Teatro: Solo a un metro de distancia. Sala Cuarta Pared

 La vida puede llegar a ser un camino angustioso en el que duele cada día. El dolor infringido en la niñez es muy difícil de olvidar, y en esta pieza se nos muestra con una delicadeza precisa y portentosa, que nos tiene en vilo durante toda la historia, desgranando poco a poco el dolor y las heridas que son casi imposible que cicatricen. La vida puede doler, la realidad puede angustiar, los recuerdos pueden asustarnos, todo aquello que marcó a la persona que fuimos puede quedar marcado en lo más profundo de nuestra alma, por mucho que intentemos escondernos y por muy cercano que haya sido el daño infringido.





Hay temas que son muy difíciles de tratar sin caer en tópicos o sin entrar en algo demasiado sensacionalista. Hay historias que hay que contarlas con el rigor que merecen, con la precisa dosis de dolor que es necesaria, pero también dotándola de una ternura y una belleza que haga al público partícipe en todo momento. Esta obra tiene todos esos ingredientes, trata una historia desgarradora, que duele hasta ahogarnos, pero la manera en que nos la van mostrando es de tal belleza que quedamos hipnotizados por el montaje. Verdad, dolor, sencillez, honestidad, firmeza, una historia que no podrás olvidar fácilmente.



La Compañía Serena Producciones nos presenta esta obra que ya se ha convertido en uno de esos títulos de los que la gente habla durante mucho tiempo. Fue un bombazo en su estreno en Enero de este año y podemos afirmar que es uno de los montajes del año. Antonio C. Guijosa ("Iphigenia en Vallecas", "Pídeme perdón", "Tito Andrónico") nos habla del maltrato infantil desde la transparencia, mostrando el dolor y la angustia sin edulcorarla, sin poner filtros que lo hagan más accesible, pero con una elegancia y discreción que lo convierten en una historia de extrema belleza. Un tema tan delicado y conflictivo (a la vez que nos resulta escabroso y difícil de comprender) como es el abuso sexual infantil solo puede levantar dolor y rabia, nauseas e impotencia por una injusticia tan grande. Eso es lo que nos transmite esta minuciosa obra en las distintas aristas de cada uno de sus personajes, pero es tal la maestría y la elegancia con la que se aborda, que nos conmueve y nos maravilla.



El texto de Guijosa es una precisión encomiable. Sabe medir cada escena para que no resulte agobiante, controla cada movimiento para que no resulte impostado, mide cada emoción para que duela sin desgarrar, coloca cada palabra para que tenga impacto justo, tanto dentro de la historia como en el espectador. Un relato que se sustenta en la verdad, fruto e un minucioso trabajo de estudio durante largo tiempo, cocinado a fuego lento para conseguir un resultado admirable, sazonado con otros temas periféricos que dan un mayor empaque al principal. Porque esos personajes satélite que rodean a la protagonista nos muestran la incomprensión por quien no ha sufrido el daño, la negación por algo tan brutal en tu propio entorno, la imposibilidad de gestionar el horror desde fuera.

El propio actor nos habla así de estos temas que sobrevuelan al relato central, "Sólo un metro de distancia está lleno de testigos que no entienden. Médicos, amigos, parejas, familiares, psicólogos... que presencian ese daño y muchas veces resultan incapaces de gestionarlo". Guijosa nos deja en el aire preguntas que son difíciles de contestar "¿Cómo nos posicionamos ante el dolor ajeno? ¿Cómo afecta a la visión de nosotros mismos y de nuestras propias miserias y dolores? ¿Y cómo tratamos a queremos y no entendemos? ¿Estamos condenados a albergar en nosotros un reducto de soledad inexpugnable?"


El propio Guijosa asume la dirección del montaje, y lo hace con una elegancia y moderación deslumbrantes. Con un trabajo de elenco prodigioso, el director hace un minucioso trabajo de orfebrería teatral, esculpiendo cada escena con cuidado, tratando los cambios con precisión, intercalando el drama con la comedia en su justa medida, diseccionando a cada uno de los personajes desde la propia escena y desde el lugar común que las cuatro actrices comparten con el público. Una dirección serena e inteligente, en la que no deja que un tema tan doloroso como el que trata sea el detonante de un drama angustioso, sino que prefiere edulcorarlo en su punto justo para dar cabida al amor, a la complicidad, a la ternura, consiguiendo un resultado contundente y demoledor, mezcla de dolor y ternura, de amor y odio, de desasosiego y de alivio en un brillante tramo final.



La historia nos lleva de inicio a una playa en la que una mujer disfruta de un precioso atardecer sin llegar a sentirlo, porque ella nunca consigue estar en cuerpo y alma centrada en lo que hace, su pesada mochila le "obliga" a estar siempre en guardia. Esta "aparente" tranquilidad salta por los aires con la llamada de su hermana, eufórica porque va a ser madre. Este es el detonante que hace que la fragilidad interior de nuestra protagonista salte por los aires, y lejos de poder alegrarse todos los recuerdos se le vienen encima para aplastarla. El abismo al que de repente se asoma le hace enfrentarse con todos los miedos y los fantasmas de su infancia, y tras un camino escabroso conseguirá dar el paso que debería haber dado hace mucho tiempo: contar el abuso sexual que sufrió en su infancia por parte de su padre y que nunca se había atrevido a contarle a nadie. Este doloroso camino hacia la decisión final tiene a muchas personas implicadas, más o menos allegadas, que intentan ayudarla, muchas veces sin poder llegar a entenderla.


Porque esta obra se mueve en el dolor de una persona traumatizada por una infancia tortuosa, cimentándose en el daño y la incomprensión que la rodean a cada paso que da. El daño de una losa que no le deja vivir, que la estrangula cada vez más y no le deja respirar, que le impide avanzar y llevar una vida normal. La incomprensión de la gente que le rodea, incapaz de ponerse en su lugar, de saber realmente lo que ella siente, de intentar ayudar tensando más la cuerda. Lo que puede significar el daño causado en la niñez para la vida de una persona, los problemas de convivir con ese dolor que te aplasta, los intentos de intentar superarlo.

La protagonista vive en una angustia constante y se tambalea como un boxeador con cada nuevo que recibe, por la incomprensión de los allegados, por la dificultad de mostrar lo que siente. Un personaje en busca de respuestas, de salidas al hoyo en el que se encuentra, que solo encuentra dificultad para asumir la situación, vértigo para dar el paso definitivo, atrincherándose en una idea que le aleja por momentos de todo el que quiere ayudarla. Es fundamental en este montaje la mirada del otro, de todos los que rodean a esta frágil mujer. Las distintas perspectivas de quien no comprende que no denuncie, de quien es incapaz de acercarse a sus sentimientos, de quien tiene sus propios miedos para asumir una realidad tan dolorosa.



Otro de los aciertos de este montaje es el portentoso elenco que hace de cada escena un portentoso episodio dentro de un conjunto sublime. Ellas son Ana Mayo, que da vida a la protagonista y sobre la que pivota toda la obra, Beatriz Grimaldos, que da vida a la médico que se enamora de la protagonista, Muriel Sánchez, que interpreta al psicólogo que la trata, y Camila Viyuela, la hermana de la protagonista. Un portentoso grupo que trabaja como un reloj, con una precisión absoluta, que da un punto más al resultado final. En un trabajo de elenco milimétricamente diseñado, cada una da vida a pequeños papeles que apoyan la escena, se convierten en las distintas visiones de una misma mujer (o de cualquier mujer), se mueven al unísono para crear una sinfonía en la que todo encaja.

El trabajo de Ana Mayo es descomunal, mostrándonos un personaje poliédrico, con muchas capas, que esconde más de lo que muestra. Un volcán a punto de estallar que la actriz consigue ir moldeando en cada plano, en cada escena, para que notemos esa angustia, ese dolor, ese viajar sin rumbo fijo en una huida continua en busca de la salvación. Contundente y desgarradoraMayo nos regala una interpretación que se nos quedará grabada por mucho tiempo. Pero no se queda atrás ninguna de sus compañeras, en papeles no tan desgarradores pero igual de contundentes.




Beatriz Grimaldos es la dulzura personificada en una mujer que intenta ayudar pero no sabe como. Un personaje tierno, que destila amor en cada instante, pero que poco a poco se va apagando ante la dificultad por acercarse a su amada, por la imposibilidad de ayudarla. Grimaldos está deliciosa en su papel y tan resolutiva como siempre en sus diversos papeles menores. La actriz completa su precisa actuación con varios temas al piano. Muriel Sánchez, por su parte, nos presenta un personaje duro, que intenta llegar al fondo de la personalidad de la protagonista, poniéndola al límite en muchas ocasiones. Delicada y brutal, la actriz da vida a varios personajes secundarios, entre los que destaca el camillero que resulta elemento fundamental en el devenir de la obra. Como colofón nos derrite el alma con dos canciones, con su aterciopelada voz, en momentos clave de la historia. Por último tenemos a Camila Viyuela, la joven hermana embarazada que se convierte en el detonante de la obra. Brillante en todo momento, nos regala un personaje que varía mucho a lo largo de la obra, muy medido y controlado para marcar la evolución de la relación con la hermana. También da vida a otros de los personajes de la obra.



En este delicado montaje destaca por encima de todo el minucioso tratamiento que en todo momento se hace de la luz. Daniel Checa crea una iluminación tenue que nos cobija, pero que ayuda a crear ese ambiente que se mueve entre lo tenebroso y lo bucólico. El espacio escénico creado por Mónica Teijeiro (que se encarga también del vestuario) queda enmarcado en la gran ventana que preside el escenario. Inteligente propuesta escénica, con un espacio diáfano en el que son las propias actrices, con la ayuda de cuatro sillas, la que van creando cada una de las escenas. Por último debemos comentar el envolvente sonido creado por Mar Navarro, que nos transporta a cada escena con un matiz diferente.


Una obra descomunal, que pone a Antonio C. Guijosa en la primera línea de los autores de nuestros días. Por su manera de tratar un tema tan duro, llevándolo a un lugar cargado de verdad y de ternura, mostrándonos el daño y el dolor con un tamiz que no duele, que se comprende mejor. Una historia tratada con mimo para un resultado portentoso, que el elenco lleva a un nivel superior. Teatro necesario, por lo que cuenta pero sobre todo por la manera en que se muestra. Sin duda, una de las obras del año, que esperemos tenga una larga, y merecida, trayectoria. VOLVAMOS AL TEATRO. LA CULTURA ES SEGURA.

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Teatro: Sala Cuarta Pared
Dirección: Calle Ercilla 17.
Fechas: Del 4 al 20 de Diciembre. De Viernes a Sábados a las 21:00. Domingos a las 19:00
Entradas: Desde 14€ en cuartapared.

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