Actores en escena antes de que la función comience: unos
pasean, otros esperan, algún que otro habla un poco, se saludan. El teatro
dentro del teatro.
Impecable idea en esta pieza, en la que ya desde el inicio
nos dan una pista: las identidades se interpretan.
Nos sitúa en la profundidad de la pieza, nos sienta frente a
un texto de poso universal que interpela a todo tiempo y condición. Xus de la
Cruz, en la versión del texto junto a Josep Maria Mestres, se alejan de la
ñoñería en la que fácilmente se puede caer y nos presentan una pieza
inmensamente humana. No cae en moralinas. Respetan la forma de los tiempos
áureos, en la que el interés por la dote se une al interés sentimental, siendo
ambos absolutamente compatibles, sin que proceda juzgarlo.
El peso de la pieza está en la palabra, en un ejercicio
actoral del más alto nivel. La solvencia de Joaquín Notario, la grandeza de
Carolina Rubio, la templanza de Silvana Navas. Un maravilloso juego de
equilibrios, mientras se llena el espacio, y Alberto Granados, como Euterpe,
marca el ritmo de la comedia con música original en directo, que nos lleva de
lo más lírico a la música electrónica.


