretes en estado de gracia, desatados, convencidos de lo que hacen, entregados a una historia que defienden como propia. A través de memorables monólogos y alguna interacción entre los personajes, iremos descubriendo a estos peculiares seres, un grupo que se convirtió en familia y que se diluyó por sus propias peleas internas, o por lo efímero del éxito. Unas interpretaciones sublimes que engrandecen la historia, le dan una visión coral y la construyen desde las diferentes realidades de cada uno.

Javier Cámara, una vez más fantástico en su encarnación de Kike, el lado amable de la banda que nos hace las presentaciones iniciales y nos pone en contexto de la lo que vamos a ver. Se nota que el actor lo disfruta, con un personaje gamberro, socarrón y un poco trilero, como buen manager musical. Una interpretación maravillosa. A su lado tenemos a Israel Elejalde interpretando a un oscuro y turbio Segis, un personaje marcado por sus miedos internos y las cuentas pendientes con su padre. El resto de la banda la forman Lola Metralla, una arrolladora y muy divertida Marta Nieto (la elección de su acento murciano muy choni es uno de los mayores aciertos de la obra, sublime), y Johnny Casetes, delirante y fascinante interpretación de Emilio Tomé.



Toda esta maravillosa locura ocurre en un espacio escénico "bastante esencial y minimalista" en palabras del propio Remón. La escenografía diseñada por Monica Boromello está presidida por esa gran caravana llena de la que sobresale toda una montaña de tierra, y que esconde mucho simbolismo de lo que es la vida de estos dos hermanos. Esto se acompañará por las cuatro sillas que usan los actores y por los instrumentos que usa el grupo (una guitarra, un ampli, un micro). La escenografía nos tiene reservada alguna sorpresa en momentos cumbre de la historia, como la lluvia que significa el "cambio de cara" en nuestra cinta de casete. Una historia sobre un grupo de música no sería completa sin un buen espacio sonoro, que Sandra Vicente sabe construir para llevarnos a esos lugares oscuros de los conciertos de finales de los ochenta. Otro elemento clave es la cuidada iluminación de David Picazo, tenue y precisa, impecable. Por último, no podemos dejar de nombrar el fabuloso diseño de vestuario de Ana López Cóbos y Sara Sánchez de la Morena, pura diversión.




En definitiva, Pablo Remón vuelve a construir una historia fascinante sobre nosotros mismos, sobre lo que esta sociedad que aún rezuma efluvios de dictadura mientras los punkis intentan comerse el mundo a bocados sin saber muy bien como hacerlo. Una vez más, todo el montaje resulta fascinante, con una puesta en escena misteriosa, que contrarresta con un vestuario de lo más loco, con una historia por momentos delirante, con toques surrealistas, pero plagado de humor, sinceridad y verdad. Si a todo esto le sumamos a un elenco en estado de gracia que nos regala cuatro interpretaciones soberbias, podemos decir que estamos ante uno de los grandes éxitos de lo que va de temporada. Remón nunca defrauda, porque sabe lo que quiere el público y tiene muy claras las ideas para darnos lo que queremos. Divertida, corrosiva, ingeniosa, crítica, mordaz, una maravillosa gamberrada.

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Teatro: Nave 10 Matadero.
Dirección: Paseo de la Chopera 14.
Fechas: Del 1 de Octubre al 1 de Noviembre. De Martes a Domingo a las 19:30. 
Duración: 95 minutos.
Función accesible: Viernes 23 de Octubre.
Entradas: Desde 15,75€ en Nave 10. Martes día del espectador.


Ficha artística

Texto y dirección

Pablo Remón

espacio sonoro

Sandra Vicente

Intérpretes

Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto
y Emilio Tomé

ayudante de dirección

Juan Ollero

ESCENOGRAFÍA

Monica Boromello

Equipo producción Buxman Producciones

Jordi Buxó, Pablo Ramos Escola y Lucía Naharro

iluminación

David Picazo

Una producción de

Nave 10 Matadero y Buxman Producciones, con el apoyo de Crea SGR

Diseño de VESTUARIO

Ana López Cóbos y Sara Sánchez de la Morena
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